José Ignacio Fernández del Castro
«En lo que no pensó jamás el doctor Alegre fue en los estragos que Stanley Black y su versión de Siboney estaban haciendo en su hijo, allá arriba, en su dormitorio. Con los primeros compases Carlitos había sentido algo sumamente extraño y conmovedor, explosivo y agradabilísimo, la sensación católica de un misterio gozoso, quizás, aunque la verdad es que demasiado cálida y veraniega como para ser tan
católica. Y además a Carlitos se le cayó el rosario, pero ni cuenta se dio, o sea, el colmo en él. Y con mayor intensidad aún sintió la palabra fiesta vagando perdida por el jardín florido e iluminado que imaginaba allá afuera, esperando la alegría de los invitados de sus padres, bronceados, profesionales, cultos, viajeros, discretos y sumamente simpáticos, casi siempre. Siboney ya había terminado, pero él continuaba sintiendo algo demoledor, tirado ahí
en su cama, ignorando siempre que lo suyo tenía que ver mucho más con el ardor de estío que con el fervor de la iglesia parroquial de San Felipe. Y sólo atinó a rascarse la cabeza al ver exacta la puerta de la calle
que no había logrado cerrar y, entrando por ella, ella.»
Alfredo Marcelo BRYCE ECHENIQUE (Lima, Perú, 19 de febrero de 1939- 10 de marzo de 2026): Fragmento del “Capítulo Primero” de
El huerto de mi amada (2002).
Acaba de morir el último gran escritor relacionado directamente con el llamado boom latinoamericano (y el primero del postboom)… Pero seguirá enseñándonos a mirar el mundo con una sonrisa (siempre revolucionaria, como aquella con la que rechazara, por sus convicciones democráticas, la Orden de El Sol del Perú que le concediera Alberto Fujimori en 1995; o la que derivara con frecuencia en justa ira en los tres volúmenes, Permiso para vivir, 1993, Permiso para sentir, 2005, y Permiso para retirarme,2021 , de sus Antimemorias) y vivirlo desde sus paradójicas obsesiones (que lo son colectivas): el amor, la soledad, la enfermedad (la depresión, muy concretamente) y la felicidad.
Pero nadie es perfecto y ahí están esas acusaciones gaditanas de plagio de algunos artículos…
En cualquier caso, superada, acaso, la fe en cualquier ente supramundano; desvaída, tal vez, la voluntad de vivencia religiosa; distraída, quizá, la atención de todo dogma; separada ya, probablemente, la actitud del culto a la personalidad, podremos, sin duda, percibir nuestros propios paraísos (terrenales), sentir nuestros propios placeres (mundanos), luchar por nuestros propios anhelos (posibles)... Y, desde luego, podremos hacer todo ello desacralizando símbolos; reconfigurando su sintaxis, su semántica y, sobre todo, su pragmática para hacerlos nuestros, para “colectivizarlos” de otros modos, para convertirlos, simplemente, en signo de retos comunes y necesarios con independencia de su origen y condición. ¿No es acaso la paloma, esa especie de rata voladora, el símbolo de la paz?, ¿alguien le ha preguntado a los gusanos si están de acuerdo?.
Liberados de cualquier representación personalizada, los símbolos deben ser utilizados con libertad como expresión de lo que nos es común, de lo que puede ser capaz de aglutinarnos, de lo que nos mueve en aras de una lucha compartida, de la defensa de unos derechos... O de la alegría, también compartida, de una fiesta mecida por los cálidos acordes de Siboney. Porque no hay que tener miedo tampoco a frivolizarlos… A fin de cuentas, las verdades se nos van agotando y las mentiras no son ya lo que eran.
DdA, XXII/6290

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