Rafael Narbona
Algunos me reprochan que use el humor para criticar a Ayuso, pero esa objeción solo puede proceder de la mala fe. Los argumentos contra Ayuso son inagotables: firmó unos protocolos que condenaron a morir indignamente a 7.291 ancianos sin seguro médico privado, ha negado la existencia de un genocidio en Gaza, permite que 1.800 niños lleven cinco años sin luz en la Cañada Real, la comunidad autónoma que gobierna es la que menos porcentaje del PIB destina a la sanidad pública, se niega a climatizar los colegios públicos pese a las olas de calor, ha cerrado el bachillerato nocturno presencial en los institutos públicos, ha llamado "hijo de puta" en el Congreso a Pedro Sánchez, utiliza a las víctimas de ETA para atraer votos, su familia y su novio están implicados en casos de corrupción y negocios turbios, ha asegurado que los niños que ha cruzado la frontera en Ceuta son en muchos casos terroristas, ha cerrado las urgencias de Atención Primaria (lo cual ya ha costado varias vidas), ha recortado las ayudas para la renta mínima de inserción social hasta dejarla al borde de la desaparición, ha recortado el presupuesto de alimentación y limpieza de las residencias de la tercera edad, ha desestimado las solicitudes de ayuda económica de más de 3.000 familias con menores afectados por patologías crónicas o con necesidad de cuidados paliativos, se ha alineado con Trump y Meloni en sus campañas contra España, ha condecorado a Milei, según el cual la justicia social es una aberración, ha recortado el presupuesto de las universidades públicas hasta colocarlas al borde del colapso, mientras ha concedido toda clase de privilegios a las privadas.
A pesar de todas estas infamias, una mayoría embrutecida sigue votándola. ¿Por qué? Por su chulería, por su patriotismo barato, por su incultura, por su agresividad, por su demagogia, por su catetismo pijo. Para muchos es la mayor antagonista del movimiento woke, una especie de Pilar Primo de Rivera con un restyling neoliberal. Dicen que no tiene ideología, que es una arribista, pero yo creo que conserva sus convicciones falangistas de juventud, cuando acosaba a Eduardo García Serrano para que le contara cosas de Ramiro Ledesma Ramos y Onésimo Redondo. Dicen que se le ocurrió la ingeniosa idea de arrojar un cerdo embardunado de grasa a los trabajadores que se manifestaban el 1 de mayo. Su aporofobia y su clasismo son las notas más dominantes de su cabeza hueca.
Burlarse de Ayuso es un gesto de higiene mental y un ejercicio de honestidad intelectual. Es una de las figuras más abyectas vomitadas por el capitalismo salvaje promovido por Reagan, Thatcher, Aznar y Aguirre. ¿Volverá a ser Madrid algún día el rompeolas de todas las Españas, la tumba del fascismo? No parece probable, pero si renunciamos a nuestros sueños, sucumbiremos a la impotencia y la resignación. Seguiré burlándome de Ayuso, pues no merece el respeto que se reserva a los políticos dignos y decentes.
DdA, XXII/6443

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