Paco Arenas
El fotógrafo le pidió que se quedara quieta. La niña se plantó frente a él, levantó los brazos y entrelazó las manos detrás de la cabeza, como si quisiera desafiar al mundo entero. No sonrió. Tampoco bajó los ojos.
Llevaba un vestido hecho de otros vestidos, remendado tantas veces que ya no debía de quedar un palmo de la tela original. Los zapatos, demasiado grandes, parecían heredados de alguien que tampoco había tenido mucho que heredar. Pero la mirada era suya. Enteramente suya. Y no estaba dispuesta a regalarla.
Detrás, el padre aguardaba con las otras dos niñas. Llevaba el sombrero calado y la resignación de quien había aprendido que trabajar de sol a sol no siempre bastaba para comer. La madre había muerto el invierno anterior. Una enfermedad de pobres, de esas que los médicos podían curar si se llegaba a tiempo y se tenía con qué pagarles. Pero la iguala no estaba pagada, y la muerte, a diferencia del médico, no exigía adelantos.
Esperaban la vendimia como quien espera un milagro. Cuando llegara septiembre, todos irían a la viña, desde el padre hasta la más pequeña. Las manos infantiles también servían para cortar racimos, aunque todavía no supieran escribir su nombre. La uva acabaría convertida en vino; el sudor, en unas pocas pesetas. Otros brindarían con aquel vino por la prosperidad de España.
Quizá el fotógrafo les diera unas perrasgordas por posar. Con suerte, alcanzarían para un pan, unas sardinas y algo que echar al puchero. La pequeña, sentada en el suelo, parecía esperar que terminara aquella ceremonia incomprensible. El padre miraba sin intervenir. Había aprendido a no pedir demasiado, ni siquiera a la vida.
—Baja los brazos, niña. Y sonríe un poco —pudo decirle el fotógrafo. Pero ella no sonrió.
En las escuelas enseñaban que España era una, grande y libre. Una, porque no había otra a la que marcharse. Grande, porque el hambre parecía no terminar nunca. Y libre... libre era el viento que atravesaba los campos manchegos sin pedir permiso a la Guardia Civil.
La niña no sabía de política. No conocía los discursos del Caudillo ni las cifras de las cosechas que se anunciaban triunfales. Sabía que su madre estaba bajo tierra, que sus hermanas tenían hambre y que, cuando llegara la vendimia, también ella tendría que agacharse durante horas para recoger una riqueza que jamás sería suya.
Por eso, tal vez, miró así al fotógrafo*. No con la vergüenza que los señoritos esperaban de los pobres, sino con una insolencia, como si dentro de aquel cuerpo menudo se hubieran puesto en pie todas las generaciones de jornaleros que habían doblado la espalda antes que ella.
El fotógrafo disparó.
Y quedó para siempre aquella niña de Valdepeñas, con su vestido de remiendos, sus zapatos prestados y los brazos levantados detrás de la cabeza. Detrás, un molino, un padre vencido y dos hermanas que todavía no sabían cuánto pesaba el mundo.
No se sabe su nombre. Ni si aquella al mediodía comieron caliente o se tuvieron que conformar con un gachas de harina de guijas viudas, o quizá un huevo echado en una olla de agua revuelto para que llenara la tripa y creyeran que, al menos, habían comido algo. Ni si llegó a vieja. Pero sabemos que, mientras los vencedores levantaban monumentos a su victoria y predicaban la resignación a los vencidos, una niña pobre, delante de un molino manchego, tuvo el descaro de mirar al futuro sin agachar la cabeza.
Y aquella fue, quizá, su primera y única victoria sobre la dictadura: que pudieron retratar su miseria, pero no consiguieron fotografiarla derrotada.
* La Google Lens dice que puede ser de Jean-Philippe Charbonnier.
DdA, XXII/6494

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