Ricardo Miñana
El tiempo que invertimos en perseguir aquello que amamos tiene un valor que no siempre es visible a los ojos de los demás. Aunque a veces parezca que avanzamos lentamente, o incluso que estamos estancados, cada instante dedicado a nuestra pasión es una semilla plantada en el terreno de nuestra propia realización. No se trata de aplausos ni de reconocimiento; muchas veces, el camino se recorre en silencio, con constancia y entrega, simplemente por el placer profundo de hacer lo que nos mueve. Esa dedicación, aunque invisible para el mundo, nos transforma, nos nutre y nos da una satisfacción que ninguna recompensa externa puede igualar. En definitiva, perseguir lo que amamos no es una pérdida de tiempo: es un acto de amor hacia nosotros mismos, una afirmación de que nuestra alegría y nuestro propósito valen cada esfuerzo silencioso.
DdA, XXII/6263

No hay comentarios:
Publicar un comentario