A propósito del monumento a los llamados "héroes del Simancas, que homenajea en Gijón 90 años después y en contra de la Ley de Memoria Democrática a los militares que se sublevaron en el verano de 1936, el firmante escribe: "en una democracia los espacios públicos tienen que ajustarse a los principios y valores que queremos defender, y no existe ninguna obligación de mantener en ellos lo que otros regímenes políticos decidieron en su momento que querían visibilizar, menos aún si los principios y valores de esos regímenes no son compatibles con los de la España democrática que queremos construir". El centenar de personas que se manifestó ayer en Gijón a favor de la permanencia del monumento evidenciaron con su simbología que sus valores no son compatibles con esa España. El espacio público debe dedicarse a lo que honramos.
José Antonio Garmón Fidalgo
La mayor parte de las personas desconocemos qué méritos tiene la persona que da nombre a una calle o la estatua que nos cruzamos en una plaza. Aún más raramente nos preguntamos quién decidió que esa persona merecía estar ahí. Y la respuesta casi siempre es la misma: lo decidieron los que ganaron. Los vencedores de cualquier conflicto (y de cualquier signo político) tienen el poder, y suelen ejercerlo, de construir el relato. Así ponen y quitan nombres a las calles, levantan arcos de triunfo, encargan esculturas... Y con el tiempo esos monumentos se vuelven paisaje. Llega un momento en que dejan de ser una decisión política y se convierten en algo que "siempre estuvo ahí" y lo normalizamos casi sin darnos cuenta.
Durante muchos años muchas ciudades y calles españolas honraron a destacadas figuras del franquismo. La mayoría de españoles que nacimos en el siglo XX hemos aprendido geografía urbana con esos nombres y muchos ni siquiera los cuestionábamos. Simplemente eran el nombre de la calle donde vivía la abuela o la estatua en frente de la panadería. Porque eso es exactamente lo que hace el tiempo con los monumentos del poder: los vuelve neutros intentando convertirlos en patrimonio de todos antes de que podamos decidir si realmente queremos heredarlos, sin saber muchas veces ni siquiera qué significan. Porque, ¿realmente queremos heredarlos? Y si no es así, ¿qué hacemos con ellos?
Habrás escuchado que esos monumentos no hay que tocarlos, que son parte de nuestra historia aunque sean un recuerdo incómodo. O habrás escuchado que lo que hay que hacer es destruirlos, que no merecen existir. O habrás escuchado que hay que resignificarlos, con una placa que cuente toda la historia, no solo la del bando a la que representan. O quizás habrás escuchado que hay que retirarlos y llevarlos a museos donde se les puede dar contexto.
Mirad, un monumento en un museo con carteles explicativos no es lo mismo que una escultura en nuestras calles. El espacio público lanza mensajes colectivos diciendo qué es lo que honramos, no solo lo que sucedió. Por eso en una democracia los espacios públicos tienen que ajustarse a los principios y valores que queremos defender, y no existe ninguna obligación de mantener en ellos lo que otros regímenes políticos decidieron en su momento que querían visibilizar, menos aún si los principios y valores de esos regímenes no son compatibles con los de la España democrática que queremos construir.
DdA, XXII/6270
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