martes, 25 de agosto de 2026

ANNE SEXTON, POETA DE LAS REALIDADES CONFESIONALES MÁS DESCARNADAS

Anne Sexton es casi el paradigma de la lírica confesional, escribe Monterrubio sobre la obra de la poeta estadounidense. Por sus poemas desfilan las más íntimas emociones y sentimientos expresados con una mezcla de pasión y sinceridad que ponen la piel de gallina, afirma el escritor sanabrés. Una infancia traumática y una vida amenazada por el abismo de la locura determinan su poesía. Una tras otra o simultáneamente, trata las más duras experiencias. Abuso, amor y desamor, incesto, drogadicción, menstruación, maternidad, adulterio, masturbación, placer sexual o divorcio, contados sin trampa ni cartón, conviven con los delirios y las crisis nerviosas. Por todo ello se granjeó la animadversión de los bienpensantes.


Antonio Monterrubio

When I’m broken, I am whole
And when I’m whole, I’m broken

(Björk: «Quicksand», Vulnicura)

Anne Sexton es casi el paradigma de la lírica confesional. Por su obra desfilan las más íntimas emociones y sentimientos expresados con una mezcla de pasión y sinceridad que ponen la piel de gallina. Una infancia traumática y una vida amenazada por el abismo de la locura determinan su poesía. Una tras otra o simultáneamente, trata las más duras experiencias. Abuso, amor y desamor, incesto, drogadicción, menstruación, maternidad, adulterio, masturbación, placer sexual o divorcio, contados sin trampa ni cartón, conviven con los delirios y las crisis nerviosas.

No es necesario recalcar que su exhibición descarnada de realidades incómodas le granjeó la animadversión de los biempensantes. Muchos críticos literarios varones y algunas mujeres se sintieron ofendidos hasta el extremo de condenar sin paliativos su insistencia «en los aspectos patéticos y repugnantes de la experiencia corporal» (James Dickey: New York Times Book Review). Sus poemas son el testimonio de una existencia permanentemente al borde del hundimiento psíquico y el suicidio, pero vivida con rara intensidad. Más allá de la exposición de sus propias llagas, son un crisol que permite a quienes han experimentado sinsabores similares purificarlos, ya que no olvidarlos.

La temporada en el infierno que supuso el largo y trascendental periodo de la niñez y adolescencia la marcó para siempre. Su relación con marido e hijos fue altamente conflictiva. Ella misma, «convencida de que su matrimonio era imposible de salvar, pidió y ganó su divorcio solo para aprender que la vida en solitario crea un insoportable nivel de ansiedad» (Maxine Kumin: «Prólogo» a la Poesía completa de Anne Sexton). Casada a los diecinueve, su matrimonio había durado veinticinco años. Por más que «No somos amantes. / Ni siquiera nos conocemos. / Parecemos iguales / pero no tenemos nada que decirnos» («Marido y mujer», Vive o muere), el tiempo perdido es un vacío doloroso. «He matado nuestras vidas en común / cortado cada cabeza […] He matado todos los buenos momentos / pero son demasiado rebeldes para mí. / Esperan» («Divorcio», 45 Mercy Street).

Si en toda su obra asoman las dificultades y sinsabores de la convivencia, sus rotos y descosidos, el inventario de la desolación provocada por la separación lo encontramos en la tercera parte del poemario póstumo Calle de la misericordia 45, titulada gráficamente «Los documentos de divorcio». Apenas unos meses después de la sentencia, y con varios intentos previos, Anne Sexton se suicidó. Encerrada en el garaje, puso en marcha el motor de su coche tras haber ingerido unos vodkas, envuelta en el abrigo de piel de su madre —detalle simbólico si los hay—. Así se despidió de la vida la mujer cuyo último poema lleva un título de lo más esclarecedor: «Carta de amor escrita en un edificio ardiendo».

En «La separación», narra una ruptura simultánea. «Tus margaritas / han llegado el día de mi divorcio». Se está desvaneciendo en el aire, sin más rastro que unos papeles descuidadamente firmados, «el amor sancionado por veinticinco años». No se va solo: «veo dos muertes, / y a los dos hombres caminando pesadamente / hacia la morgue de mi corazón». Los recuerdos perduran, pero ya no queda nada que salvar. «Y no sé / no sé, / si estamos juntos o separados, / excepto que mi alma persiste sobre tu piel […] / Esposo, / Esposo, / Levanto mi mano y veo / solo uñas» («Despertar sola»). La pérdida deja un enorme agujero, una indefinible sensación de ausencia, el dolor del fracaso individual y dual. La descomposición de la comunidad de cuerpos y almas genera soledad metafísica. «Esposo, / me susurrabas, / ahora estamos los dos incompletos» («Donde la cuestión quedó atrás entonces»).

La catástrofe emocional que entraña el cese de una convivencia larga poco tiene que ver con los epílogos de aventuras temporales. Incluso si existió apasionado erotismo o fuerte implicación afectiva, las heridas de la despedida cicatrizan antes y con menos secuelas. La poeta nos lo muestra en «Para mi amante al volver junto a su esposa», del libro Poemas de amor. «Te devuelvo tu corazón / Te doy permiso». Asume sin mayor aflicción la transitoriedad de esa historia. «Seamos sinceros, yo he sido momentánea. / Un lujo. Un balandro rojo brillante en el puerto. / Mi pelo agitándose como humo por la ventanilla del coche. / Jóvenes almejas de Venus de elevado precio». Inteligente y ferozmente honesta, sabe que una diferencia estructural marca las relaciones con el cónyuge y con el amante. «Ella es más que eso. Es lo que tienes que tener […] Esto no es un experimento. Ella es toda armonía». Aunque la fuerza sísmica de la pasión haya podido alcanzar una alta intensidad en la escala de Richter del amor, la memoria compartida tiene un valor existencial más elevado. «Tú sentado al borde de la cama / limpiando tus zapatos con lustrabotas / y te amé entonces, tan prudente desde la ducha, / y te amé muchas otras veces» («Divorcio»).

Pero el amor no basta. Eros no solo es, dice el vulgo, ciego. Queda eternamente sumido en el sueño de la infancia. Para durar, requiere el concurso de diosas adultas y poderosas como Afrodita y Hera. El eslogan cristiano evocado por Denis de Rougemont en El amor y Occidente, «Eros salvado por Ágape», no puede ser aceptado sino con reservas. Fiarlo todo a un compromiso incondicional indiferente al transcurso del tiempo y las circunstancias es irracional, y también inmoral. Solo la libre entrega constantemente renovada, la fe dada y recibida día tras día, asegura la continuidad del amor. Cuando el sentimiento, las palabras y los actos no superan la prueba de la cotidianidad, se impone cortar el vínculo. Es una necesidad ética. Esto puede producirse sin gran dolor si la pareja era mera comunidad de bienes muebles e inmuebles, y eventualmente de hijos. A menudo, ni siquiera en el principio hubo amor. Numerosas son las parejas que se unen por otras causas: presión social, temor a la soledad, la vejez y la enfermedad, deseo de formar una familia y demás trivialidades frívolas o frivolidades triviales. Pero cuando hubo vocación de amor-permanencia, su muerte provoca mayor devastación íntima que la de un pasajero amor-pasión, incluso si el motivo es el cansancio o el hastío, la traición o el abandono.

El último poema de «Los documentos de divorcio» retrata la tragedia que supone la pérdida de un gran amor. Si bien no queda clara la identidad del amante, en todo caso sirve como epitafio de una experiencia trascendental fallida.

Después, una vez,
por una terrible casualidad,
el amor se la llevó en su gran barco
y ella se tragó el océano
en una enardecida risa.

Después,
lentamente,
el amor se fue corriendo,
el barco se convirtió en papel
y ella supo su destino
por fin.

(«Final, mitad, principio»)

Anne Sexton habría necesitado unos apoyos que no puede dar cualquiera, y que quizás no habrían sido suficientes. Solo un optimismo ilimitado de la inteligencia y la voluntad, unido a la claridad y firmeza de un amor indomable, podría haberla ayudado. Como dice Anne Carson en un poema del libro Agua corriente, «si me hubiera amado me habría visto / en una ventana del piso de arriba golpeando la frente contra el cristal» («Ciudad del amor asimétrico»).

DdA, XXII/6447

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