Es una lástima que este tipo de actos no tengan la difusión y la atención que merecen, especialmente por parte del mundo universitario, que suele brillar por su ausencia en ellos, hace notar el firmante del siguiente artículo sobre la represión franquista en la provincia de Salamanca, donde no hubo apenas resistencia a los militares sublevados, que acabaron con la vida de más de 1.200 personas.
Luis Castro
A estas alturas está bien documentado el alcance de la represión del llamado ‘Movimiento Nacional’ en la provincia de Salamanca. La base de datos de la asociación Salamanca Memoria y Justicia comprende muchos miles de nombres de represaliados, de los que 1.216 son víctimas mortales. Ello, digámoslo una vez más, en una provincia controlada desde el principio por los sublevados y donde no hubo resistencia significativa al golpe. En un ámbito más local, Ángel Iglesias Ovejero ha documentado 235 víctimas mortales en su rigurosa obra sobre La represión franquista en el suroeste de Salamanca. 1936-1948. Ahí señala «una constante de ensañamiento contra varios miembros de la misma familia, incluidas mujeres», como lo hubo notoriamente en su propia familia, exterminada casi al completo. Otro caso notable fue el de la familia de Juan José Aparicio Cascón, quien el pasado día 28 presentó sus memorias en el CDMH, tituladas El doloroso camino de una familia de Ciudad Rodrigo.
Aparicio expone los orígenes de su familia y recuerda de modo especial a alguno de sus miembros. Así, a Manuel Martín Cascón, alcalde republicano de Ciudad Rodrigo, condenado a muerte en consejo de guerra con otros nueve hombres por ‘rebelión militar’. (En Salamanca fueron asesinados unos treinta alcaldes, entre ellos el de la capital, Casto Prieto). Es la ‘justicia al revés’ de los rebeldes, que Aparicio califica justamente de «infame» y «mendaz». Rememora también el asesinato de su propio padre, Eduardo Aparicio Fernández, «sacado» de la cárcel de Ciudad Rodrigo en un grupo que acabó en una fosa común, por el mero delito, se supone, de sus ideas y relaciones republicanas.
Y evoca con orgullo la trayectoria de su tío Manuel Cascón Briega, al servicio de la República como oficial de aviación, de la cual era coronel jefe al final de la guerra. Entonces rechazó la huida, considerando que, habiéndose limitado a obedecer las órdenes del gobierno legítimo, de nada podían acusarle. Pero los rebeldes le condenan a muerte por ‘rebelión militar’. Otro tío, Pedro, también militar, fue al exilio… Y así Aparicio va dando cuenta de los avatares dolorosos que sufrieron en mayor o menor medida los miembros de su familia, incluida su madre, condenada por el Tribunal de responsabilidades políticas por haber sido esposa de Eduardo y hermana de Manuel y Pedro, una actuación que el autor considera, con razón, «auténticamente miserable». Las memorias se complementan con un trabajo de contextualización histórica a cargo de Ángel Viñas, quien, partiendo de un enfoque de amplio zoom sobre el devenir de la II República, va reduciendo el marco de observación hasta llegar a la familia de Eduardo Aparicio y, más concretamente, a la biografía de Manuel Cascón Briega.
La motivación de obras como las de Iglesias Ovejero y Aparicio Cascón es doble: dar cuenta de unos hechos largo tiempo olvidados o tergiversados y, por otra parte, reivindicar la memoria de su familia, que, más allá de los asesinados, encarcelados o exiliados, es también la de ellos mismos, a quien el trauma ha marcado de por vida con el dolor del recuerdo, la exclusión social y las penurias económicas. Y es algo que concierne también al resto de la sociedad, pues la memoria democrática debería ser un ingrediente de nuestra convivencia, ya que los ideales de justicia, libertad y solidaridad por los que lucharon y murieron esas víctimas no son muy distintos de los nuestros.
DdA, XXII/6364

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