Ni siquiera la Corona ha escapado a sus admoniciones. Cuando en marzo de 2026 Felipe VI reconoció que durante la conquista de América hubo muchos abusos, Tertsch se declaró estupefacto. Le recordó al Rey que el verdadero abuso era el de un gobierno al que calificaba de criminal y contrapuso los excesos de la Conquista a la “colosal y gloriosa obra” de España. El monárquico que defendía la Corona frente a Iglesias acababa sermoneando al monarca. Es la lógica del predicador, del Savonarola: nadie es lo bastante puro. Ni siquiera el Rey, si se aparta de la ortodoxia que el predicador considera verdadera.
Justo Serna
La mutación
Lo primero que llama la atención en Hermann Tertsch es el exotismo de su nombre y apellido. Luego no hay tal cosa: nació en Madrid en 1958, hijo de Ekkehard Tertsch, periodista y diplomático austríaco afincado y casado en España, y de una madre perteneciente a la familia aristocrática de los Del Valle Lersundi. Un madrileño de Serrano con apellido de opereta vienesa.
Hoy se le conoce por sus bravuconerías, por sus machadas, por sus excesos de tertuliano y de tuitero, por su derechismo ufano. Por sus encontronazos con ese rojo llamado Wyoming. Y, desde 2019, por su escaño de Vox en el Parlamento Europeo, que ha convertido en púlpito, en barra de bar y en trinchera, según el día.
Lo vemos en televisión o en la pantalla del móvil y ya nos tememos el resultado. Su estilo bronco y achulapado es cargante, como cargante es la ira bíblica con la que se expresa. No siempre fue así. Experimentó una metamorfosis que, lejos de detenerse, ha seguido su curso durante casi dos décadas.
Aspecto de pijo siempre tuvo, eso es cierto, con sus ondas en el pelo y sus trajes de color beige. Pero el corresponsal culto y bien informado de otros tiempos ha dejado paso a un personaje atronador, convencido de que el mundo está lleno de enemigos y de que a él le corresponde denunciarlos.
¿Qué sucedió entre uno y otro? ¿Cambió de convicciones o llevó hasta sus últimas consecuencias ciertas inclinaciones que ya estaban presentes en su escritura?
El corresponsal
Insisto: no siempre fue así. Empezó en 1982 como corresponsal de la agencia EFE en Viena y pronto pasó a El País, donde alcanzó celebridad cubriendo la Europa Central y del Este.
Escribió varios libros valiéndose de esas experiencias. A comienzos de los noventa, sus vibrantes crónicas, tan diferentes del estilo frío de ‘El País’, y su apreciable cultura hicieron de él una voz atendible, autorizada. Llegó a ser jefe de Opinión y subdirector del periódico entre 1993 y 1996.
En principio, el lenguaje del reportero en activo tiende a ser imparcial, neutro y límpido. En la prosa del corresponsal Tertsch había una implicación subjetiva que fue creciendo conforme su apellido alcanzaba cierta fama y sus juicios encontraban lectores dispuestos a celebrarlos.
Eran chispazos que el reportero se consentía, valoraciones que los destinatarios le toleraban porque la caída del Muro de Berlín y sus efectos no podían dejar al cronista como mero observador. Había que explicar lo que ocurría, interpretar acontecimientos que parecían desmentir de un día para otro cuanto se había dado por seguro durante décadas.
El ojo de Hermann Tertsch fue para muchos lectores, durante más de un lustro, un lustro rápido y asombroso, una lente de aumento y, sobre todo, un análisis informado de lo que ocurría en el mapa.
Así, países insólitos, independencias sobrevenidas, matanzas inexplicables y personajes salidos de una película de espías o de gánsteres. Quien quiera medir la distancia entre aquel Tertsch y el de hoy no tiene más que releer aquellas crónicas. Eran de alguien que miraba antes de juzgar.
Pero acaso la distancia no sea tan grande como parece. En aquellas páginas había ya una concepción moralizante del periodismo, una voluntad de distinguir entre víctimas y verdugos, entre quienes defendían la libertad y quienes la amenazaban. No era necesariamente un defecto. La cuestión es qué sucede cuando esa disposición se independiza de los hechos y el juicio acaba precediendo a la observación.
El predicador
Los conflictos de los Balcanes y la impotencia o el cinismo de la Unión Europea radicalizaron y ensombrecieron la pluma de Tertsch. Sus crónicas y columnas se fueron convirtiendo en púlpitos o estrados desde los que enjuiciar o procesar a quienes consideraba enemigos de la humanidad o sus secuaces.
¿Quiénes eran esos enemigos? Los antagonistas temibles de la civilización, con un perfil cada vez más abstracto y mayúsculo: el Nacionalismo criminal, el Terrorismo homicida, el Fanatismo intolerante. Grandes abstracciones, como la Maldad, que él detectaba, percibía y diagnosticaba.
Al cabo de los años dejó de ejercer de corresponsal para escribir columnas propagandistas de opinión en la sección de Internacional. Era allí, en aquel espacio pequeño y privilegiado, adonde debía dirigirse quien quisiera hacerse una idea severa del estado del mundo.
La tarea de Tertsch ya no consistía principalmente en suministrar datos, noticias o informaciones, sino en evaluar con severidad, como un predicador.
Aprovechaba cualquier circunstancia periodística para defender a Dios —sí, así como lo leen— y para arremeter contra quienes lo negaban, sujetos perdidos, enfermos de relativismo o de pereza moral.
Durante meses se entregó a la defensa de Juan Pablo II, negando que el Papa tuviera algo que ver con ideologías ultramontanas. Después siguió su combate contra el paganismo, la impiedad, el ateísmo y la vida muelle de los occidentales.
Al convertir sus columnas en trincheras contra esos enemigos, empleaba la palabra como proyectil, pero también como banderín de enganche.
Abrazó la causa de lo políticamente incorrecto y comenzó a presentarse como alguien rodeado de envidiosos y adversarios, muchos de ellos entre los colegas progres de su propio periódico.
Aprobó a Bush, celebró a Juan Pablo II y defendió a Israel con un fervor que chocaba con posiciones frecuentes en la línea editorial de la casa. Su tono se hizo más agrio y grandilocuente.
Sin embargo, no se trataba únicamente de un cambio ideológico. También estaba modificándose su manera de intervenir en el debate público: cada discrepancia parecía exigir una respuesta moral y cada adversario corría el riesgo de convertirse en enemigo.
Al final, las cosas acabaron de manera previsible. En marzo de 2007 salió de ‘El País’ en medio de discrepancias con la línea editorial y presentó su marcha como una gran cacicada de Jesús de Polanco. Era el primer capítulo de un relato que ya no abandonaría, el del disidente perseguido.
El tertuliano
Tertsch recaló enseguida en ‘ABC’, y desde allí pontificó con más furor contra la izquierda, los socialistas, los ateos, los sindicalistas, los ecologistas, los socialdemócratas, los tibios. Contra los tirios y los troyanos. A la columna sumó las tertulias: Antena 3, Telemadrid, Canal Nou. Ya no era el corresponsal que contaba; era el contertulio que sentenciaba.
En 2008, en plena hegemonía de Esperanza Aguirre, Telemadrid le confió la dirección y presentación de ‘Diario de la noche’, el informativo nocturno que había dejado Fernando Sánchez Dragó.
La crítica televisiva recibió su estreno con sorna: nervioso, trabucado, envuelto en una chaqueta que le venía grande. Pero el puesto no era menor. La cadena pública servía entonces de ariete contra el Gobierno de Zapatero, y Tertsch se acomodó a aquella orientación sin esfuerzo aparente.
El comité de empresa llegó a cifrar en torno a un millón de euros la facturación vinculada a su trabajo para la televisión autonómica. Su paso por Telemadrid confirmó su acercamiento a las posiciones neoconservadoras y, sobre todo, la adaptación de su discurso a un medio en el que la contundencia y la provocación obtenían una recompensa inmediata.
En diciembre de 2009, a la salida de un local del centro de Madrid, se vio envuelto en un altercado. Él denunció haber sufrido una paliza y sostuvo que podía existir una motivación política. Las informaciones posteriores sobre la investigación apuntaron, en cambio, a una pelea sin ese móvil acreditado.
Tertsch grabó un editorial desde la cama del hospital y convirtió el episodio en materia de controversia pública. La escena parecía hecha a medida de su nueva personalidad mediática: el incidente se transformaba en agravio y el agravio en programa.
Dejó la dirección del informativo, pero no el discurso. Desde ‘ABC’, desde los platós y, cada vez más, desde Twitter, fue afilando una imagen que rozaba la caricatura. Llegó a augurar en Telemadrid que Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero matarían a gente si se dieran las condiciones.
Twitter le suspendió temporalmente la cuenta. En 2017, HazteOír le concedió un premio como defensor de las libertades frente a lo políticamente correcto, y él lo aceptó encantado. El tertuliano ya tenía su público; le faltaba un partido.
El eurodiputado
En abril de 2019 Vox lo incorporó a su candidatura para las elecciones europeas, y en julio comenzó su actividad parlamentaria. Fue vicepresidente del grupo de Conservadores y Reformistas Europeos, asumió responsabilidades en las relaciones internacionales de su partido y en junio de 2024 renovó el escaño. Desde entonces forma parte de Patriotas por Europa, grupo del que es vicepresidente.
El Parlamento Europeo recibía ahora al predicador con credenciales. La metamorfosis profesional había culminado: el periodista que opinaba se había convertido en el fanático que propaga.
No tardó en estrenarse. En enero de 2020, en vísperas de la investidura de Pedro Sánchez, escribió en Twitter que las Fuerzas Armadas debían aplicar el artículo 8 de la Constitución para interrumpir lo que calificaba de “un obvio proceso golpista”. Podemos e Izquierda Unida presentaron una querella ante el Supremo.
Su enfrentamiento con Pablo Iglesias venía de lejos y había tenido consecuencias judiciales. En 2019 fue condenado a indemnizar con 15.000 euros al padre del dirigente de Podemos por relacionarlo, mediante mensajes publicados en Twitter, con el asesinato de un policía en 1973. La Audiencia Provincial de Zamora confirmó la sentencia en septiembre de 2020.
No era el único litigio. Ese mismo año, el Tribunal Supremo confirmó otra condena, de 12.000 euros, por vulnerar el derecho al honor de la familia Iglesias mediante afirmaciones sobre el abuelo de Pablo Iglesias y su supuesta participación en crímenes durante la Guerra Civil. El alto tribunal consideró que aquellas imputaciones no habían sido contrastadas con la diligencia exigible. La historia, convertida en munición política, había acabado en los tribunales.
El repertorio parlamentario de estos años es largo y desigual. En diciembre de 2024, junto a Jorge Buxadé, protagonizó una protesta durante una intervención de Zapatero en la Eurocámara, acusándolo de proximidad al régimen de Maduro y exhibiendo carteles sobre María Corina Machado. Venezuela, Cuba y la Iberosfera son ya sus grandes causas exteriores. En 2022 el régimen iraní lo incluyó en su lista de sancionados, una decisión que Tertsch pudo exhibir como reconocimiento involuntario de su actividad política. El antiguo corresponsal de Europa Central y del Este había encontrado un nuevo escenario internacional, aunque ahora intervenía en él desde la militancia y no desde la crónica.
Ni siquiera la Corona ha escapado a sus admoniciones. Cuando en marzo de 2026 Felipe VI reconoció que durante la conquista de América hubo muchos abusos, Tertsch se declaró estupefacto. Le recordó al Rey que el verdadero abuso era el de un gobierno al que calificaba de criminal y contrapuso los excesos de la Conquista a la “colosal y gloriosa obra” de España.
El monárquico que defendía la Corona frente a Iglesias acababa sermoneando al monarca. Es la lógica del predicador, del Savonarola: nadie es lo bastante puro. Ni siquiera el Rey, si se aparta de la ortodoxia que el predicador considera verdadera.
Su instrumento principal ya no es la columna, sino X. La red social le permite una intervención constante, sin las demoras de la edición periodística ni las exigencias argumentales de una crónica. Allí puede responder a un adversario, denunciar una amenaza, celebrar una causa y descubrir una nueva traición en cuestión de minutos.
No es solo que Tertsch haya cambiado de ideas o que se haya desplazado cada vez más a la derecha. También han cambiado los medios en los que se expresa y el público al que se dirige.
La columna exigía cierta elaboración; la tertulia recompensaba la contundencia; X favorece la repetición, la reacción inmediata y la disputa permanente. En ese ambiente, el predicador ha encontrado una forma de multiplicar sus sermones.
Coda: el tonto perfecto
Hace unos años, en un brevísimo rifirrafe que tuvimos por escrito, me llamó tonto perfecto. Eso me dijo. Fue su principal argumento. Me quedé muy tranquilo. Ese diagnóstico tan certero me ahorró unos años de psicoanálisis. Imagino. Desde entonces he seguido su trayectoria con la curiosidad del entomólogo: del corresponsal al predicador, del predicador al tertuliano, del tertuliano al eurodiputado que interviene a todas horas en las redes sociales. Cada etapa ha añadido decibelios y ha restado matices. Lo que no ha cambiado, o acaso se ha ido acentuando, es la inclinación a convertir cada asunto en agravio y cada adversario en enemigo de la civilización.
Gracias, Hermann, hermano. Yo ya me he curado. Tú sigue, sigue con tu mala baba. Ahora, además, con dietas de Bruselas.
DdA, XXII/6505

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