Valentín Martín
LA DEUDA INFINITA
Llegaron los tigres adolescentes y tú ya no estabas.
Le pedí cuentas a Dios me dio la espalda dijo
Yo soy el que soy.
Desde entonces muecines de paladar gótico fecundan ángeles impúdicos
y septiembres asustadizos.
De los cardos y las brasas nació el joven suicida que yo fui,
en vano he esperado a que fraguara la regeneración de las madrastras.
La tristeza del amor no hace milagros,
los asesinos siguen dejando miguitas de pan para equivocar a las palomas,
han arrasado las playas y han erigido arrecifes.
Bendigo por tanto la hora en que no conociste
a los nuevos bárbaros de Occidente.
Ni sus palabras sucias
ni la melodía de los niños perdidos
ni la canonización de los caníbales
ni los ladrones de sueños
ni perro comiendo perro
ni el duro viento de los genocidios
niños que tan pronto serán ceniza
ni los acantilados desde donde despeñan a los disidentes.
Porque han sembrado el mundo de acantilados
y han exterminado a los disidentes
quieren alma de obra barata para su pensamiento único.
Malditos sean.
Está lloviendo y tú no lo sabrás nunca.
Cuanta soledad.
Nada es como se recuerda
había dicho madre pasados los años.
¿Recordarás tú mi nombre ahí abajo huérfano de vientos tantos años
capitán de profundidades de la rosa que yo beso?
Encarnizadas de amaneceres, silencios y culpabilidades
por quién preguntan las recién casadas
y a quién se encomiendan los arbustos en otoño
si ya no quedan hombres a caballo ni reyes al amor de la lumbre
y es recia como la tarde infinita la pena.
Yo soy el que soy
y no respiró tranquilo hasta derribarte.
Ahora que soy más viejo que tú
me pregunto por ti.
Te amábamos tanto, padre.
DdA, XXII/6314
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