A 10 de agosto de 2026, las autoridades españolas han identificado a 1.342 niños y adolescentes no acompañados tras la entrada masiva en Ceuta del pasado 30 de julio. ¿Qué está haciendo el Gobierno de Marruecos para identificar a esos 1.342 muchachos, localizar a sus familias y procurar, cuando sea posible y beneficioso para ellos, que regresen a sus hogares? ¿No está haciendo nada? ¿Será posible, de ser así, que haya sucesivas oleadas de menores como la pasada?
José Sarria
España, como país democrático y respetuoso con el Derecho y con los tratados internacionales, tiene la obligación de acogerlos, protegerlos y garantizar su seguridad mientras permanezcan bajo su jurisdicción: proporcionarles alojamiento, alimentación, asistencia sanitaria, educación y tutela. Porque antes que migrantes son niños, porque su condición de menores prevalece sobre su situación administrativa.
El Tribunal Supremo ya declaró ilegales las devoluciones colectivas de menores realizadas desde Ceuta en 2021. Cualquier eventual retorno exige garantías, un procedimiento individualizado y, por encima de cualquier otra consideración, atender al interés superior del menor.
España está cumpliendo con su obligación. Y debe seguir haciéndolo.
Pero hay una pregunta que no deberíamos dejar de formular: ¿qué está haciendo el Gobierno de Marruecos para identificar a esos 1.342 muchachos, localizar a sus familias y procurar, cuando sea posible y beneficioso para ellos, que regresen a sus hogares?
Imaginemos por un instante que Japón, Canadá, Suecia o Australia recibieran la noticia de que más de mil de sus menores se encuentran solos, sin sus familias, en otro país. ¿Cuánto tardarían en movilizar consulados, servicios sociales, policías, jueces y administraciones para saber quiénes son, dónde están, de qué hogares proceden y quién los está esperando?
Han pasado ya once días. Y cuesta comprender que todavía no conozcamos con claridad qué mecanismos han puesto en marcha las autoridades marroquíes para buscar a sus familias, reconstruir los vínculos rotos y devolver a estos muchachos, cuando sea posible, a su hogar, a su familia.
Porque detrás de cada cifra hay un nombre. Detrás de cada número, una madre, un padre, unos hermanos, una casa, una escuela, un barrio.
Detrás de esa cifra, 1.342, hay 1.342 seres humanos que alguien debería estar buscando.
Y entonces adquieren una profundidad estremecedora las palabras del escritor Tahar Ben Jelloun, pronunciadas recientemente en una entrevista para el diario "El País": “Me sentí triste e indignado al verlos marchar hacia un destino lleno de incertidumbre [...] ¿No les espera nadie en Marruecos? ¿Nadie los necesita?”.
Quizá esa sea la pregunta más dolorosa de todas. ¿Nadie los está esperando al otro lado?, ¿nadie los necesita?
DdA, XXII/6433

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