Un autor es su obra y la obra es la biografía de un autor; por encima de la calidad literaria está la capacidad de esos escritos de dar fe de un periodo crucial. Las prosas periodísticas de Hernández no fueron textos literarios concebidos para perdurar como poesía, sino piezas urgentes, comprometidas y funcionales dentro de un conflicto. No estoy de acuerdo -escribe Joaquín Riera Ginestar en el siguiente artículo publicado en CTXT- con ninguna de las difamatorias afirmaciones gratuitas y de trazo grueso que Andrés Trapiello arroja en su escrito, pero quisiera agradecerle su labor, mucho más importante de lo que pudiera entenderse a tenor de sus resultados. El tiempo de un escritor, ya lo dijo Proust, es irrecuperable, y que Miguel Hernández haya recibido la atención de Andrés Trapiello es de justicia. Mi labor apenas es valiosa, he sido un mero instrumento para recuperar una parte representativa e importante de la obra de Miguel Hernández, una parte olvidada, y hasta censurada, por molesta. Sin duda, gracias a Trapiello ahora podemos empezar a entender el porqué de ese olvido y del malestar que provoca todavía, en la actualidad, en determinadas esferas.
Joaquín Riera Ginestar
Con motivo de la publicación en Alianza Editorial de El hombre acecha al hombre. Escritos periodísticos de guerra: 1937-1939, que reúne prologadas, anotadas y editadas las prosas que Miguel Hernández publicó en diversos periódicos durante la guerra civil española, el escritor Andrés Trapiello ha publicado una reseña en la revista La Lectura del diario El Mundo. El motivo de esta carta abierta es dar respuesta cabal y ponderada, como editor de la obra, a las afirmaciones difamatorias que el mencionado escritor vierte en su crítica.
Andrés Trapiello, si no he entendido mal el mensaje que desea lanzar sirviéndose del libro que presuntamente reseña, opina que 1) no era necesario publicar los escritos periodísticos de guerra de Miguel Hernández; 2) que su publicación desmerece la calidad literaria del corpus poético hernandiano y que, por tanto, de Miguel Hernández solo merece la pena conservar su obra poética (se supone que la no bélica); 3) que las prosas de guerra de Miguel Hernández están repletas de falacias y que, por tanto, no tienen valor histórico; 4) que el editor del libro, Joaquín Riera, manifiesta en el prólogo y en las notas una intención aviesa (RAE: “Torcido, fuera de regla; Malo o mal inclinado”); 5) que Miguel Hernández era un comunista sobrevenido y elemental; 6) que Miguel Hernández redactó sus escritos en oficinas de retaguardia; 7) que Miguel Hernández saqueo las casas de los pueblos que visitaba durante sus labores de comisario político y le parecían apropiados los asesinatos de represores fascistas; 8) que el editor del libro, Joaquín Riera, ha editado los textos adulterándolos e incluso reescribiéndolos; 9) que, en definitiva, las prosas periodísticas de Miguel Hernández, escritas durante la Guerra Civil, son pobres, restan valor a su obra y lastran (sic) la vida de Miguel Hernández.
Soy consciente de que, de tener mayor espacio del que proveen las limitadas dimensiones de una reseña, Andrés Trapiello hubiera aderezado con argumentos más elaborados su crítica, que en el fondo no es sino una famélica declaración ideológica, sin argumentación de peso ni desarrollo sistemático, logrando con ello elevar su discurso. Pero el espacio de las reseñas es el que es, y es de lamentar que el fino estilista que habita en la persona de Trapiello no haya tenido a su disposición mayores posibilidades de desarrollo y exposición de su ideología. Esta es, sin duda, una de las contraindicaciones de servirse del subterfugio de una reseña para realizar una torticera reescritura de la historia y de banalizar el sufrimiento perpetrado por unos y experimentado por otros durante la Guerra Civil.
Pasamos a responder, punto por punto, las afirmaciones del escritor Andrés Trapiello.
1) No era necesario publicar los escritos periodísticos de guerra de Miguel Hernández. El valor documental, que reconoce Trapiello, sería ya suficiente para ofrecer a los lectores, los estudiantes y los estudiosos la posibilidad de acceder, en una edición crítica, a los escritos que un intelectual redactó acerca de un conflicto que vivió en primera persona, ya fuera en las trincheras en primera línea del frente (Madrid y Teruel), ya fuera en la retaguardia (Jaén y Castuera).
2) Su publicación desmerece la calidad literaria del corpus poético hernandiano (no bélico, se supone) y, por tanto, de Miguel Hernández solo merece la pena conservar su obra poética (no bélica, se sobreentiende). Es sabido que un autor es su obra y que la obra es la biografía de un autor; por encima de la calidad literaria, que parece evidente que Andrés Trapiello no puede, no quiere o no sabe apreciar, está la capacidad de esos escritos de dar fe de un periodo crucial, el más importante de hecho, de la vida de Miguel Hernández y uno de los más destacados y dramáticos de la propia historia contemporánea de España. De esta manera, afirmar que esas prosas rebajan la calidad de la obra hernandiana, es tanto como afirmar que su implicación en el conflicto al lado del pueblo rebaja la calidad humana de su vida. Parece que la lucha contra el fascismo no produce estos efectos en una vida. Más bien lo contrario: la dignifica. Por eso, la afirmación de Trapiello sorprende, sobre todo viniendo de un escritor que, como muchos en la actualidad, usan su Bic Cristal para defender en sus textos, sin tapujos, determinadas ideologías de una dignidad más bien dudosa.
3) Las prosas de guerra de Miguel Hernández están repletas de falacias y, por tanto, no tienen valor político. El ejemplo que aduce Andrés Trapiello es uno, el referente a la toma del Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza. Lo curioso de este ejemplo es que el propio Miguel Hernández reconoció su inexactitud y pidió disculpas. Aquí, el escritor Trapiello comete un error semántico: la reconstrucción literaria de hechos históricos también contiene valor político, ya que expresa deseo y esperanza, ¿Qué puede haber más político que fabricar deseos y promover esperanzas? Volviendo al asunto de los errores históricos que pudiera haber cometido Miguel Hernández, ¿conoce alguno más Trapiello o se ha limitado a exponer el ya reconocido por el autor?
4) El editor del libro, Joaquín Riera, manifiesta en el prólogo y en las notas una intención aviesa (RAE: “1. Torcido, fuera de regla; 2. Malo o mal inclinado”). No sabemos a qué definición de “aviesa” se refiere Andrés Trapiello; si es la primera es una cuestión de gustos, temperamento o sensibilidades, es sabido que los escritores, por su oficio de medidores y mediadores de la realidad social, son personas sensibles en grado sumo. Si es a la segunda, aludiendo a la mala fe o la falta de probidad intelectual del editor, no nos sentimos aludidos, y solo podemos garantizar que el máximo rigor intelectual ha presidido la recopilación, edición, presentación y anotación de las prosas periodísticas de guerra de Miguel Hernández. Aunque no es menos cierto que cuando alguien acusa a otro de tener intenciones aviesas, bien pudiera colegirse que quien de verdad las esconde es el acusador, cuya capacidad de argumentación y de crítica rigurosa es, por otra parte, palmariamente inexistente.
5) Miguel Hernández era un comunista sobrevenido y elemental. No sabemos qué ley humana o divina está en vigor para acusar a alguien de cambiar de ideología o credo. Es decir, que ley no escrita habilita a ciertos popes a condenar a alguien por evolucionar mentalmente de manera libre según las circunstancias de la vida. Pudiera ser que el escritor Andrés Trapiello desee que todos nos mantengamos estancos e incólumes ante los avatares y las injusticias de la historia. Miguel Hernández, un autor radicalmente inserto en la historicidad, evolucionó de un catolicismo naif a un comunismo colectivista, lo que no es sino reflejo de cómo muchos hombres y mujeres de principios del siglo XX sintieron que debían responder ante el ascenso del fascismo en Europa.
6) Miguel Hernández redactó sus escritos en oficinas de retaguardia. Esta afirmación demuestra que el atrevimiento de la ignorancia no tiene límites. Ahora bien, ser ignorante a sabiendas agrava la patología. Y es que en el libro que se supone que ha leído el señor Trapiello se recogen varios testimonios de personas que estuvieron con Miguel en las trincheras (Rosario Sánchez Mora, la Dinamitera; el mayor Enrique Líster; el soldado Bonifacio Méndez; y el comisario Santiago Álvarez Gómez) y que afirman que Hernández no solo estuvo codo con codo con los combatientes en los alrededores de Madrid en el otoño y el invierno de 1936, cavando trincheras, empuñando el fusil y viendo morir a compañeros, así como en primera línea de combate en la Batalla de Teruel en diciembre de 1937, con -20 Cº, sino que escribió todo lo que vio en esos sitios, así como en otros, como en la Jaén criminalmente bombardeada, desde el mismo lugar de los hechos. Qué fácil es juzgar desde el mullido sillón de la distancia histórica, ensalzando a personajes como Chaves Nogales, que salieron corriendo de la Guerra Civil, y denigrando a aquellos que, como Hernández, estuvieron a pie de trinchera hasta el final y fueron carne de cárcel por ello.
7) Miguel Hernández saqueó las casas de los pueblos que visitaba durante sus labores de comisario político y le parecían apropiados los asesinatos de represores fascistas. Otra muestra más de ignorancia supina o de malevolencia, si no un caso grave de nula comprensión lectora. En primer lugar, la alusión de Miguel Hernández a la inspección de las casas vacías de un pueblo de la sierra madrileña se produce en un momento en que él es un mero combatiente voluntario, nada de comisario político (todavía). En segundo lugar, acusar de saqueador a Hernández por pura inquina y sin argumentos ni pruebas de ningún tipo es una acción que define por sí misma a quien la realiza. En tercer lugar, Miguel Hernández no aplaude ninguna acción violenta, simplemente, en el caso que cita Trapiello, se limita a recoger lo que le cuenta un guerrillero gallego. Lo que es extraño es que Trapiello no diga que en esa misma crónica se alude a cómo dos fascistas le descerrajaron dos tiros en la cabeza a un niño que iba a llevarle una muda a su padre, que estaba escondido en el monte. El excelso reseñador prefiere quedarse con la historia de un alcalde fascista que había propiciado el asesinato de varios de sus vecinos y al que los guerrilleros le ajustaron las cuentas. Parece claro por quién toma posición Andrés Trapiello.
8) El editor del libro, Joaquín Riera, ha editado los textos adulterándolos e incluso reescribiéndolos. Esta afirmación roza el puro delirio. Menos mal que de manera más o menos explícita, Trapiello reconoce el trabajo real del editor al aludir a “la profusa glosa y anotación de los textos”. Como el reseñador es capaz de reconocer, toda la labor esclarecimiento de los textos se ha realizado con un propósito pedagógico y científico, y no se ha reescrito ni una sola línea. En cuanto al uso de los corchetes, permite que el lector vea el texto original de Hernández y, solo si le interesa o le es útil, acceda a una aclaración encapsulada. Por otra parte, el propio editor, al final de su introducción, explica al lector su labor de edición: “Reproducimos los textos originales literalmente, si bien en alguno de ellos hemos intercalado entre corchetes posibles reconstrucciones de líneas perdidas y también hemos insertado texto para completar o aclarar ciertas frases, nombres y expresiones. Además, en ocasiones se ha eliminado la coma delante de la “y” y la “o”, según las normas de la Real Academia Española (RAE), y también, siguiendo dichas normas, se han realizado unas modificaciones mínimas del texto original en algunos signos de puntuación como la coma, el punto y coma, los dos puntos y el paréntesis”. Lo más surrealista de esta zafia acusación es el hecho notorio de que Andrés Trapiello se atrevió, no hace muchos años, a darnos, como muestra de su excelsa originalidad y sabiduría, una versión modernizada de Don Quijote de la Mancha, la cual, según han reconocido todos los expertos y también los lectores de a pie, adolece de pérdida de la musicalidad y el ritmo original, empobrecimiento léxico, alteración de pasajes muy conocidos, falsa necesidad de traducción y mezcla de interpretación y traducción. En fin: consejos vendo y para mi no tengo. O mejor: piensa el ladrón…
9) Las prosas periodísticas de Miguel Hernández, escritas durante la guerra civil, son pobres, restan valor a su obra y lastran la vida de Miguel Hernández. Esta afirmación, además de discutible, es insostenible. Para empezar, reducir las prosas periodísticas de Miguel Hernández a la categoría de “pobres” ignora el contexto en que fueron escritas: la Guerra Civil. No eran textos literarios concebidos para perdurar como poesía, sino piezas urgentes, comprometidas y funcionales dentro de un conflicto. Juzgarlas con los mismos criterios estéticos que su obra poética es un error de enfoque. Además, esas prosas no restan valor a su obra, sino que la amplían. Permiten entender mejor su evolución ideológica y humana, y cómo su escritura se convierte en una herramienta de compromiso. Poemarios como “Viento del pueblo” (1937) y “El hombre acecha al hombre” (1939) no se entienden plenamente sin ese contexto de implicación política y social que también aparece en su prosa y en su dramaturgia. Por otra parte, solo un ignorante cum laude en la obra de Miguel Hernández puede afirmar que las prosas bélicas y los dos poemarios de guerra citados son de segunda división, porque de hecho todo ese conjunto de escritos (más el teatro bélico) supone más del 50% de la creación literaria hernandiana. En otro orden de cosas, decir que esas prosas periodísticas “lastran su vida” también es problemático, por utilizar un adjetivo suave. La represión que sufrió Hernández tras la guerra no se debió a la calidad literaria de sus textos, sino a su posicionamiento político comunista y a su participación activa en el bando republicano. Es decir, el problema no fue escribir prosa periodística, sino vivir en un contexto donde la expresión ideológica y la militancia política tenían consecuencias letales. Por último, incluso si algunos textos pueden considerarse menos logrados desde el punto de vista literario, eso no los invalida: forman parte de una obra coherente con su tiempo. Pretender que un autor solo produzca piezas “perfectas” descontextualizadas de la realidad histórica es una expectativa poco realista. En resumen, más que empobrecer su obra, esas prosas la hacen más completa, más comprensible y más profundamente humana, resituando al idealizado poeta etéreo en las entrañas de la historia viva.
Por último, entre las inexactitudes que expresa el escritor Andrés Trapillo en su supuesta reseña, queremos destacar una que es descaradamente sesgada y tendenciosa: no hay constancia, escrita ni de otro tipo, que permita afirmar en la actualidad que el falangista Sánchez Mazas (cuya prosa bélica se atreve Trapiello a equiparar con la de Hernández) fuera la persona que promoviera con sus esfuerzos la conmutación de la pena capital que pesaba sobre Miguel Hernández por una de 30 años de reclusión. Tal afirmación incurre, por tanto, en un despropósito histórico, además de evidenciar los apaños y las componendas con los que hoy, por parte de cierta intelectualidad complaciente, se intenta blanquear las actitudes de personas cuya ideología desembocó en el asesinato, la represión y la miseria de miles de españoles tras una guerra provocada por un golpe de Estado fascista; una guerra que, en ningún caso, perdimos todos. No estoy de acuerdo con ninguna de las difamatorias afirmaciones gratuitas y de trazo grueso que Andrés Trapiello arroja en su escrito, pero quisiera agradecerle su labor, mucho más importante de lo que pudiera entenderse a tenor de sus resultados. El tiempo de un escritor, ya lo dijo Proust, es irrecuperable, y que Miguel Hernández haya recibido la atención de Andrés Trapiello es de justicia. Mi labor apenas es valiosa, he sido un mero instrumento para recuperar una parte representativa e importante de la obra de Miguel Hernández, una parte olvidada, y hasta censurada, por molesta. Sin duda, gracias a Trapiello ahora podemos empezar a entender el porqué de ese olvido y del malestar que provoca todavía, en la actualidad, en determinadas esferas.
CTXT DdA, XXII/6343
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