La autora del artículo que se publica hoy en el diario El País piensa que ya no se puede ganar la batalla del relato porque ya no hay relato. El relato ha muerto. Quedó en brazos de Bush como un cadáver irresucitable el día en que se descubrió que aquello de las armas de destrucción masiva era un cuento chino, y que lo sabían. Parece que Aznar es el único que no se ha enterado y se ve que por eso no pide perdón. Ya no hay relato. No hay intención de encubrir las acciones bélicas con buenas razones. Ya no importa aquello de exportar la democracia, ni lo de liberar a mujeres de la esclavitud; ahora se sobreentiende que la infancia bombardeada es un efecto colateral.
Elvira Lindo
Solíamos decir que cuando el aceto balsámico, las berenjenas con miel o el rulo de cabra en ensalada llegaran al restaurante El Cruce sería porque la nueva cocina había tocado fondo. En cambio, el guiso popular se adapta a los fogones sofisticados con naturalidad porque cualquier potaje está testado por millones de bocas que a lo largo de los siglos encontraron en ese sabor espeso y cálido la fórmula del consuelo ante la intemperie. El viaje gozoso de los sentidos, del olfato al gusto, del gusto a la barriga. La barriga caliente, el mejor inductor al sueño de niños y viejos.
Con el lenguaje ocurre igual: dura más aquello que viaja de abajo a arriba. La expresión que se inventa en la calle, o alguna otra que brilla en la literatura popular, se pone en boca del pueblo, se asienta en la lengua y al cabo de los siglos pierde la autoría y casi el origen, aunque el diccionario de Manuel Seco indague en ese viaje fascinante. Está ocurriendo ahora un caso a estudiar: abundan en tal grado los contertulios y sus consabidas tertulias políticas que, cuando alguno introduce una palabra nueva, que puede ser local o un anglicismo recién importado, y tiene éxito y cunde, se produce el milagro: los tertulianos se enamoran de la nueva expresión y se aferran a ella como si no hubiera otra que pudiera sustituirla. A esto se añade que, cuando un término novedoso se comparte con tu gremio, sientes que estás definitivamente integrado en una élite de personas bien informadas que saben desentrañar lo que nos pasa.
Como no hay manera de ponerse frente a la tele y que no haya una tertulia diseccionando la muy consabida batalla del relato, expresión que se amolda a las necesidades de cualquier asunto, y como la tele solo la ven en la actualidad las personas de cierta edad, me encuentro esperando a que dicha batalla del relato llegue a la boca de mis mayores (todavía tengo mayores). Me da cierto dolor de corazón que las personas que tantos cuentos han narrado a hijos y nietos puedan usar la palabra relato en esta nueva acepción, que ha desterrado otros términos sólidos, como punto de vista, versión o interpretación de los hechos, y que ahora parece servir tan solo para describir justificaciones políticas, dejando su viejo sentido literario, policial, incluso oral escondido en el baúl de los recuerdos.
Es una palabra secuestrada. Estoy esperando a que mi nonagenaria tía, la que tantas veces contó El enano saltarín, la que tiene la cabeza mejor que usted y que yo y que por un problema de cadera, ay, esas caídas, pasa unas horas escuchando a tertulianos, interviniendo eso sí desde la butaca ergonómica con un vocabulario envidiable, me suelte un día de estos lo de la batalla del relato. Lo espero y lo hará, porque pensará que es su manera de decir “aún sigo aquí”.
Pero en este futuro que nos roba el presente y no nos deja vivir en paz, la palabra “relato”, en el uso que se le da para definir las excusas que los poderosos nos dan para ejecutar sus tropelías, ha perdido todo el sentido. Espero que se den cuenta los que desde los medios se aferran cada día al término como a un madero en alta mar. Ya no se puede ganar la batalla del relato porque ya no hay relato. El relato ha muerto. Quedó en brazos de Bush como un cadáver irresucitable el día en que se descubrió que aquello de las armas de destrucción masiva era un cuento chino, y que lo sabían. Parece que Aznar es el único que no se ha enterado y se ve que por eso no pide perdón. Ya no hay relato. No hay intención de encubrir las acciones bélicas con buenas razones. Ya no importa aquello de exportar la democracia, ni lo de liberar a mujeres de la esclavitud; ahora se sobreentiende que la infancia bombardeada es un efecto colateral. Estamos ante una crueldad sin argumento. Y quien aún viva en la época en que hablar de relato tenía sentido, quien crea que el gran Patán piensa antes de actuar, ignora de qué va el cuento.
EL PAÍS DdA, XXII/6288

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