Raúl Quinto
Es curioso cómo funcionan las cosas. Mariano Rajoy es percibido por la mayoría como un simpático jubilado, lejos de la polarización general que desatan otros expresidentes, seguramente también porque a diferencia de estos ha mantenido un perfil bajo y es menos ególatra que un Felipe o un Aznar. Para muchos queda solo como un chiste amable, un tipo que ahora anda deprisa y cuyo recuerdo más vivo es el de esos trabalenguas involuntarios. Un tipo amable y gracioso. Inofensivo. Y sin embargo es el presidente que más dolor social ha causado en mucho tiempo: fue el que provocó la declaración de independencia fake de Cataluña y la represión que partió aquello en dos, su gestión de la crisis de 2008 aún colea en algunos sectores, es el presidente de la corrupción de la Gürtel y de los papeles de Bárcenas, entre otras cosas, y bajo su mando se crearon estructuras dentro del Estado para borrar las huellas de la corrupción de su partido y crear pruebas falsas para atacar a sus rivales políticos (Podemos e independentistas), lo cual es de lo más grave que se puede hacer en una democracia; y luego está asomando el caso Montoro, del que poco se habla, pero que al parecer era una trama del ministerio de Hacienda que recibía mordidas para cambiar leyes. Un cuadro. No sé, a mí Rajoy no me hace ni puñetera gracia.
DdA, XXII/6309

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