viernes, 6 de febrero de 2026

¿ERAN UN DEBATE LAS JORNADAS SEVILLANAS O UNA PELEA DE BAR?

El debate no es un bien absoluto, como no lo es la libertad ni la tolerancia -al menos si no definimos los términos previamente. Dar la palabra a un negacionista de la crisis climática o el Holocausto en pie de igualdad con científicos o historiadores no nos hace mejores como sociedad ni expande nuestro conocimiento ni refuerza la democracia. Tampoco lo hace dar libertad a Elon Musk para que la utilice para convertir X en un pozo de mentiras y odio. Más bien lo contrario. La discusión, en el caso de las jornadas de Sevilla sobre la Guerra Civil -escribe el articulista-el debate debería haber sido sobre el marco de las jornadas, sobre lo que realmente pretendían producir y sobre si era posible una discusión franca en las condiciones propuestas. Sobre si era realmente un debate. O una pelea de bar. O la consagración de un discurso. O la exaltación de algún ego.


Alfredo González-Ruibal

Nada más sano que debatir. El debate está en la raíz de la democracia y del conocimiento crítico. Se debate en los parlamentos y las universidades. No debaten las dictaduras ni los fundamentalistas. Confrontar opiniones nos hace entender al otro, matizar posturas y descubrir nuevos conceptos e ideas. ¿Quién puede estar en contra de debatir? Oponerse es de sectarios. Es fácil. De hecho, es demasiado fácil. 

La derecha ha secuestrado la idea de debate como lo ha hecho con otros conceptos positivos -la tolerancia o la libertad. Y al apropiarse de ellos coloca a cualquiera que se resista en una posición perdedora de antemano. Si no te gusta la libertad de Ayuso, estás en contra de la libertad; si no aceptas el debate que te propone Pérez-Reverte, estás en contra del intercambio de ideas.  

En el caso de los debates, la apropiación hace que la derecha los gane incluso sin que tengan lugar. Si se hubieran celebrado las famosas jornadas de Sevilla sobre la Guerra Civil, hubiera ganado la visión conservadora, por la propia forma en que se habían diseñado; si no se celebran, como ha sido el caso, la victoria es aún mayor: la derecha presenta a la izquierda como la eterna totalitaria. La virtud y la razón, por tanto, siempre están con ellos. 

Las jornadas no eran en realidad tan distintas de los debates que propone la ultraderecha pop a sus rivales. Recuerda a lo que ha hecho estos días Soto Ivars con Laura Freixas o el youtuber RickyEdit con Irene Montero. El "no" siempre es signo de cobardía, de sectarismo o de no tener razón.  

Hay muchos más casos. La frase "te propongo públicamente un debate" se ha convertido en un lugar común entre influencers con más tiempo libre que neuronas. Proponen un debate como quien reta a un combate de boxeo. Y en realidad es de lo que se trata. No buscan un intercambio de ideas, sino una pelea a la puerta del bar, jaleados por sus incondicionales.  

En el caso de las famosas jornadas de Pérez-Reverte, toda la discusión quedó reducida a una falsa dicotomía: debate sí, debate no. Pero aceptar el juego en esos términos es perderlo de antemano. Debate sí, claro. Igual que libertad sí y tolerancia también. Cantidad de opinadores liberales se marcaron unos  puntos fáciles de superioridad moral al defender el diálogo público como bien absoluto.  

Pero el debate no es un bien absoluto, como no lo es la libertad ni la tolerancia -al menos si no definimos los términos previamente. Dar la palabra a un negacionista de la crisis climática o el Holocausto en pie de igualdad con científicos o historiadores no nos hace mejores como sociedad ni expande nuestro conocimiento ni refuerza la democracia. Tampoco lo hace dar libertad a Elon Musk para que la utilice para convertir X en un pozo de mentiras y odio. Más bien lo contrario. 

La realidad es que hay situaciones que no se pueden abordar de forma dicotómica, sino que requieren ampliar las cuestiones: ¿cuáles son los límites necesarios que debemos imponer a la libertad para que la libertad siga existiendo? ¿En qué condiciones un debate es legítimo? Es más ¿cuándo es un debate realmente un debate y no otra cosa? No tienen una respuesta sencilla. Y es fácil equivocarse -a mí me ha pasado. 

En el caso de las jornadas sevillanas, la discusión no se debería haber centrado tanto en si había que participar o no en el encuentro, sobre si está bien debatir o no debatir con posturas que nos parecen intolerables. Tampoco, creo, sobre las personas que participaban. La discusión debería haber sido, aquí como en cualquier debate similar, sobre el marco de las jornadas, sobre lo que realmente pretendían producir y sobre si era posible una discusión franca en las condiciones propuestas. Sobre si era realmente un debate. O una pelea de bar. O la consagración de un discurso. O la exaltación de algún ego. 

Una vez que estalló la polémica, la derecha ganó la partida, porque la izquierda decidió dejarse arrastrar por el marco que le impusieron. O bien desempeñaron el papel de intolerantes que se esperaba de ellos, para regocijo de los organizadores y sus hinchas, o bien se alinearon con la organización, defendiendo la legitimidad de debatir -en abstracto.  

Para la próxima, intentemos ponérselo un poco más difícil. Hagamos preguntas.

PÚBLICO  DdA, XXII/6254 

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