lunes, 24 de agosto de 2026

LA CASA AMARILLA DE LA BISNIETA DE LEÓN TROTSKY

 Verónica Volkow es una destacada poeta, ensayista y académica. Autora de más de una docena de libros, publica ahora, bajo el sello de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, La casa amarilla, poemario que, según creo, marca un hito en su prolífica carrera. Verónica es bisnieta de León Trotsky y creció en la casona de Coyoacán, conocida con ese nombre por el color de sus muros y tal vez para distinguirla de la Casa Azul de Frida Kahlo y Diego Rivera, donde el matrimonio Trotsky se hospedó inicialmente.


 

Claudio Albertani

Es en la Casa Amarilla donde Ramón Mercader –el estalinista español que “bajo el sol llevaba gabardina”– mató al revolucionario ruso el 20 de agosto de 1940, hace exactamente 86 años. En ese espacio tan cargado de historia y dolor, Verónica vivió su infancia junto a su madre, Palmira Fernández, que venía de otra tragedia, “la cruel guerra de España”; su padre, Esteban Volkow, nieto de Trotsky y guardián de la memoria familiar –“aquel que nos dio la audacia y la confianza al navegar; yo no sé cómo”, revela la poeta–; tres hermanas, Nora, Patricia y Natalia, “niñas desheredadas y fuertes”. 

Verónica no quiere ser “la Ifigenia en el Aulis, arrojada al abismo para que avance el mástil de la historia”. Ha forcejeado toda la vida con los fantasmas de ese pasado abrumador. Crecer junto a los objetos, los libros y los periódicos intactos, como en una instantánea del momento fatal, sería una experiencia traumática para cualquier persona. Pero Verónica no es una testigo pasiva: es una creadora que transforma la zozobra en materia poética.

La obra consta de 36 cantos articulados en tres movimientos: I. Abuelo, II. Abuela, III. La casa. Casi todos abren con un verso en latín extraído del Libro VI de la Eneida, que narra el viaje del protagonista al inframundo, guiado por la Sibila de Cumas. La epopeya virgiliana no es simplemente una referencia erudita: es una suerte de narración paralela en la que los epígrafes funcionan como umbrales para introducir el tema de cada fragmento poético. 

Las peripecias de Eneas se vuelven el modelo simbólico y literario que sirve a Verónica para reconciliarse con el pasado. Pero no es cosa sencilla. El verso “Facilis descensus Averno” –El descenso al Averno es fácil–, que abre el Canto 3 de La casa amarilla, sugiere que el viaje al pasado es posible, pero –como en Virgilio– el regreso es arduo. 

En la Eneida, el momento central del Libro VI es el encuentro de Eneas con su padre Anquises, quien le muestra el desfile de las almas que serán los grandes romanos del futuro. Verónica desplaza el encuentro hacia la figura de León Trotsky, pero, a diferencia de Virgilio, ella no busca legitimar un linaje ni profetizar un destino imperial, sino interrogar la presencia ausente de un bisabuelo que nunca conoció, pero cuya sombra ocupó todos los rincones de su casa. Y no escribe sobre Trotsky desde la memoria histórica, sino desde la experiencia personal del espacio donde él vivió y murió. 

El poema, hay que aclararlo, no es hagiográfico ni militante. Es, ante todo, lírico. Trotsky es una presencia casi asfixiante, pero Verónica conecta con él en las letras. Trotsky fue, entre otras cosas, un gran escritor: “los caminos de la tinta me gustan porque allí te escucho, abuelo”, “las letras me heredaste, que siempre no son las cosas, son el ser por dentro que sostiene cualquier mundo y rehace y predice el avance, también la madrugada”. 

El segundo canto, “Abuela”, es un homenaje a Natalia Sedova (1882-1962), a quien Verónica sí conoció y amó: “tu sangre fue de anhelo, abuela, tus ojos horizontes, tu amor una respuesta de entusiasmo y certeza, un vuelo inagotable de suelta libertad. Maternidad me diste de infinitos, de fuego llevo tu ala inmarcesible que aún tanto me renueva”. Hermosas palabras que hacen justicia a una mujer cuya grandeza humana y revolucionaria es el contrapunto de la figura de Trotsky. 

En el tercer canto, “las cuatro niñas crecen y juegan a inventarse el origen de cada una de las cosas”. Aquí la Casa Amarilla cumple una función equivalente a la rama dorada que necesita Eneas para ingresar y regresar del inframundo. La casa es el objeto físico que consiente el viaje al pasado; no es un escenario neutro, sino un dispositivo narrativo que activa el recuerdo y lo organiza. La escritura va y viene entre épocas, siempre privilegiando el recuerdo personal sobre la historia política. Esa suspensión temporal es, quizás, la principal herencia de Virgilio en el libro: no tanto la leyenda de Eneas, sino la estructura de un tiempo detenido, donde los vivos y los muertos pueden encontrarse. 

En los cantos 12 y 13, Verónica menciona un cuadro de Vlady, Justos y herejes, que Natalia atesoraba en su habitación. Representa una escena nocturna en un bosque de abedules donde un grupo de revolucionarios se reúne en torno a una hoguera. La obra, escribe Verónica, “salta desde el muro con su fogata expresionista rozando, al relumbrar, un bosque y de tiniebla fiera. 

Con poderosa danza el fuego guiaba los fuertes hombres de la estepa, allí encendiendo lo reseco y viejo y en alta llama al corazón armando de luz en el invierno. Ondea el bosque, ondea el fuego, vive ese viento en tu habitación que no está hecho de viento, sino de entusiasmo y certeza, de historia, impulso y gran pasión”. 

Vlady y Verónica. Un pintor y una poeta que convierten sus demonios interiores en creación épica y meditación lírica. Me imagino a Vlady, en el inframundo, pintando la revolución por la eternidad. A la manera de Tiziano y como hereje, claro. Verónica, por fortuna, ha regresado de sus peripecias en el Averno con este libro maravilloso bajo el brazo. Y nosotros, sus lectores, lo celebramos.

LA JORNADA MX.  DdA, XXII/6446

No hay comentarios:

Publicar un comentario