martes, 12 de mayo de 2026

EL SINONISMO NO RESPETA NI TEMPLOS, NI CONVENTOS, NI VIDAS HUMANAS



Cristina Runas Dos Lunas

Una semana después del salvaje ataque perpetrado por un colono extremista israelí, la imagen de esta monja francesa sigue golpeando las conciencias como un puñetazo en el estómago. Su rostro, hinchado y marcado por moretones y heridas, es el rostro de la impunidad colonial. Una religiosa de 48 años, investigadora en la École Biblique et Archéologique Française, paseaba pacíficamente cerca de la Tumba de David cuando un hombre de 36 años descrito en múltiples fuentes como colono, la embistió por la espalda, la arrojó al suelo y la pateó con saña mientras yacía indefensa. No fue un “incidente aislado”. Fue un acto de terror racista en plena ciudad ocupada.
Miren esa foto. Miren sus ojos: el dolor, la humillación, el miedo. Esta mujer no portaba armas. No representaba ninguna “amenaza demográfica”. Solo era una sierva de la fe cristiana en la tierra que el sionismo pretende monopolizar con sangre y fuego. La policía israelí lo detuvo sí, lo detuvo, pero el mensaje es claro: los colonos actúan con la certeza de que el Estado los ampara. No es la primera vez. Es parte de una escalada sistemática de agresiones contra cristianos, musulmanes y cualquier presencia no judía que se atreva a existir en los territorios palestinos ocupados.
Esto no es “violencia religiosa”. Es la lógica del colonialismo settler en su máxima expresión: expulsar, humillar, borrar al “otro” para consolidar un proyecto étnico-nacionalista financiado y blindado por el imperialismo occidental. Mientras el mundo se horroriza ante la imagen de esta monja francesa víctima que no puede ser silenciada porque su agresor fue captado en vídeo, miles de palestinos sufren agresiones idénticas o peores cada día sin que Occidente parpadee. La doble vara de medir es obscena.
Esta agresión no surge del vacío. Es el fruto podrido de décadas de ocupación, de colonos armados hasta los dientes que operan bajo la protección del ejército sionista, de un régimen que llama “democracia” a lo que es, en realidad, apartheid y limpieza étnica. Líderes cristianos palestinos y voces internacionales ya han condenado con vehemencia este “despreciable” acto de terrorismo judío. No puedo quedarme callada. Esta monja no es solo una víctima individual: es la encarnación de la resistencia silenciosa de los pueblos oprimidos ante el monstruo imperialista. Su rostro herido nos grita lo que el sionismo quiere ocultar: que su proyecto no respeta ni templos, ni conventos, ni vidas humanas. Solo respeta la fuerza bruta y el apoyo incondicional de sus aliados en Washington y Bruselas.
Exigimos justicia plena. Exigimos que se juzgue no solo al agresor, sino al sistema que lo engendra. Y exigimos que la comunidad internacional deje de mirar para otro lado mientras el colonialismo israelí sigue pisoteando la dignidad humana.
La foto habla por sí sola. Ahora nos toca a nosotros no callar.
Solidaridad con todas las víctimas del colonialismo sionista. Desde Palestina hasta el último rincón del mundo donde el imperio aplasta al débil.

DdA, XXII/6343

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