Raulito Torres Candil/Desde La Habana
A cada mano que sostiene la isla
Al niño
que dibuja un sol en la pared
porque no hay luz para la tarea,
y no sabe que ese sol
es el más verdadero que existe.
A la maestra
que da clases con la ventana abierta
para que entre el poco viento que queda,
y enseña a sumar con piedras,
y a leer con la memoria,
porque los libros también esperan.
Al médico
que cose heridas con la linterna del teléfono,
que aprende de nuevo a hacer parir en la penumbra,
que guarda en su bata un pedazo de vela
como quien guarda una reliquia,
porque sabe que la vida
no espera a que llegue la corriente.
A la enfermera
que sube escaleras con baldes de agua,
que sostiene la mano del que tiembla,
que dice "ya casi, mi amor",
aunque no sepa cuándo,
porque el consuelo también es medicina.
A la madre
que cocina con leña en el patio,
que abanica a su hijo hasta dormirlo,
que miente diciendo "no tengo hambre",
que reza sin saber si alguien la escucha,
pero reza.
Al padre
que camina kilómetros porque no hay guagua,
que arregla lo que ya no tiene arreglo,
que calla su rabia para no asustar a los suyos,
que a veces llora en el baño,
donde nadie lo ve.
Al anciano
que recuerda otros tiempos
y no se queja,
que dice "esto también pasará",
con esa fe terca de quien ha sobrevivido
a mil tormentas
y no piensa rendirse en la última.
Al campesino
que siembra sin saber si podrá cosechar,
que mira el cielo buscando lluvia
y no encuentra más que polvo,
pero igual pone la semilla,
porque sembrar es un acto de fe.
Al obrero
que va a su taller aunque no haya piezas,
que inventa lo que falta con lo que sobra,
que remienda, recicla, reinventa,
que hace de un alambre una solución,
y de la nada, un milagro cotidiano.
A la cocinera
que estira el arroz para que alcance,
que convierte la escasez en sazón,
que alimenta a vecinos que no son suyos,
porque en Cuba el hambre se reparte,
pero también el pan.
Al poeta
que escribe a oscuras,
que hace de la penuria un verso,
que le canta a la vida aunque le duela,
porque sabe que la palabra
es una forma de resistencia.
Al músico
que toca sin amplificador,
que hace sonar un tambor viejo
como si fuera una orquesta,
que pone a bailar a un pueblo cansado,
porque la rumba también es trinchera.
Al joven
que no se va,
que se queda aunque duela,
que estudia, trabaja, sueña,
que construye futuro con las manos vacías,
y aun así no suelta el timón.
Al que se fue
y llora desde lejos,
que manda dinero que no alcanza,
que llama cada domingo
y cuelga con la voz quebrada,
porque la distancia también es una forma de exilio.
A la mujer
que hace cola desde las cinco de la mañana,
que negocia, aguanta, inventa,
que sostiene la casa, la familia, la calle,
que pare, cría y entierra,
y aun así se levanta.
Al revolucionario
que sigue creyendo,
que no traiciona aunque el mundo lo tiente,
que aguanta insultos, bloqueos, traiciones,
que sostiene una bandera que pesa
como cien años de historia,
y no la suelta.
A cada lágrima
que cae sin testigos,
en la cocina, en el hospital, en la cola,
en el silencio de la madrugada,
que no se seca con pañuelo,
sino con dignidad.
A cada uno,
al que siembra, al que cura, al que enseña,
al que canta, al que reza, al que espera,
al que se queda, al que se fue, al que vuelve,
a cada mano que sostiene esta isla
como se sostiene un corazón herido,
les digo:
Al parecer estamos solos.
Pero el mundo está mirando.
Y aunque el Norte mande a cerrar puertas,
Nosotros ya hemos demostrado
las garras que no nos faltan
les hemos restregado en la cara
que se puede vivir sin permiso de ningún imperio
sin la aprobación de ningún secretario de estado nazi
sin arrodillarnos ante la soberbia de un presidente pedófilo
y que ningún bloqueo
puede apagar lo que nos arde por dentro COÑO!!!!
La luz nos la apagan ellos
PERO EL FUEGO SIEMPRE SERÁ NUESTRO!!
DdA, XXII/6470
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