Juan José Millás
Informan por la radio de las subidas de precios que producen aquí los bombardeos de allí. Si cambiamos “bombardeos” por “muertos”, surge un problema de conciencia: ¿deberían dolerme más los cadáveres de allí que la inflación de aquí? Como procuro ser decente, pienso que debería sufrir más por los difuntos de mi especie, aunque lejanos, que por la gasolina de mi coche, aparcado ahí mismo. Pero me duele más el precio de la gasolina. Practico entonces un ejercicio de gimnasia ética destinado a recolocar las emociones en su sitio. Intento que la compasión viaje miles de kilómetros y se instale donde se producen las masacres, pero la emoción es geográficamente perezosa: se aferra al recibo de la luz próximo, a la factura del gas pendiente.
Apuro el primer café del día en la cocina de mi casa, donde todo funciona. Funciona el microondas, funciona el horno, funciona la cocina de inducción y el frigorífico, funcionan el exprimidor y la batidora y funcionan las luces halógenas con una obediencia servil. La civilización ya solo consiste en eso: en un conjunto de aparatos que responden cuando se les pulsa un botón. Hay lugares del mundo en los que se pulsa otro botón y un misil destruye un hospital, quizá una guardería.

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