![]()
En todo el mundo, desarrollado o no, las desigualdades crecen veloz y dramáticamente, nos dice el articulista. En los países más ricos, el proceso de deterioro progresivo comenzó hace décadas. Muchos que están al borde de la jubilación o más allá no han alcanzado el nivel de confort de sus padres, a pesar de tener cualificaciones mayores. Y sus hijos se adentran en la treintena sin trabajo estable ni perspectivas de conseguirlo. Se posterga de un año para otro la aspiración a la independencia, y no digamos a construir una pareja sólida o tener niños. Las posibilidades de ser feliz están en franco retroceso, y la fiesta del finde o el chiringuito veraniego no podrán tapar perpetuamente el agujero. La sed de verdadera vida, y no de un sucedáneo, será cada vez más acuciante.
Antonio Monterrubio
El señuelo del País de Cucaña es uno de los mitos incombustibles del capitalismo. Si bien apenas ha funcionado, y eso en muy limitados momentos y lugares, no ha cesado de seducir a las masas de todos los mundos. Los perros atados con longanizas siguen sirviendo de publicidad televisiva de Jauja, ciudad de vacaciones perpetuas.
El Sistema tiene una capacidad inaudita para estafar a los que deja una y otra vez, cual gallo de Morón, sin plumas y cacareando. Explotados y humillados a través de mecanismos que no comprenden, continúan tan ufanos despotricando de los chivos expiatorios que se les indican. Adoran a los dueños del Tinglado, en una muestra más de la hegeliana dialéctica del amo y el esclavo, de la necesidad intrínseca que tienen el uno del otro. Solo que, como el filósofo advierte, «lo que hace el siervo es propiamente un acto del señor» (Fenomenología del espíritu). El subordinado piensa y se comporta de forma vicaria, es un autómata que ni siquiera es consciente de su pobre condición.
Es muy diferente que el espíritu sepa que es libre o que no lo sepa. Pues si no lo sabe, es esclavo y está contento con su esclavitud sin saber que esta no es justa. La sensación de libertad es lo único que hace libre al espíritu (Hegel: Lecciones sobre filosofía de la historia universal).
El pensador alemán era demasiado optimista al concebir la Historia como progreso ininterrumpido y finalista, como desarrollo y despliegue de la libertad, de lo que él entendía por espíritu. Ningún avance es automático ni irreversible. Hoy, con los palos recibidos, estamos curados de ilusiones. Solo se avanza empujando, y conforme el propio Hegel señala, «nada grande se ha realizado en el mundo sin pasión». Ahora bien, la pasión requiere voluntad y perseverancia. Lo que es fácil y confortable no suele merecer la pena. Y si a cualquier aficionado le entusiasman los ensayos tras una acción creativa y fulgurante de los tres cuartos, no olvidemos que los conseguidos mediante un trabajoso pick and go también valen cinco puntos.
Aunque un billete barato para Cucaña fue durante decenios el mito favorito del capitalismo, hace tiempo que ha caducado y es insostenible. La leyenda de la meritocracia era su último reducto; ya casi nadie cree en ella. Jóvenes y no tan jóvenes tienen asumido e interiorizado que nunca llegarán a vivir tan bien como sus padres, o incluso sus abuelos. La movilidad intergeneracional, que aseguraba a cada nueva ola una prosperidad superior a la de sus predecesoras, es un concepto del pasado. Y el mal es susceptible de agravarse. Si las cosas no cambian radicalmente, los pocos hijos de estos jóvenes tendrán aún menos opciones que ellos.
En todo el mundo, desarrollado o no, las desigualdades crecen veloz y dramáticamente. Mientras, los servicios públicos y el estado de bienestar se ven sometidos a una dieta de adelgazamiento permanente. Las consecuencias de tal conjunción de los astros son fáciles de prever. Oportunidades educativas vetadas, empeoramiento de la salud, desempleo y subempleo crónicos, ansiedad, angustia, miedo, estrés, obesidad y adicción al alcohol, las drogas o el juego. En los países más ricos, el proceso de deterioro progresivo comenzó hace décadas. Muchos que están al borde de la jubilación o más allá no han alcanzado el nivel de confort de sus padres, a pesar de tener cualificaciones mayores. Y sus hijos se adentran en la treintena sin trabajo estable ni perspectivas de conseguirlo. Se posterga de un año para otro la aspiración a la independencia, y no digamos a construir una pareja sólida o tener niños. Las posibilidades de ser feliz están en franco retroceso, y la fiesta del finde o el chiringuito veraniego no podrán tapar perpetuamente el agujero. La sed de verdadera vida, y no de un sucedáneo, será cada vez más acuciante.
La fabricación de almas perdidas está en auge en Occidente. Los inhabilitados para tomar las riendas de su existencia son legión. Hasta aquellos afortunados que trabajan y viven en el hogar paterno con tal de ahorrar y lograr levantar el vuelo se están convirtiendo en seres incapaces de gestionar sus afectos, sentimientos o necesidades psíquicas. El individualismo feroz y la urgencia de vivir al día impiden la elaboración de proyectos a medio y largo plazo. La ausencia de convicciones y objetivos debilita la autonomía. Las personas desencantadas son presa fácil para la demagogia y el populismo ultraderechista. La dura realidad es que si las longanizas han desaparecido, los perros siguen ahí, los mismos y con los mismos collares.
DdA, XXII/6420
No hay comentarios:
Publicar un comentario