"Entre todos la mataron y ella sola se murió" dice el refranero español y eso es justo lo que le hicieron a Maricarmen porque el capitalismo sabe que esa es la mejor forma de matar con impunidad. La mayor parte de los muertos del capitalismo son así: con autoría distribuida. Cada uno hace un poquito, el diputado su voto, el gobierno su bloqueo, la jueza su auto, el buitre su avaricia, el policía su porrazo, el tertuliano su insulto y su mofa, el líder político diciendo "inquiokupas". Entre todos la mataron y ella sola se murió.
EDITORIAL
Aunque Olga Matute, José Miguel Domingo, Victoria Mesa, Juan Álvarez, Francisco Lema, Amaia Egaña y tantos otros se hayan quitado la vida por su propia mano, todo el mundo sabe, todos sus familiares, todos sus amigos, pero todo el resto del mundo también que no se habría producido el fatal desenlace si un brutal desahucio no los hubiera empujado al borde del abismo. De esta forma, queda establecida la causalidad. Si uno quita el desalojo de la ecuación, la muerte no se produce. Por tanto, el primero es causa y la segunda es consecuencia. Y decir que a Olga, a José Miguel, a Victoria, a Juan, a Francisco, a Amaia y a tantos otros los mataron y no se suicidaron es, entonces, mucho más que enunciar una metáfora. Es decir la verdad. Si el desahucio es causa de la muerte y el desahucio es decisión de determinados seres humanos, el verbo correcto y preciso es "matar". No entraremos en si se trata de un asesinato o de un homicidio porque entonces los tertulianos de derechas nos dirán que eso lo tendrá que decidir un juez. Pero matar es.
Y lo mismo en el caso de Maricarmen. Si los buitres de Urbagestión no hubieran intentado forrarse jodiéndole la vida a una mujer de 87 años, si la jueza no hubiese desoído el informe de la ONU que pedía paralizar el desahucio, si Ayuso no se hubiera lavado las manos durante años para beneficiar a los especuladores, si el PSOE no hubiera saboteado una y otra vez las iniciativas legislativas de la izquierda en nombre de la defensa del "pequeño propietario", si el delegado del gobierno en vez de enviar 50 policías armados hasta los dientes hubiese ordenado no proceder al desalojo por el evidente riesgo social —como se ha hecho tantas otras veces—, si todos estos seres humanos no hubiesen hecho lo que hicieron, Maricarmen hoy estaría viva. Y eso no es retórica ni opinión. Eso es un hecho.
Por eso, cantar, como están cantando las plazas que "no se mueren, los matan", por eso, escribir, como ha escrito la periodista Olga Rodríguez —honrando el código deontológico de una profesión, la suya, que debería ser noble—, que "han matado a Maricarmen", por eso, afirmar, como ha afirmado con valentía Irene Montero, que "no es una muerte, es un asesinato" no es ni 'polarizar', ni 'instrumentalizar', ni 'politizar', ni ninguno de esos verbos que el extremo centro utiliza para intentar que la gente se calle y no diga la verdad.
Pues claro que la han matado. De la misma manera que los responsables de los protocolos dictados por el gobierno de Ayuso mataron a 7291 personas mayores durante la COVID, de la misma manera que las listas de espera excesivas y los recortes en sanidad matan en silencio a cientos de personas cada año, de la misma manera que los 10 años de diferencia en esperanza de vida entre los barrios más pobres y los más ricos de Madrid no son un fenómeno atmosférico sino el resultado de las decisiones concretas tomadas por personas concretas, de la misma manera que Donald Trump no mató a aquellas niñas iraníes de forma directa pero las mató él, no es un juego de palabras ni una exageración decir que a Maricarmen la mataron.
Es verdad que la responsabilidad está muy distribuida y eso quizás complica el encausamiento penal. "Entre todos la mataron y ella sola se murió" dice el refranero español y eso es justo lo que le hicieron a Maricarmen porque el capitalismo sabe que esa es la mejor forma de matar con impunidad. La mayor parte de los muertos del capitalismo son así: con autoría distribuida. Cada uno hace un poquito, el diputado su voto, el gobierno su bloqueo, la jueza su auto, el buitre su avaricia, el policía su porrazo, el tertuliano su insulto y su mofa, el líder político diciendo "inquiokupas". Entre todos la mataron y ella sola se murió.
La cuarta economía de la zona euro, uno de los países más ricos del mundo, con sus grandes empresas haciendo beneficios récord, con los números macroeconómicos de un cohete —según palabras de su presidente—, una democracia ejemplar, un estado social y democrático de derecho, un orgulloso parterre del "jardín europeo" matando abuelas de 87 años con discapacidad de forma cruel e impune. No es metáfora sino hecho y, además, es fundamental ponerle nombre a las cosas.
Porque si aceptamos los hechos y llamamos "matar" a la acción de matar, entonces resulta mucho más fácil ponernos de acuerdo en cómo concretar los cambios que son indispensables para que este sistema —para que este modelo de vivienda en particular— deje de matar a nuestros vecinos y vecinas en el altar de sacrificio del libre mercado. Si negamos que esto sea un "fallo" del sistema como ha dicho el ministro Bolaños y recordamos que hay decenas de desahucios cada día y un montón de personas muertas a causa de ellos, si respondemos que lo que le ha pasado a Maricarmen es el funcionamiento homicida habitual de este sistema —que se aprecia con tanta crudeza en los casos límites, pero que es el funcionamiento habitual en todos los casos—, solo entonces, podremos tener la claridad para escribir en un papel las medidas y el consenso social para llevarlas al BOE.
Cualquiera que viva en este país lo sabe. Es mayoritario en el CIS. La forma de concretar lo que nos pidió Maricarmen no es la homeopatía legislativa de los decretos fake del PSOE, la forma de seguir con su lucha pasa por dejar escrito en nuestras leyes que una casa no es como un reloj, como un coche o como un teléfono móvil, que una casa no es un bien de mercado, que una casa es un derecho de todas las personas. Por eso, hay que prohibir los desahucios de personas vulnerables. Sin matices y sin excepciones. Por eso, hay que bajar por ley el precio del alquiler un 50%. Por eso, hay que prohibir los pisos turísticos. Si faltan casas, no puede ser que estemos usando 500.000 de ellas como hoteles. Por eso, hay que expropiar el millón de viviendas que hay en manos de grandes tenedores y crear inmediatamente un gigantesco parque social público. Por eso, hay que prohibir que se compren casas si no son para vivir en ellas o para ponerlas en alquiler a precios asequibles. Si usted quiere especular, hágalo con fondos, con cuadros, con criptomonedas o con coches de lujo. Las casas son para vivir.
Esto es lo que hay que hacer y una gran mayoría lo reconoce en mayor o menor medida. Por eso no quieren que digas que a Maricarmen la mataron. Por eso no quieren que digas la verdad. Porque si hay mucha gente diciendo la verdad en las calles y en las plazas, al final, todo eso acaba en el BOE. Y eso es lo que no piensan permitir bajo ningún concepto.+
DIARIO RED DdA, XXII/6492

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