El primer número de la revista El Mono Azul se publicó el 27 de agosto de 1936, un mes y pico después del inicio de la guerra incivil. Se trataba de una publicación de orientación comunista, auspiciada por una asociación civil creada al inicio del conflicto, la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura, cuyo ámbito de difusión y lectura eran los frentes de batalla. Su cabecera obedece a la prenda que vestían los milicianos y en su contenido había tanto páginas de instrucción militar como secciones de literatura y política. Se llegaron a editar 47 números desde esa fecha hasta febrero de 1939, con periodicidad irregular, de los que solo los diez primeros constaban de ocho páginas, que finalmente quedaron reducidas a una sola, impresa y difundida con el diario vespertino La Voz en Madrid. (Félix Población, El Salto). (En el número 19 del 10 de junio de 1937 se publicó en la portada del periódico el poema de Miguel Hernández Canción del esposo soldado):
He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.
Morena de altas torres, alta luz y altos ojos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.
Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a retorzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.
Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.
Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.
Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
le acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.
Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.
Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado,
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejare a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.
Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,
y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.
Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.
Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.
DdA, XXII/6451
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