jueves, 3 de septiembre de 2026

PÉREZ REVERTE. LA COLUMNA Y EL EGO

Como bien sabe la gente de la profesión y la ciudadanía más informada en general, el diario El Mundo, bajo la dirección de su fundador y primer director, fue uno de los medios que defendió con mayor predisposición y empeño, duranta la primera legislatura del gobierno de Zapatero, la versión conspiranoica pergeñada por el gobierno precedente -bajo la presidencia de Aznar-, que por ganar votos en las inmediatas elecciones de aquel año mantuvo la participación de ETA en los execrables atentados terroristas perpetrados en Madrid en 2004, los más sangrientos de nuestra historia. En un país con un periodismo de una mayor dignidad y más profesionalidad, y con una historia también algo más cívica, posiblemente ni el medio que divulgó aquellas informaciones ni el director que las permitió durante muchos meses seguirían en activo  profesionalmente. No obstante, para sustituir posiblemente a uno de sus columnistas históricos (Raúl del Pozo), el diario fundado por Ramírez, hoy al frente de El Español, ha fichado al académico Arturo Pérez-Reverte, que a juzgar por la fotografía propagandística que El Mundo da del fichaje, siente la ufanía propia de quien será bien retribuido por el periódico, medio al que Reverte, según sus palabras, "obliga a estar más despierto y le exige más lucidez". La interpretación de la imagen a cargo de mi estimado Justo Serna queda resumida en estos párrafos: "Aquí no parece llegar un columnista dispuesto a escribir, escribe Justo Serna. Comparece —ya digo— una autoridad dispuesta a impartir magisterio. No es un hombre que entra en ‘El Mundo’, sino que el ufano escritor que viene a explicarnos qué es el mundo. O dicho de forma más precisa: Pérez-Reverte no posa junto a los periódicos. Los periódicos parecen puestos ahí para que pose él. Y eso, hay que reconocerlo, es una imagen de una gran sinceridad… involuntaria". Félix Población



Justo Serna

No les voy a mentir. A pesar de haberlo leído abundantemente (o quizá por ello), tengo un concepto muy negativo de Arturo Pérez-Reverte, de su arrogancia, de su pose de francotirador intelectual y de su supuesta equidistancia, que tanto rentabiliza.
Pero confieso que la fotografía con la que ‘El Mundo’ anuncia su fichaje como columnista me parece un compendio visual insuperable de todo lo que representa.
Desconozco cuánto hay en esa puesta en escena de ocurrencia del fotógrafo o de la dirección de arte. Quizá sea iniciativa del propio autor. Aunque, a estas alturas, tampoco importa demasiado.
Lo indiscutible es que Pérez-Reverte acepta encarnar ese papel con una convicción absoluta. Y la representación alcanza ese punto en que la solemnidad empieza, involuntariamente, a parecer parodia.
La imagen no muestra a un escritor trabajando ni a un periodista que llega a una redacción. No vemos a alguien que se incorpora a un proyecto colectivo, sino a una figura que desciende sobre él desde alguna región superior de la conciencia patria.
La iluminación lateral, ligeramente ascendente, le confiere una monumentalidad calculada. El fondo negro suprime cualquier rastro de realidad cotidiana.
¿Y la postura?
El cuerpo ladeado, la mano en el bolsillo, la cabeza erguida, la mirada severa pero razonablemente satisfecha… componen una imagen endiosada. Él no busca un interlocutor.
Y luego está el atrezo: esa columna de periódicos viejos levantada hasta la cintura. No es material de consulta. No son herramientas de oficio. Funcionan como pura iconografía del poder.
Funcionan como el globo terráqueo, la espada, el libro abierto o los infolios en los retratos cortesanos del Siglo de Oro. La pila de ejemplares de ‘El Mundo’ opera aquí como un atributo heráldico.
Pero fijémonos en el detalle decisivo: ni siquiera los toca. No lee, no escribe, no consulta. Los periódicos están ahí como un pedestal. El papel impreso no constituye el espacio de su trabajo. En realidad, constituye la base material de su autoridad.
El titular remata el cuadro: “Este periódico me obliga a estar más despierto, me exige más lucidez”. La zalema de rigor al diario que lo acoge acaba convertida, curiosamente, en una proclamación de su propia agudeza. El periódico le exige más lucidez a él, naturalmente. Los demás nos limitaremos a contemplar cómo la administra.
Pérez-Reverte no se suma a una redacción. Se sitúa sobre la masa de papel como el sujeto oracular encargado de interpretarla. No entra en la casa. Comparece: por cierto por la puerta de atrás, por la contra.
Esa es la paradoja tal vez más irritante: la proclamación de independencia como herramienta para inflar o inflamar del ego. No posa junto a sus futuros compañeros. Posa solo, en la penumbra, como si la pertenencia fuese una vulgaridad reservada a los demás.
La fotografía ofrece así una representación casi perfecta del mito de la equidistancia. El individuo proclama con su pose no pertenecer a ninguna tribu para así poder juzgarlas a todas: a unas más que a otras.
Aquí no parece llegar un columnista dispuesto a escribir. Comparece —ya digo— una autoridad dispuesta a impartir magisterio. No es un hombre que entra en ‘El Mundo’, sino que el ufano escritor que viene a explicarnos qué es el mundo.
O dicho de forma más precisa: Pérez-Reverte no posa junto a los periódicos. Los periódicos parecen puestos ahí para que pose él. Y eso, hay que reconocerlo, es una imagen de una gran sinceridad… involuntaria.

DdA, XXII/6453

1 comentario:

cineforumgijon dijo...

De hecho, a nivel semiótico, podríamos hablar de una sintaxis sencilla compuesta por tres elementos: persona/personaje con indumentaria sobriamente elegante pero levemente informal y en una actitud entre la autoafirmación y lo desafiante; una pila de periódicos aparentemente usados en el que el que ocupa la parte superior muestra la cabecera de la empresa; y un fondo plano en negro profundo que mediante iluminación directa levemente dirigida desde la derecha contribuye a destacar absolutamente los otros dos elementeos. A nivel semántico, la figura humana aparece como alguien con poder (mediático en este caso) y firme voluntad de mantenerlo o expandirlo, mientras la pila de periódicos puede llevarnos a pensar en la potencia de distribución/influencia del diario si se interpretan como números de una misma edición duaria (aunque también cabría, desde el enfoque paródico que se apunta en el artículo, interpretarlo como el destino de la prensa en papel, arrinconada por los medios digitales); mientras el fondo negro nos remite a una negación voluntaria de contexto y horizonte, que pueden quedar a la voluntad e inventiva del personaje humano. Por último, en el plano pragmático la relación entre los elementos nos lleva a resaltar el personaje humano por su capacidad de producción/influencia mediática (montón de periódicos) que podría contribuir a aclarar los fondos oscuros (o, volviendo al enfoque paródico, hacer ese negro más profundo sumando confusión ufana a la confusión contextual, caos mediático al caos sociopolítico,... Utilizo aquí, claro, el análisis desde la semiótica crítica de Charles William Morris (Denver, Colorado, Estados Unidos, 23 de mayo de 1901- Gainesville, Florida, 15 de enero de 1979), por ejemplo en "Signos, lenguaje y conducta" con original inglés de 1946, o "La significación y lo significativo: estudio de las relaciones entre el signo y el valor" (1964). Ques estas cosas conviene decirlas.

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