El debate no es un bien absoluto, como no lo es la libertad ni la tolerancia -al menos si no definimos los términos previamente. Dar la palabra a un negacionista de la crisis climática o el Holocausto en pie de igualdad con científicos o historiadores no nos hace mejores como sociedad ni expande nuestro conocimiento ni refuerza la democracia. Tampoco lo hace dar libertad a Elon Musk para que la utilice para convertir X en un pozo de mentiras y odio. Más bien lo contrario. La discusión, en el caso de las jornadas de Sevilla sobre la Guerra Civil -escribe el articulista-el debate debería haber sido sobre el marco de las jornadas, sobre lo que realmente pretendían producir y sobre si era posible una discusión franca en las condiciones propuestas. Sobre si era realmente un debate. O una pelea de bar. O la consagración de un discurso. O la exaltación de algún ego.
Alfredo González-Ruibal
Nada más sano que debatir. El debate
está en la raíz de la democracia y del conocimiento crítico. Se debate en los
parlamentos y las universidades. No debaten las dictaduras ni los
fundamentalistas. Confrontar opiniones nos hace entender al otro, matizar
posturas y descubrir nuevos conceptos e ideas. ¿Quién puede estar en contra de
debatir? Oponerse es de sectarios. Es fácil. De hecho, es demasiado
fácil.
La derecha ha secuestrado la
idea de debate como lo ha hecho con otros conceptos positivos -la
tolerancia o la libertad. Y al apropiarse de ellos coloca a
cualquiera que se resista en una posición perdedora de antemano. Si no te
gusta la libertad de Ayuso, estás en contra de la libertad; si
no aceptas el debate que te propone Pérez-Reverte, estás en contra
del intercambio de ideas.
En el caso de los debates, la
apropiación hace que la derecha los gane incluso sin que tengan lugar. Si
se hubieran celebrado las famosas jornadas de Sevilla sobre la Guerra
Civil, hubiera ganado la visión conservadora, por la propia forma en que se
habían diseñado; si no se celebran, como ha sido el caso, la victoria
es aún mayor: la derecha presenta a la izquierda como la eterna
totalitaria. La virtud y la razón, por tanto, siempre están con
ellos.
Las jornadas no eran en realidad
tan distintas de los debates que propone la ultraderecha pop a sus
rivales. Recuerda a lo que ha hecho estos
días Soto Ivars con Laura
Freixas o el youtuber RickyEdit con Irene
Montero. El "no" siempre es signo de cobardía, de
sectarismo o de no tener razón.
Hay muchos más casos. La
frase "te propongo públicamente un debate" se ha convertido
en un lugar común entre influencers con más tiempo libre que
neuronas. Proponen un debate como quien reta a un combate de boxeo. Y
en realidad es de lo que se trata. No buscan un intercambio
de ideas, sino una pelea a la puerta del bar, jaleados por sus
incondicionales.
En el caso de las famosas
jornadas de Pérez-Reverte, toda la discusión quedó reducida a
una falsa dicotomía: debate sí, debate no. Pero aceptar el juego en esos
términos es perderlo de antemano. Debate sí, claro. Igual que libertad sí y
tolerancia también. Cantidad de opinadores liberales se marcaron
unos puntos fáciles de superioridad moral al defender el
diálogo público como bien absoluto.
Pero el debate no es un bien
absoluto, como no lo es la libertad ni la tolerancia -al menos si no
definimos los términos previamente. Dar la palabra a un negacionista de la
crisis climática o el Holocausto en pie de igualdad con científicos o
historiadores no nos hace mejores como sociedad ni expande nuestro
conocimiento ni refuerza la democracia. Tampoco lo hace dar
libertad a Elon Musk para que la utilice para convertir X en un
pozo de mentiras y odio. Más bien lo contrario.
La realidad es que hay
situaciones que no se pueden abordar de forma dicotómica, sino que
requieren ampliar las cuestiones: ¿cuáles son los límites necesarios que
debemos imponer a la libertad para que la libertad siga existiendo? ¿En qué
condiciones un debate es legítimo? Es más ¿cuándo es un debate
realmente un debate y no otra cosa? No tienen una respuesta
sencilla. Y es fácil equivocarse -a mí me ha pasado.
En el caso de las jornadas sevillanas, la discusión no se debería haber centrado tanto en si había que participar o no en el encuentro, sobre si está bien debatir o no debatir con posturas que nos parecen intolerables. Tampoco, creo, sobre las personas que participaban. La discusión debería haber sido, aquí como en cualquier debate similar, sobre el marco de las jornadas, sobre lo que realmente pretendían producir y sobre si era posible una discusión franca en las condiciones propuestas. Sobre si era realmente un debate. O una pelea de bar. O la consagración de un discurso. O la exaltación de algún ego.
Una vez que estalló la polémica, la
derecha ganó la partida, porque la izquierda decidió dejarse arrastrar por el
marco que le impusieron. O bien desempeñaron el papel de
intolerantes que se esperaba de ellos, para regocijo de los organizadores
y sus hinchas, o bien se alinearon con la organización, defendiendo
la legitimidad de debatir -en abstracto.
Para la próxima, intentemos ponérselo un poco más difícil. Hagamos preguntas.
PÚBLICO DdA, XXII/6254

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