Paco Arenas
En los años 50, 60 y 70, la escena de la foto se repitió millones de veces. Más de dos millones de españoles —algunas fuentes hablan de hasta cuatro— cruzaron la frontera buscando lo que aquí se les negaba: pan, salario y un mínimo de dignidad. La España franquista presumía de orden y grandeza, pero se sostenía, en buena parte, sobre las remesas de quienes se dejaban la espalda en fábricas suizas, obras alemanas o vendimias francesas.
Se iban como se van ahora muchos que cruzan el Estrecho: con miedo, con rabia, con una maleta pobre y la cabeza llena de esperanza. La mayoría, contra lo que ahora sermonea la extrema derecha, se marchaba sin papeles en regla, con contratos dudosos o directamente sin ellos. Llegaban a Francia, Alemania o Suiza y descubrían que, como ya se decía entonces, «allí tampoco hartaban los perros con longanizas»: cada franco, cada marco, cada franco suizo había que sudarlo.
Muchos se iban seis meses a Suiza y, trabajando ocho horas al día, cinco días a la semana, lograban reunir lo suficiente para dar la entrada de un piso en España. En aquella España que presumía de ser la séptima potencia económica mundial —siendo mentira, pues era profundamente tercermundista— habrían necesitado años de salarios de miseria para conseguir lo mismo.
«De España para los españoles» se llamaba un programa diario dedicado a aquella diáspora. Era casi una metáfora involuntaria: España para los españoles… siempre que fuera a distancia, mandando el dinero desde fuera.
En esos países hacían el trabajo que no querían hacer ni los franceses, ni los alemanes, ni los suizos: minas, siderurgia, construcción, turnos de noche, habitaciones que olían a lejía y a soledad. Y, aun así, muchos eran acusados —sin pruebas, con el veneno de siempre— de ser ladrones, violadores, problemáticos. Para cierta derecha europea, África empezaba en los Pirineos; los «panchitos», «moros» o «negros» de entonces se llamaban Manolo o María y hablaban castellano, o cualquiera de las otras lenguas de la piel de toro.
Por eso resulta tan obsceno escuchar hoy a los herederos ideológicos de aquellos que expulsaban a su pueblo por hambre decir que «nos invaden» quienes llegan ahora a nuestra tierra a trabajar. Olvidan que si los españoles buscaron el pan en el extranjero fue porque allí la economía iba bien. Exactamente lo mismo que sucede hoy aquí: quienes llegan no lo hacen por turismo, sino porque en sus países el futuro está hipotecado y aquí, a pesar de todo, hay una oportunidad de trabajar y de vivir. A nadie le gusta abandonar su tierra para ir a limpiar la basura ajena.
Los migrantes de ahora hacen el trabajo que muchos españoles ya no quieren hacer: recoger fruta al sol, limpiar hoteles a destajo, cuidar ancianos que levantaron el país con sus manos. Y, como antes nuestros abuelos, escuchan que «vienen a quitarnos algo», mientras sostienen parcelas enteras de la economía. La historia tiene muy mala leche cuando se repite, pero es todavía peor cuando se repite con amnesia.
Mira otra vez la foto: ese hombre podría ser tu abuelo, tu padre, tu tío. Podría estar saliendo de una casa de Jaén, Galicia o Cuenca para irse a Lyon, Zúrich o Essen. Hoy, esa misma imagen se puede tomar en cualquier punto del Mediterráneo: cambia el color de la piel, el idioma y la barca por el tren, pero el gesto es el mismo. Una mano en la maleta, otra aferrada a la familia, los ojos puestos en un horizonte que siempre parece más lejos de lo que marca el mapa.
Sería de justicia que la España que un día fue expulsada por el hambre fuese hoy refugio digno para quienes huyen de otras hambres. Que el país de las maletas de cartón y los «manolos» en Alemania no se convierta en el país que levanta muros contra los nuevos «manolos» de otras geografías.
Porque aquella familia de la foto —él, ella y los tres críos— no son solo pasado. Siguen caminando: ahora hablan castellano, portugués, árabe, quechua, francés o ucraniano, pero llevan en la mirada el mismo miedo y la misma esperanza. Cuando los vemos llegar y solo vemos «extranjeros» o, peor aún, «problemas», estamos olvidando algo sencillo y rotundo: durante décadas, los migrantes fuimos nosotros. Y no hay frontera más decente, ni más justa, que la memoria.
DdA, XXII/6343

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