miércoles, 29 de abril de 2026

A ESTA NATURALEZA MUERTA SÓLO LE FALTA LA MOSCA



La extrañaba a este Lazarillo que el escritor Juan José Millás Millás, a través de su habitual sección en El País Semanal, en la que pone pie largo a una fotografía que le sea especialmente atrayente, curiosa o interesante, no tuviera entre las que selecciona con este fin esta del rey que sigue siendo emérito después de su presencia en la plaza de toros de Sevilla para dar lustre cañí a la dinastía de la que forma parte. Juan Carlos de Borbón, junto a la infanta Elena, aparece sentado, en el centro de la instantánea, en una de las salas más borbónicas del Museo del Prado, rodeado por unos cuantos matadores de toros y sus cuadrillas, luciendo todos ellos sus trajes de faena y sus capotes. No nos dice Millás el autor intelectual -es sólo un decir- de la idea, pero es probable que el rey padre quisiera marcar distancia con su sucesor en unos días en que éste llegó incluso a reconocer abusos en la conquista de México, además de mostrar de suyo y por lo general una actitud mucho más reservada y esporádica a la hora de asistir a los tan mal llamados festejos taurinos. "Esa fotografía -escribe Millás- ,como los membrillos del pintor Sánchez Cotán, se descompone mientras la miramos. Y uno busca la mosca, convencido de que, cuando la encuentre, entenderá el sentido último de la escena. Y de la vida". Aunque la mosca no se encuentre o no esté en esa naturaleza muerta, coincidimos con el escritor en que lo propio de una naturaleza así esté a punto de fermentar y oler:

"He aquí una naturaleza muerta a la que solo le falta, como recordatorio de la corrupción, la mosca posada sobre la fruta más madura del conjunto. Una de esas moscas tan bien pintadas que dan ganas de espantarlas con la mano. Me vienen a la memoria las pinturas de Sánchez Cotán con sus coles suspendidas en la penumbra, perfectas, pero también a punto de pudrirse. Recuerdo algunas naturalezas muertas del Museo del Prado, donde la fruta brilla con el fulgor sospechoso del oro de los trajes taurinos. Esa capa de barniz sobre la muerte.

Hay en este género pictórico, además de racimos de uva y cacharros de cocina, tiempo detenido, aire rancio: la respiración agónica de lo que no dura. Se aprecia el momento inmediatamente anterior al deterioro, que es el verdadero asunto del cuadro, porque toda naturaleza muerta es una naturaleza a punto de fermentar y oler.

La fotografía de Juan Carlos I rodeado de toreros pertenece a esa tradición, aunque haya sido tomada siglos después y con otro tipo de pigmentos. No hay fruta, pero hay carne. No hay mosca visible, pero se la presiente. Los ternos, las sonrisas, las posturas, todo está dispuesto con la precisión de un bodegón clásico, como si alguien hubiera solicitado a los personajes que no respiraran para no estropear la composición. Pero, igual que en las pinturas antiguas, lo que interesa no es la quietud, sino la inminencia de algo. Esa fotografía, como los membrillos de Sánchez Cotán, se descompone mientras la miramos. Y uno busca la mosca, convencido de que, cuando la encuentre, entenderá el sentido último de la escena. Y de la vida".

DdA, XXII/6329

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