sábado, 28 de febrero de 2026

LA CULTURA PUAF AMENAZA LA SUPERVIVENCIA DE NUESTRA ESPECIE

El mundo está cambiando, los dueños del dinero y de los instrumentos de comunicación y poder, han decidido con quien están y qué defienden. Las víctimas de la desigualdad, guiadas por la estrella errante de su red social favorita y por la IA, tienen claro, por primera vez en la historia, que su causa es la misma que la de los que la han auspiciado y la hacen cada año más onerosa e insoportable. La cultura Puaf, pese a la repugnancia que provoca, es la bandera que brilla en el horizonte. Hoy más que nunca tenemos que volver a la pedagogía, a involucrarnos en política para, como decía Don Antonio, evitar que otros la hagan por nosotros y contra nosotros. No es sólo cuestión de supervivencia de un modelo de vida, lo es de la especie. En el diccionario abierto del español, puaf es una interjección que denota asco, desagrado. 


Pedro Luis Angosto

Desde hace unas décadas los sectores más reaccionarios y fascistas de Estados Unidos idearon una palabra para identificar en ella todos los males que perjudican sus intereses y, por tanto, contravienen los del planeta, es decir los de toda la humanidad, dado que ellos, la minoría de nuevos millonarios tecnológicos, son el único motivo por el que merece la pena vivir, incluso morir. De entre los mayores difusores y defensores del movimiento antiwoke destacan Mark Zuckerberg, dueño de Meta, y Elon Musk, dueño de todo aquello que le ha cedido la NASA y la Administración yanqui sin la menor contrapartida. A través de sus redes sociales, ambos ricachones miserables se han involucrado de lleno en la batalla contra los valores democráticos, contra la justicia social y a favor del supremacismo masculino y blanco, especialmente el del país que preside su amigo Donald.

La difusión del nuevo pensamiento fascista, que en resumidas cuentas pretende lo mismo que el viejo, no se podía hacer mediante argumentos complejos que hicieran pensar demasiado a la futura clientela, había que simplificar como ya supo hacer Goebbels, mensajes cortos, contundentes y repetidos hasta la saciedad, hasta llegar a las mentes más cortas y arruinadas, hasta envolverlas y crear una tela de araña de la cual no se podría salir salvo por hechos devastadores. Los maestros de Trump y las redes sociales amigas decidieron que clasificar todo lo que ellos odiaban dentro de la palabra woke, de manera que no hubiese que estar enumerando una a una las cuestiones que les causaban repulsión y urticaria contumaz. Decir que algo es woke es tanto como calificarlo de comunista, radical, igualitarista o antiamericano, de tal manera que construir un sistema de seguridad social en Estados Unidos -del que sigue careciendo en 2026 pese a ser el país más rico del mundo-, crear hogares para los viejos sin casa o para los jóvenes que la buscan, una red de transporte público decente o un impuesto de la renta en el que paguen más quienes más tienen no sólo es pecado mortal, sino que además merece el anatema y el castigo más severo para que el ejemplo no crezca entre las generaciones tiernas, que han de ser el sustento de la nueva y fuerte nación americana fetén, sin contaminaciones, sin condicionantes que aminoren de alguna manera la capacidad de acumular riquezas de aquellos que carecen de escrúpulos y de alma pare pensar que dicha acumulación supone el hambre y la necesidad de millones de personas, cosa que evidentemente les importa un bledo.

Si no podemos crear un sistema de seguridad fuerte y eficaz, si no se puede ayudar a quienes la vida no les ha sonreído y les ha dado duro, si a los viejos hay que dejarlos pudrirse en un secadero, si no se puede buscar la igualdad entre hombres y mujeres, si no se pueden construir viviendas dignas para todo el que las necesite, si no se debe pagar lo justo a los trabajadores, si no es legítimo buscar la justicia social porque todo eso son debilidades enfermizas de los defensores de la cultura woke, entonces sólo nos queda la cultura Puaf, que es la que defienden Trump, Zuckerberg, Musk, el presidente de la OTAN, Putin, Netanyahu, Meloni y la derecha española, siempre interesada en dejar muy claro para quien trabaja, a quien defiende y cual es su lugar en el mundo.

La cultura Puaf es la defendida por los peores habitantes del planeta, por aquellos que niegan el cambio climático y proponen el regreso sin complejos a las energías fósiles, a contaminar con total libertad, con empeño y deleite, aunque reviente el mundo, mueran todas las especies y el ser humano quede reducido a ejemplares sueltos refugiados en ciudades subterráneas. Es igual que los ríos dejen de tener vida, incluso que carezcan de agua, da lo mismo que los árboles desaparezcan, enfermen o queden como reliquias en los jardines botánicos, es indiferente que sólo las ratas, las moscas y los humanos seamos los únicos seres vivos de la Tierra, no importa nada porque aquí se trata de aplicar los principios del neodarwinismo a las personas, es decir sólo subsistirán, en un mundo superpoblado, los más cabrones, los más miserables, los más hideputas, quedando extinguidos para siempre aquellos que muestren empatía hacia los que sufren o padecen necesidad. Amar, preocuparse y ocuparse de los demás, no ambicionar riquezas, desear que todos los seres humanos tenga lo necesario para llevar una vida digna, proteger los mares y reservar espacios protegidos a las especies en peligro de extinción, sustituir progresivamente y de modo urgente las energías fósiles por otras no contaminantes, odiar la guerra con toda el alma, son síntomas de debilidad, de personas que no tienen el suficiente carácter para apretar el gatillo cuando hay que hacerlo sin ponerte a considerar sus cualidades personales físicas y metafísicas. Es la debilidad de lo woke lo que ha provocado la diversidad sexual que amenaza la subsistencia de la especie al abrir un abanico aberrante de opciones sexuales y personales que están llegando ya a la identidad de muchas personas con otras especies del mundo animal. Lo woke debilita a la especie, la hace vulnerable y cada vez menos resistente a los cambios y a la libertad.

Es por tanto la cultura Puaf, la que debe imponerse para fortalecer a los que quedan, para librarnos de gastos superfluos como atender en hospitales a gentes que deberían morir sin causar gastos inútiles e injustificados. Tampoco es necesario que todos los niños vayan a las escuelas, puesto que desde los tres o cuatro años ya se sabe si serán de provecho o carne de cañón. Otro gasto inútil que eliminar. La guerra, por supuesto, es un instrumento purificador, deja bien claro quién es el macho alfa dentro de la comunidad internacional, quien marca las reglas del juego y qué tienen que hacer quienes quieran seguir existiendo. Nada de bilateralidad y mucho menos de multilateralidad, el fuerte no tiene por qué negociar con el débil, con el pequeño, con el insignificante o con el inferior. Debe imponer su ley y el que quiera seguir existiendo, aceptarla sin rechistar. 

El mundo está cambiando, los dueños del dinero y de los instrumentos de comunicación y poder, han decidido con quien están y qué defienden. Las víctimas de la desigualdad, guiadas por la estrella errante de su red social favorita y por la IA, tienen claro, por primera vez en la historia, que su causa es la misma que la de los que la han auspiciado y la hacen cada año más onerosa e insoportable. La cultura Puaf, pese a la repugnancia que provoca, es la bandera que brilla en el horizonte. Hoy más que nunca tenemos que volver a la pedagogía, a involucrarnos en política para, como decía Don Antonio, evitar que otros la hagan por nosotros y contra nosotros. No es sólo cuestión de supervivencia de un modelo de vida, lo es de la especie.

NUEVA TRIBUNA DdA, XXII/6276


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