José Ignacio Fernández del Castro
«La acumulación de riqueza es en sí misma un proceso moralmente neutro. Ciertamente, como enseña el Cristianismo, la riqueza trae tentaciones. Pero también la pobreza.» Margaret Hilda THATCHER,
ROBERTS de soltera, Baronesa Thatcher de Kesteven (Grantham, Lincolnshire, East Midlands, Inglaterra, Reino Unido, 13 de octubre de 1925 -
Londres, 8 de abril de 2013): Statecraft: Strategies for a Changing World (2003).
Resultaba paradójica la imagen que de Margaret Thatcher, esa adalid de la política neocon fallecida hace ya trece años, esa gran impulsora (junto a Ronald Reagan) de la voz de una “derecha sin complejos”, se transmitía en la película La Dama de Hierro (The Iron Lady, 2011) de Phyllida Lloyd... Y es que se la presentaba, a través de la interpretación vigorosa de Meryl Streep, como una tenaz luchadora que debió superar los inconvenientes de su humilde origen y de su sexo, a la vez que se difuminaba el verdadero contexto histórico de unas fuerzas vivas británicas ansiosas por arrumbar, siguiendo fielmente las recetas de Milton Friedman y sus Chicago Bpys (experimentadas sin barreras en el Chile de Pinochet), las trabas que el sindicalismo británico (muy especialmente los sindicatos mineros) suponía para la imposición y desarrollo de sus intereses (de clase, aunque ya no era evidentemente la de sus orígenes).
Y es que la presunta luchadora se dedicó a servir ese provecho (y hasta el capricho) tan ajeno a su origen con especial docilidad y ahínco… Al fin y al cabo, ¿no son tan susceptibles de dejarse llevar por la tentación de la inmoralidad las gentes ricas como las pobres?... De hecho, acaso para corroborar su tesis, fue reduciendo drásticamente toda protección social y el resultado no fue sólo el vertiginoso aumento de la mortalidad en las clases bajas, sino también un notorio incremento paralelo de las tasas de alcoholismo, homicidio, y suicidio...
La película en cuestión nos muestra sólo sindicalistas embrutecidos en su violencia salvaje, pero por ningún lado aparece, por ejemplo, el rebrote del (hasta entonces) desaparecido fenómeno del hambre y la malnutrición infantil en los barrios y zonas más pobres (y mineras), como Gales, Escocia o Yorkshire... Y es que Margaret Thatcher, según repetía con frecuencia, “creía en la lucha de clases y en la victoria de los suyos” (los suyos ideológicos, claro, no de origen)… Para que así fuese estaba dispuesta a convertir las víctimas de su neoliberalismo rampante en “culpables de su propia situación” que sólo pueden elegir entre la sumisa capitulación o el suicidio.
Por eso resulta tan surrealista el supuesto (y contestado desde el propio movimiento) feminismo (de celuloide) de la líder política que más se aplicó en el recorte de los derechos de las mujeres (también de los hombres, claro) en el Reino Unido, mientras mostraba un absoluto desdén hacia las propias feministas y sus organizaciones, apoyaba a los dictadores más reaccionarios de los años setenta del pasado siglo (como su “amigo Pinochet”) o declaraba patéticas guerras coloniales para encubrir tanta injusticia tras el humo de un trasnochado patriotismo de conveniencia (único punto crítico que aparece, como mero apunte, en la película).
En suma, la pantalla convierte la ficción en una esforzada representación del engaño, muy útil como base del imaginario colectivo hegemónico sobre el ascenso de una mujer que, como no se dice, inició el camino hacia buena parte de las crisis-estafa que pronto irían sacudiendo Europa (y el mundo)... Una mujer que, por cierto, basó su irrupción en las esferas del poder, como suele ocurrir, en la dócil asunción del espíritu del patriarcado.
Estamos, aquí y ahora, en pleno proceso de promoción de figuras homologables: mientras comienzan los procedimientos por corrupción a más de cuarenta expolíticos, funcionarios y empresarios por actuaciones, hace una docena de años, en “el entorno” de los gobiernos madrileños de Esperanza Aguirre; su “discípula” Isabel Díaz Ayuso sigue “triunfando” con su forma de promocionar la “libertad” (de tomarse unas cañitas) frente a la “terrible amenaza socialcomunista”… Y los patriarcas, que siguen moviendo la tramoya, dictan sus lemas (tan simplistas como eficaces) desde la concha del apuntador de todos los escenarios y, ufanos, repiten mantras, “quien pueda hacer que haga”, rápida y servilmente llevados a efectp por “quien corresponda”.
Pero, claro, ¿cómo aspirar siquiera a un país (y un mundo) diferente si la gente permanece tan indiferente?.
DdA, XXII/6365

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