Alejandro Marías
Vivo en Madrid y, desde hace unos diez años, cada semana viajo en AVE para dar clases de viola da gamba en el Conservatorio Superior de Música de Sevilla. Soy poco temeroso y nada supersticioso. Trato de disfrutar de mi vida día a día, teniendo muy presente que su fin, como para cualquiera, puede no estar lejos. Que nos pille disfrutados.
Es seguramente por esta actitud vital que el horrible accidente de Adamuz me impresionó como a todos, pero no más que a alguien que nunca viaja en tren. Son cosas harto improbables, que pueden ocurrir, pero no está en nuestra mano evitarlas; salvamos el pellejo a diario de peligros que ni intuimos. Puntualmente, pensé en las veces que habría pasado por aquella vía mal soldada o que habría viajado en aquel tren, aunque relativizaba por lo improbable de que te pille algo así. Sin embargo, me fue haciendo mella poco a poco el pensar en tantas caras que veo cada semana a bordo: pasajeros frecuentes y personal de Renfe con quienes apenas cruzo una palabra, pero que veo recurrentemente. No sabemos nuestros nombres ni apenas nada el uno del otro: ellos de mí, que viajo con un instrumento grande; yo de ellos, solo en qué trabajan. Pero conocemos nuestras caras, nos vamos viendo cumplir años, percibimos nuestro estado de ánimo y nos sonreímos para hacernos el día algo mejor. Hasta me atrevería a decir que nos tenemos cierto afecto, aunque solo sea por la fraternidad que surge de viajar en un mismo vehículo (también compartí apagón con algunos de ellos, en un olivar al lado de Urda). No sabía quiénes habían muerto en Adamuz, pero, a lo largo de las siguientes semanas, subía al tren y me llenaba de alegría saber que aquellas caras familiares estaban bien. Así se lo expresé a algún empleado, y sé que era recíproco.
Hoy estoy destrozado. Ya no son “cosas que pueden ocurrir”. Esto no debería poder ocurrir. Durante siete u ocho años prácticamente nunca tuve un retraso en el AVE Madrid-Sevilla. Con independencia de que haya habido un fallo humano, como parece, desde hace dos o tres años no hay día que mi tren no se detenga en medio del trayecto y pase un rato a velocidad de bicicleta. Ahora deduzco por qué y tomo conciencia de que solo era cuestión de tiempo, de que esa línea no funciona bien y de que sus permanentes retrasos estaban avisando a unos políticos y a unos directivos que andan pendientes de otras cosas. Cosas que nada tienen que ver con que lleguemos vivos a nuestro destino.
Pienso en las víctimas, en sus familias destrozadas —que podrían ser la mía—, pero también en tantas caras conocidas que no voy a ver las próximas semanas. No sé cómo os llamáis, casi siempre estoy mirando al iPad y apenas levanto la vista cuando pasáis ofreciendo los poco apetecibles productos del bar móvil, pero ahora estoy pensando en vosotros. Me alegrará mucho mirarnos de nuevo, sonreírnos y saber que tampoco íbamos en ese tren.
DdA, XXII/6608

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