jueves, 30 de julio de 2026

PIEDRALAVES: YA NO VIVIRÉ LOS ÚLTIMOS AÑOS DE MI VIDA EN EL LUGAR QUE AMABA

Conozco gente que lo ha perdido todo, salvo la vida: animales, fincas, tierras, negocios. Aún no hemos podido volver, pero sé que mi casa está a salvo; pero sé también que, fuera del casco urbano, el grado de devastación en Piedralaves alcanza el 80% del territorio: en mi caso, sesenta años de biografía visual y afectiva han desaparecido para siempre. Ya no viviré los últimos años de mi vida en el lugar que amaba. Muchas veces temí morir antes de poder volver a España e instalarme en el valle del Tiétar a vivir hasta el final de mi existencia. Nunca pensé que era el lugar el que iba a desaparecer antes que yo. Ojalá este soplido letal sirviera al menos para hacernos mejores. No estoy seguro. En España ha habido dos incendios. Uno estructural de estallido aleatorio, fruto del estrés climático, la mala gestión y la composición misma de los bosques. Y otro provocado de orden político.


El fuego es antiguo, hermoso y terrible.

Santiago Alba Rico

El jueves 23 de julio por la mañana, muy temprano, al mirar por la ventana vimos una herida roja en la cresta de la Serradilla, uno de los picos de Gredos. En la penumbra de la madrugada parpadeaba como una estrella caída, con tan tímido fulgor que la montaña se erguía contra el cielo más alta y misteriosa que nunca. Durante dos días vimos la llaga crecer, cambiar de lugar, alargarse como una procesionaria incandescente. El pueblo se había vaciado de turistas, pero no teníamos miedo. La fuente de amenaza era al mismo tiempo una fuente de inesperada belleza. Nos sentábamos a beber cerveza frente a la sierra salpicada de hogueras, en un silencio atronador. El sábado por la mañana, de hecho, el peligro parecía conjurado. La temperatura había bajado y se anunciaba una lluvia que nunca cayó. Casi estábamos decepcionados. Y de pronto a las diez toda esa lentitud se derritió. Por primera vez comenzó a oler a quemado. El cielo se cubrió de una capa de plomo y empezaron a nevar pavesas. Enseguida sonaron las alarmas. En medio de una atmósfera de sueño todos reunimos cuatro enseres y bajamos hacia el Prao. En dos horas el pueblo estaba vacío. En cuatro el fuego había llegado a la carretera.

Desde el sábado somos refugiados climáticos. No somos afganos ni sirios ni palestinos. Tenemos tarjetas bancarias y amigos generosos que nos ofrecen sus casas. Pero viendo la fila de castellanos contritos arrastrando sus bártulos hacia el polideportivo de Arenas de San Pedro era inevitable evocar imágenes de otros lugares de la tierra. No está en el ADN de los otros pueblos la guerra, la desgracia y el destierro; ni en el nuestro el bienestar, la estabilidad y la calma. Creemos que nuestras casas son sólidas, que nuestros objetos nos esperarán siempre sobre la mesa, que nuestros bosques nos sobrevivirán. Es un milagro -un milagro también de buena gestión- que el mayor incendio de la historia de España no haya ocasionado hasta ahora ninguna muerte, pero lo cierto es que un soplido de fuego se ha llevado en un instante décadas y siglos de trabajo -humano y natural- solidificado ante nuestros ojos. Se ha llevado en un instante -aún peor- la idea misma de solidez: de confianza en la materialidad de las cosas. Conozco gente que lo ha perdido todo, salvo la vida: animales, fincas, tierras, negocios. Aún no hemos podido volver, pero sé que mi casa está a salvo; pero sé también que, fuera del casco urbano, el grado de devastación en Piedralaves alcanza el 80% del territorio: en mi caso, sesenta años de biografía visual y afectiva han desaparecido para siempre. Ya no viviré los últimos años de mi vida en el lugar que amaba. Muchas veces temí morir antes de poder volver a España e instalarme en el valle del Tiétar a vivir hasta el final de mi existencia. Nunca pensé que era el lugar el que iba a desaparecer antes que yo.

Ojalá este soplido letal sirviera al menos para hacernos mejores. No estoy seguro. En España ha habido dos incendios. Uno estructural de estallido aleatorio, fruto del estrés climático, la mala gestión y la composición misma de los bosques. Y otro provocado de orden político. En estos días de dolorosa itinerancia no he dejado de escuchar en las farmacias, en los bares, en los comercios, a gente honrada y, al mismo tiempo, bocazas; gente solidaria y, al mismo tiempo, fanática; gente generosa y, al mismo tiempo, envenenada por el odio: "Sánchez está quemando España para instalar placas solares", "el gobierno nos ha abandonado", "los ecologistas impiden desbrozar los campos y recoger piñotes”, "la UME no hace nada", y todo ello con el aplomo gritón del que identifica su relato con la verdad verdadera, sin esperar jamás de su interlocutor un contraste o un desmentido. No pienso perder un minuto en desmontar estos bulos en un diario que no leerán los que los difunden. Estos honrados bocazas -que no me van a leer- tienen miedo, como todos. Frente al horror  necesitamos siempre una explicación sencilla, es decir, un culpable en el que descargar la angustia de la incertidumbre. La política de la derecha consiste en proporcionarles uno. Es el victorioso populismo expiatorio que, en un mundo de complejidad abstracta y pasiones negativas, proporciona a los perdedores el goce de un odio visceral. La gente verdaderamente honrada de estas tierras de Castilla combina de un modo muy destructivo la fragilidad neoliberal y el casticismo ancestral. Fruto del individualismo consumista y del abandono secular, esta combinación fatal se manifiesta en la desconfianza más feroz hacia el Estado: en la España de hoy, en efecto, la izquierda urbana y periférica es institucionalista mientras que la derecha reaccionaria y rural es "libertaria". No se puede dejar de admirar un poco la cabezonería irracional del castellano que sólo confía en sí mismo para salvar sus cabras, apagar los incendios y vengar sus agravios. No se puede tampoco dejar de temerla, como tememos los tsunamis de fuego.

Puede ser una alucinación de cercanía, pero me atenaza la sombría convicción de que estos dos incendios, el estructural y el provocado, acabarán dando el gobierno a los incendiarios. La izquierda, en lugar de regañar y dar lecciones, debería aprovechar el paréntesis de desolación para hacer propuestas. Mi amigo Dani Iraberri, experto en agricultura regenerativa, me decía el otro día que el paisaje del que estaba yo enamorado y cuya desaparición tanto me duele no era un paisaje: era una herida: lo que él llama "paisajes simplificados" o "no naturales" ("desiertos verdes"), por eso mismo mucho más vulnerables al fuego. En Castilla, me insiste, no había bosques: había monocultivos de pinos plantados por el franquismo e incapaces de resistir el cambio climático: el trágico fuego se ha limitado a "retirar una costra". El mayor incendio de la historia de España es, por tanto, la oportunidad de restaurar el bosque nativo con sus robles, encinas, castaños, alcornoques, y todos los arbustos ignífugos y todos los pájaros y todos los mamíferos que desaparecieron con él. ¿Por qué no se hará? El pasado jueves, cuando el fuego se apoderaba de San Martín de Valdeiglesias, tardé seis horas y media en recorrer setenta y un kilómetros. Venía de El Escorial, en cuyo curso de verano otro buen amigo, Emilio Santiago, tras describir la revolución luminosa ya en curso, preñada de un futuro de abundancia racional, resumía los obstáculos: "No tenemos un problema, tenemos un enemigo". Ese enemigo, si gana las elecciones, aprovechará su oportunidad para culminar proyectos devastadores que la resistencia ciudadana había contenido provisionalmente: autopistas, campos de golf, parques temáticos. O paraíso o infierno: no hay ya lugar para neoliberales purgatorios intermedios. Sólo la propuesta firme de un paraíso sostenible podrá salvar España y, de paso, este gobierno.

Ojalá viva lo bastante para ver surgir de las cenizas de Piedralaves un paisaje que, lujuriante de verdes diferentes, me haga olvidar el que el fuego ha quemado estos días. Ojalá lo vean al menos mis hijos. Mi casa está a salvo. Ahora hay que salvar la de la humanidad entera.

PÚBLICO  DdA, XXII/6421

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