Raulito Torres Candil/Aquí en La Habana
Pretenden, los mismos de siempre, los que cargan con el rencor de una patria que abandonaron o traicionaron, arrancarle la voz a Silvio Rodríguez en Madrid. Creen, en su ceguera histórica, que el boicot es un arma de la libertad, cuando en realidad es la confesión descarnada de su impotencia. Silvio no es un simple trovador; es el latido sonoro de una Revolución que alfabetizó, curó y dignificó. Quieren silenciar al poeta porque no soportan que su guitarra siga siendo más poderosa que todos los panfletos pagados por la sedición. Pero la poesía, cuando es verdadera, no entiende de bloqueos ni de aduanas ideológicas. Silvio cantará en Madrid, y su voz resonará sin afán de propaganda, pero con el testimonio vivo de un pueblo que, contra viento y marea, decidió ser dueño de su destino. Boicotear a un trovador es intentar prohibir el canto de los pájaros; es la pataleta de quien, teniendo el oro, jamás podrá comprar la dignidad hecha verso.
La reciente entrevista del presidente Miguel Díaz-Canel ha sido despedazada por la maquinaria mediática del odio [se refiere a la concedida a un medio brasileño]. Se rasgan las vestiduras por una respuesta enérgica, sacando de contexto un momento de legítima defensa ante una afirmación que, a mí modo de ver y conociendo el portugués y su pronunciación (sutaque) pareció un dardo envenenado disfrazado de neutralidad. Lo real es que la periodista brasileña no sabe en profundidad la mecánica del genocidio económico que sufre Cuba; lo que el mundo vio no fue a un líder confundido, sino a un estadista firme. En su mirada había fuego, sí, pero no el fuego del odio, sino el de la pasión por defender a los suyos. En su gesto no hubo debilidad, sino la contundencia de un padre que protege a su familia de una acusación injusta. La Revolución Cubana ahora mismo no necesita de líderes tibios que asientan ante cualquier resquicio de calumnia; necesita de esa energía moral que no se arrodilla, que explica, que confronta y que, sobre todo, ama. Lejos de debilitar la entrevista, la respuesta presidencial reveló la médula ética de un proceso que se niega a ser juzgado por sus verdugos.
La resistencia cubana es una lección ontológica de lo que significa ser en medio de la hostilidad. Nos enseña que la existencia digna no es un regalo, sino una conquista diaria contra el asedio. En ese mismo campo de batalla moral, donde el Imperio ha sembrado sal durante seis décadas, emerge una figura que rompe el maniqueísmo: Angie Nixon. Su candidatura en Florida es la prueba de que la verdad, como el agua, siempre encuentra la grieta. Su propuesta de levantar el embargo no es solo un gesto de buena voluntad; es un acto de lucidez política. Mientras otros candidatos compiten por ver quién es más servil al exilio extremista, Nixon comprende que el bloqueo es un castigo a la vida. Es la navaja que corta el medicamento que salvaría a un niño, es el muro que impide el comercio y la fraternidad. Su voz es la de una nueva generación que se niega a heredar los odios de la Guerra Fría. Ojalá su semilla germine, no solo por Cuba, sino para liberar a los propios estadounidenses de la carga de una venganza absurda.
Angie Nixon representa la grieta en el muro de la propaganda imperial. Su valentía nos recuerda la tesis del filósofo: el poder no es un bloque monolítico; es una relación de fuerzas donde la conciencia puede doblegar a la inercia. Quien pretenda quitar el embargo no está atacando los intereses de su nación, los está rescatando. Está extirpando un tumor que ha corrompido la política exterior de los Estados Unidos. Si Nixon triunfa, no solo ganará la justicia para Cuba; ganará la cordura para Florida. Su lucha demuestra que el cambio no vendrá desde las viejas élites, sino desde las bases de un pueblo que, harto de la decadencia, decide tender la mano. Esa es la dialéctica de la esperanza: mientras en Madrid se organiza un boicot enano y patético, en la propia casa del Imperio crece un movimiento que aboga por la paz. Es la historia dándole la razón a la Revolución Cubana, que siempre ha sabido esperar sin doblegarse.
Y así, entre el ruido de los boicots fallidos, la furia malinterpretada de un presidente y la promesa de una candidata valiente, Cuba permanece. Silvio seguirá cantando, Díaz-Canel seguirá firme, y Angie Nixon quizás, solo quizás, empiece a desmontar el muro de la incomprensión. Nosotros, los que amamos la justicia, celebramos este triunvirato de la esperanza. Celebramos al poeta que no se calla, al líder que no se arrodilla y a la contrincante que, desde el Norte, se atreve a soñar con el Sur. La historia no la escriben los que boicotean conciertos; la escribe la voz del trovador que, desde Madrid, le recordará al mundo que hay una isla donde la Revolución es, ante todo, un acto de amor inquebrantable. Que no se equivoquen: esta es la era de la resistencia creadora, y el canto apenas comienza.
DdA, XXII/6448

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