martes, 3 de marzo de 2026

BIRLADOS LOS PAPELES DEL 23-F, FALTAN LOS QUE DESCLASIFIQUEN LA FORTUNA DEL EMÉRITO

 En este artículo, que podría ser una interpretación de lo que escribiría nuestro recordado colega Gregorio Morán y que el autor ha publicado en la revista  Nortes, se nos dice que una vez birlados los papeles del 23-F, queremos los de la fortuna oculta del Emérito. Opaca, dicen los medios afines. Ni siquiera sabemos cual es y de donde salió, aunque lo sospechamos o lo conocemos si damos credibilidad a algunas investigaciones y trabajos periodísticos. Se habla de al menos 2000 millones de eurosQue sus súbditos no conozcamos la pasta que acumuló el Jefe de Estado en cuatro décadas dice poco, y nada bueno, de esta democracia que al parecer le debemos, señala Cándano. Está claro que nos debe más Juan Carlos I a nosotros, aunque ya sabemos que Hacienda no somos todos, al menos falta el exrey. Que desclasifiquen los papeles de los dineros de Juan Carlos I antes de que lleguen los espías con el mechero o la trituradora.


Xuan Cándano

Gregorio Morán se murió el pasado lunes, 23-F. A él, de risa fácil y atento a las causalidades, le hubiera hecho mucha gracia. La Historia tiene estas bromas. Se va en la jornada del aniversario del golpe de Estado de 1981 el primero en desmontar el relato canónico y oficial de aquella asonada, que convirtió a Juan Carlos I en el salvador de la democracia española. Otra broma. Dos días después, el 25 de febrero, mientras despedíamos al periodista y escritor asturiano en Barcelona sus familiares y los componentes del Club de Amigos de Gregorio Morán– que tanto juego literario le dio a uno de ellos, Javier Pérez Andújar, en su inclasificable libro “El año del Búfalo”– se desclasificaban los papeles de la intentona que encabezó Antonio Tejero. 

Los del Club de Amigos de Gregorio Morán– los cercanos, una legión de lectores y ningún político- ya estamos echando en falta su pluma, aunque intuimos como interpretaría esta última jugada desde los oscuros sótanos del poder: como una enorme tomadura de pelo. Lo que se nos ha permitido conocer a los ciudadanos no son los papeles del 23-F, sino un nuevo episodio de la trampa de los espías, que hicieron desaparecer los relevantes, que probablemente nunca conoceremos. ¿Dónde están las transcripciones de las horas de conversaciones de Juan Carlos I con todos los capitanes generales durante aquella jornada? El Emérito dice en su libro que la mitad estaba a favor del golpe. ¿Contaban con él para la intentona? ¿Qué entuertos desficieron aquellas conversaciones? ¿Y las de Armada con Tejero en el Congreso? ¿Qué fue de los papeles del capitán de la Guardia Civil Gil Sánchez-Valiente, que huyó al extranjero el 24 de febrero del 81 con documentación sacada del Congreso? ¿Y la trama civil? ¿O era solo Juan García Carrés?

Los espías fueron chapuceros antes del golpe y no se enteraron de nada. O estaba el Cesid pringado hasta la cúpula, y no solo los seis pardillos que aparecen en los papeles desclasificados, de los que dos fueron juzgados y solo uno condenado. O ambas cosas. Pero ahora los espías hicieron bien su trabajo, probablemente desde aquel 24 de febrero: los papeles importantes a la trituradora o al fuego. Airearon los de la mujer de Tejero para entretener al personal con el drama costumbrista del guardia civil tonto y desgraciao engañado por los suyos. Eso sí que es un papelón desclasificado.

Sacados del armario los papeles que no pasaron por la trituradora o el fuego, los juancarlistas, que estaban también desaparecidos tras desvelarse los amoríos y los trapicheos de Juan Carlos I, se apresuraron a salvar la honra política del Emérito. Paró el golpe, exclaman en sus tribunas mediáticas políticos de la derecha y periodistas relatores de la Santa Transición pilotada por el sucesor de Franco. Paró el golpe que alentó, deberían añadir para completar el titular.

Juan Carlos I no organizó el golpe, pero dio alas a los militares irritados por la situación política y partidarios de un golpe de timón en una España en la que la democracia había limitado su poder absoluto. El Rey se iba de la lengua con todo el mundo, era campechano. “Un charrán”, decimos en Asturias. Y también “un combayón” que halagaba siempre los oídos del interlocutor. Esto ya lo sabíamos, está bien documentado, de Gregorio Morán a Javier Cercas. Juan Carlos I “borboneaba” con los militares, describía Morán. Empezando por el general Armada, amigo, preceptor y confidente, con quien tuvo conversaciones previas al golpe que tampoco aparecen en los papeles desclasificados.

El Rey “borboneó” con los golpistas con suma frivolidad y luego frenó la operación del 23-F, bien asesorado por Sabino Fernández Campo, el sucesor de Armada en la Casa Real, y aleccionado por la suerte que corrió su cuñado Constantino II, que perdió el trono en Grecia por apoyar el golpe de los coroneles en 1967.

Los juancarlistas, el corazón del sistema constitucional de la democracia española, abordan ahora una segunda restauración monárquica: la de la figura política de Juan Carlos I como capitán de la “modélica” Transición. “Será un picha brava y un chorizo, pero nos trajo la democracia”, nos vienen a decir agitando los papeles desclasificados en la mano. La operación salvar al Emérito y la honra de la Santa Transición culminaría con su regreso a España. Pero ahí hay un problema, Hacienda no puede volver a mirar hacia otro lado con el nuevo contribuyente. 

Ya que nos birlaron los papeles del 23-F, queremos los de la fortuna oculta del Emérito. Opaca, dicen los medios afines. Ni siquiera sabemos cual es y de donde salió, aunque lo sospechamos o lo conocemos si damos credibilidad a algunas investigaciones y trabajos periodísticos. Se habla de al menos 2000 millones de euros.

Que sus súbditos no conozcamos la pasta que acumuló el Jefe de Estado en cuatro décadas dice poco, y nada bueno, de esta democracia que al parecer le debemos. Está claro que nos debe más Juan Carlos I a nosotros, aunque ya sabemos que Hacienda no somos todos, al menos falta el exrey. Que desclasifiquen los papeles de los dineros de Juan Carlos I antes de que lleguen los espías con el mechero o la trituradora.

NORTES  DdA, XXII/6277

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