sábado, 14 de marzo de 2026

ESPAÑA NO DEBE SER UN PEDAZO DE MIERDA AL SERVICIO DE ESTADOS UNIDOS

 Escribe el autor del artículo en Nueva Tribuna que los que besan la bandera constantemente y apelan a Franco como salvador de la patria y ejemplo a seguir, no se sienten orgullosos de que España haya hecho valer su soberanía, su independencia, por el contrario, se sienten humillados y creen que se ha faltado el respeto al jefe supremo Donald Trump, que es, como antes Hitler, quien ahora lidera la construcción de un nuevo orden mundial basado en la ley del más fuerte. España, su España, la racista, la xenófoba, la aporófoba, la vengativa, la abusona, la insolidaria, la explotadora, sólo tiene una misión en el mundo después de su grandeza histórica: ser una nación servil, un pedazo de mierda al servicio de Estados Unidos y de la oligarquía.



Pedro Luis Angosto

Desde principios del siglo XX, pese a la guerra que nos declaró para quedarse con Cuba, Puerto Rico, Filipinas y las islas del Pacífico, hay una tendencia en la derecha española, en lo más rancio e irreflexivo de ella, a poner por delante los intereses de Estados Unidos a los de la nación a la que dicen amar. Evidentemente no se trata de amor, se trata de interés, si la nación no dicta leyes que les hagan más ricos, si no protege adecuadamente sus rentas crecientes, si opta por la igualdad de oportunidades o por el mérito, si no privatiza de forma correcta, el amor torna en odio y las banderas se convierten en espadas y fusiles para aniquilar al traidor. España para ellos es una, la que está a su servicio, la que defiende a sangre y fuego sus tradiciones particulares, la que castiga al divergente.

No bastó aquel desastre del noventa y ocho para que el patriotismo español de pacotilla tuviese una herida incandescente, una úlcera siempre viva, pronto se olvidaron de la humillación, de las pérdidas materiales, de la ruina de la Hacienda. Vino la Guerra Civil que ellos mismos montaron contra la democracia con el apoyo de Hitler y Mussolini, con la anuencia de Gran Bretaña y Estados Unidos. La ganaron y millones de españoles vieron la muerte, el exilio, la tortura y el robo como eventos consuetudinarios. Desde el exilio se esperaba un cambio, el que vendría con el final de la guerra mundial, con la derrota de las potencias nazi-fascistas.

Europa no podía mantener dictaduras de ese corte, como la de Franco, Europa había optado por la democracia y había borrado del mapa a las potencias del Eje. Quedaba Franco, que se habría ido con un soplo, con un pequeño empujón de los vencedores con los que trataba de hacer amistad. La oposición primera de Churchill, luego la de Truman, contraviniendo los deseos de Stalin y Roosevelt que querían una democracia en España, impidieron que Franco fuese expulsado del poder, luego la Guerra Fría de Truman y los estrategas yanquis vieron que para sus intereses era mucho mejor mantener una dictadura en España, por el tiempo que fuese necesario, a establecer un régimen democrático.

Estados Unidos nunca fue amigo de la democracia, la democracia puede crear problemas, partidos que pongan en duda los acuerdos a firmar, protestas callejeras, denuncias de abusos, reclamos de soberanía e independencia, en fin, cosas que no son del agrado de quien sólo aprecia la genuflexión y el halago. Como suele pasar con los dictadores, Franco fue extremadamente duro y cruel con sus súbditos y sometidos, un asesino contumaz y masivo, sin embargo, nunca llevó la contraria a los gobernantes de Estados Unidos, sometiéndose a todos sus deseos e intereses con tal de ver asegurada la permanencia de su régimen.

Estados Unidos traicionó, como era su costumbre desde los miles de acuerdos rotos con los indígenas de Norteamérica, a los demócratas españoles al permitir que la dictadura española se alargase veinte años más, al consolidar los intereses de los nuevos ricos criados al calor de la dictadura, al convertir a España en un patatal a su servicio, sin dignidad, sin historia, sin futuro. Empero, los fascistas españoles, los nacionalcatólicos, los derechistas del régimen vivieron con entusiasmo los pactos con la nación americana, se sintieron orgullosos de convertir a su país en su vasallo más fiel y barato, se enriquecieron con la llegada de la coca-cola, los Cadillac de segunda mano y las bases militares en las que España no tenía nada que decir.

La dictadura continuó dos décadas más y con ella los clientes que sacaron tajada y los que recibieron migajas. Desde entonces, la derecha hispana, la ultraderecha que habla del Cid y Hernán Cortés, es fervorosamente proyanqui y sumisa, incluso por encima de sus posibilidades.

Estados Unidos ha decidido, junto a su mortífero socio menor israelí, incendiar Oriente, el territorio del petróleo, el lugar donde junto al oro, la tecnología y los grandes rascacielos sobre la arena del desierto, pervive la edad media en forma de monarquías feudales. Su incendio no afecta a Arabia ni a Kuwait ni a Omán ni a Emiratos, tampoco a Irak, Libia, Siria, países ya aniquilados y desposeídos de sus riquezas donde ahora mismo ni existe el derecho ni la vida, afecta a Irán, una dictadura clerical parecida a la que Trump construye en su país.

Decidieron acabar con Irán, no para establecer una democracia, cosa que no han hecho jamás en ningún lugar del mundo, sino un régimen dócil como el de Franco que les permita robar a manos llenas, es decir, quedarse con sus materias primas más valiosas y administrar el petróleo. Quieren un ayatolá con mano dura en el interior, que mantenga acallados los gritos de libertad y justicia, pero que sea obediente al amo exterior. No les importa lo que pase con el mundo, mucho menos lo que suceda a España, país respondón que ha hecho valer su soberanía y su oposición a una guerra criminal cuyo resultado será similar al obtenido en Irak, Siria, Palestina o Líbano: miles y miles de muertos.

Los patriotas españoles, los que besan la bandera constantemente y apelan a Franco como salvador de la patria y ejemplo a seguir, no se sienten orgullosos de que España haya hecho valer su soberanía, su independencia, por el contrario, se sienten humillados y creen que se ha faltado el respeto al jefe supremo Donald Trump, que es, como antes Hitler, quien ahora lidera la construcción de un nuevo orden mundial basado en la ley del más fuerte. España, su España, la racista, la xenófoba, la aporófoba, la vengativa, la abusona, la insolidaria, la explotadora, sólo tiene una misión en el mundo después de su grandeza histórica: ser una nación servil, un pedazo de mierda al servicio de Estados Unidos y de la oligarquía. Cualquier gesto de nobleza, de gallardía, de decencia les parece traición, ultraje, irresponsabilidad, hasta hay muchos de ellos que en el fondo esperan que, dentro de su demencia sublimada, cualquier día seamos invadidos por la Sexta Flota, nuestra enseña sustituida por las barras y estrellas y nuestro idioma por el que también habló Aznar cuando puso los pies en la mesita de la Casa Blanca. Que aproveche.

NUEVA TRIBUNA  DdA, XXII/6287

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