Oscuros nigromantes que prosperan a base de fake news y contaminación mental acusan al talante prometeico de este apocalipsis. Pero no son el deseo de comprender y el pensamiento científico los que lo han provocado, sino la codicia, la avaricia y la soberbia. Es el homo œconomicus, y no el homo sapiens, el que destruye el planeta. Y es la Ciencia la que puede defender a la Naturaleza de la depredación de los adoradores de Mammón.
EVT
En el corazón de este título palpita el espíritu curioso e indomable de Prometeo, 'el que piensa antes', 'el previsor' en cuya estela el saber avisa de los desastres ecológicos o sociales que se ciernen sobre nosotros. El declive de la primavera es una catástrofe en sí misma y, a la vez, un símbolo de la crisis que afecta al pensamiento, la voluntad y la acción. Asistimos a la rápida progresión de una edad del hielo intelectual.
Los atentados contra la cultura, la reaparición descarada de la censura, las dificultades por las que atraviesa la libertad de expresión son manifestaciones de la ambición del Poder por monopolizar la realidad. El conocimiento es una herramienta esencial frente a la decadencia moral. Los ataques a la herencia de la Modernidad allanan el camino a demagogos y embaucadores. Para el autor, el espíritu de protesta contra la maldad, la fealdad y la iniquidad que acechan por doquier es inseparable del hálito vital. Solo la voz del titán filantrópico y su acción resuelta pueden salvar la primavera, que es también metáfora de la bondad, la belleza, la alegría, la libertad, la igualdad, la fraternidad: la vida, en definitiva.
El moldeado de conciencias es la gran industria de nuestros días. La mentira, la calumnia y el bulo se consideran armas políticas respetables. La manipulación mediática está asumida como una actividad legítima. Los patógenos mentales tienen vía libre ante la inmunodeficiencia ética. El Foro del diálogo ha mutado en Teatro del odio, el ágora ha sido sustituida por el anfiteatro. Cuanto huele a intelectual es tildado de sospechoso, el grito y el improperio ahogan las razones. La política degenera en electoralismo permanente. La sociedad del espectáculo pone la alfombra roja al autoritarismo más o menos disfrazado.
La socialización de la ignorancia persuade a los desheredados de que sus aspiraciones coinciden con las de la casta gozante. Al encallar la esperanza en un futuro mejor, resurgen la credulidad, la fe ciega, el irracionalismo y la intolerancia. Para conseguir sus fines, ese conglomerado ideológico necesita un público previamente adoctrinado. Se normalizan los más bajos instintos, que, como ya ha sucedido otras veces, no dudarán en llegar a la masacre y al pogromo.
La primavera y el titán reivindica la unidad del conocimiento humanístico y científico, cuya separación forzada en dos culturas autistas es un lastre para el pensamiento y la acción. Las campañas de ninguneo de la Ciencia fomentan el desprecio al saber y elogian la ignorancia supina, pero osada. Toda opinión vale y pesa lo mismo. Se pretende evitar que la mayoría tome conciencia de que las posibilidades de revertir la catástrofe pasan por un cambio en los modelos de producción y consumo. No hay negacionismos veniales, todos son mortales.
Oscuros nigromantes que prosperan a base de fake news y contaminación mental acusan al talante prometeico de este apocalipsis. Pero no son el deseo de comprender y el pensamiento científico los que lo han provocado, sino la codicia, la avaricia y la soberbia. Es el homo œconomicus, y no el homo sapiens, el que destruye el planeta. Y es la Ciencia la que puede defender a la Naturaleza de la depredación de los adoradores de Mammón.
Prometeo encarna el combate del espíritu contra la injusticia y el deseo de trascender los límites. Por eso será siempre fuente de inspiración para lo mejor del género humano. Mientras permanece encadenado, triunfan la sombra, el odio y la opresión. Cuando se desencadena, como en la obra de Shelley, se inaugura una edad de oro donde brillan la justicia, el amor y la belleza. El hombre se libera de la tiranía, incluso de la que ejerce contra sí mismo, y la vida resplandece.
DdA, XXII/6291

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