Quizás Ayuso, acostumbrada a que su corte mediática le ría las ocurrencias y le aplauda hasta las pedorretas intelectuales, pensó que los mexicanos la recibirían entre plumas, mariachis y danzas folclóricas, agradecidos por aquella misión civilizadora que algunos todavía evocan con nostalgia de sacristía. Pero ocurrió exactamente lo contrario. México respondió con dignidad, con rechazo y con una lección política elemental: las relaciones entre Estados no pueden convertirse en el patio de recreo ideológico de una dirigente autonómica en campaña permanente.
José Sarria
Isabel Díaz Ayuso se presentó en México calada con el morrión y con el catecismo debajo del brazo, convencida de que aztecas y mayas la recibirían como una especie de virreina redentora llegada desde la metrópoli para iluminar a ese “narcoestado” al que, según su incontinencia verbal, parecen estar condenados los pueblos indígenas.
La lideresa de Chamberí, abrazada a un neocolonialismo de opereta, creyó que nada mejor podía ocurrirles a aquellos “indios” que rendir pleitesía a Hernán Cortés, glorificar la conquista y celebrar en la Catedral Metropolitana de Ciudad de México un homenaje al conquistador extremeño. Y para semejante ceremonia imperial, nada mejor que llevarse como gran referente intelectual a Nacho Cano, convertido para la ocasión en una especie de monaguillo del revisionismo kitsch, dispuesto a concelebrar aquello de la “Evangelización y el Mestizaje”.
Pero olvidó doña Isabelita un pequeño detalle: algunos pueblos tienen memoria. Precisamente eso que aquí, desde determinados sectores de su partido, llevan años intentando borrar o relativizar. Porque un pueblo sin memoria es dócil; un pueblo sin memoria acepta cualquier caricatura de la Historia y termina confundiendo la democracia con una charanga de consignas y mamandurrias.
Y México, afortunadamente, tiene memoria. Memoria de la conquista, de la colonia, de las humillaciones y también de su independencia. Porque México dejó de ser el Virreinato de Nueva España hace más de dos siglos. Exactamente desde 1821. Algo que, al parecer, nadie le explicó a la presidenta madrileña antes de embarcarse en esta expedición tardocolonial.
Quizás Ayuso, acostumbrada a que su corte mediática le ría las ocurrencias y le aplauda hasta las pedorretas intelectuales, pensó que los mexicanos la recibirían entre plumas, mariachis y danzas folclóricas, agradecidos por aquella misión civilizadora que algunos todavía evocan con nostalgia de sacristía. Pero ocurrió exactamente lo contrario. México respondió con dignidad, con rechazo y con una lección política elemental: las relaciones entre Estados no pueden convertirse en el patio de recreo ideológico de una dirigente autonómica en campaña permanente.
Y así, entre cancelaciones, ridículos y agenda vacía, la lideresa tuvo que recoger el morrión, guardar el catecismo y emprender la retirada. Porque una cosa es representar institucionalmente a España y otra muy distinta utilizar el nombre del Estado para ir a “hacer las Américas” por cuenta propia, dinamitando desde el sectarismo las relaciones de respeto y cooperación que durante décadas han construido la diplomacia, la Corona y la sociedad civil entre España y México.
Octavio Paz escribió que “la arrogancia es el disfraz de la impotencia”. Y pocas veces una frase retrató con tanta precisión un viaje político convertido, desde el primer minuto, en sainete colonial y naufragio diplomático.
DdA, XXII/6341
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