En este artículo que firma hoy en Público, Merino piensa que l votante de izquierdas está harto de ver movimientos succionados por egocéntricos –y egocéntricas– que hacen demasiado caso al gurú, al tuitero estrella, al asesor de comunicación, y muy poco a sus bases. Hay que construir por debajo antes de poner la guirnalda; hay que generar ilusión y pertenencia en la gente, no empujarla hacia otro nuevo gatillazo electoralista. Porque si lo que queréis son estrellas, yo creo que rentaría más ofrecerle la cabeza de una lista unitaria a la cantante Aitana. Acabo de ver que su canción Superestrella es la número uno de España en Spotify: para algunos pobres diablos, sería suficiente para que ganara unas elecciones.
Israel Merino
La izquierda a la izquierda del PSOE no se crea ni destruye,
se transforma; es adaptativa, modélica, conversa, avispada, ladina; siente el
pulso de las redes –igual esto sí es un problema– y se distribuye por el ancho
de España –del Estado, perdón– para abrazar con su magmita denso cada nueva
oportunidad y calle por pisar. La izquierda a la izquierda del PSOE se adapta a
los momentos y se inventa, reinventa, requeteinventa cada largos eones de un
par de años para salir a ganar, ahora sí que sí es la buena, y conseguir quizá
no doblar el bracito de los malos, pero sí mil, dos mil, tres mil retuits más,
que también mola mucho la batalla en Tuiter y encima genera zascas de los que
verdaderamente come el hombre. Y no tiene rencor en sus tripas: todo el mundo
se quiere, se habla, se recuerda con cariño; se hacen entre ellos de padrinos
en los bautizos –bienvenidas laicas al mundo, perdón– porque la cortesía y el
amor son más fuertes que las viejas rencillas del partido, ¿verdad?
La última que mis amigos de la izquierda a la izquier… etc
han propuesto es unir a Gabrial Rufián, tuitero boomercillo profesional y
diputado electo en sus ratos libres, con Emilio Delgado, bonachón afincado en
Móstoles con concejalía hasta hace cuatro ratos en el municipio y una buena
posición en la Asamblea de Madrid, para, bajo el amparo de una comentarista
llamada Sarah Santaolalla –fijo que ni os suena–, hacer un acto en Madriz que
sirva como catalizador, como germen, como simiente humana –qué asco– de una
unión oficial y oficiosa de los partidos de izquierdas en busca de frenar al
dúo dinámico de Génova/Bambú.
No me parece mal que las izquierdas se unan porque
equivaldría a que me pareciera mal que una teta diera leche –por ejemplo–, sin
embargo, no termino de entender que se amasen estrellatos antes de configurar
proyectos; es poner el rodapié antes que el suelo, es enguirnaldar la obra
antes de hacer el encofrado. No tiene sentido. La época de las estrellas
políticas ha muerto, aunque algunos hípsters histéricos crean que ya no hacen
falta buenas bases porque desde las teles se puede ganar unas elecciones –su disonancia
cognitiva me fascina, viven en un mundo donde las gafas de pasta con colorines
siguen de moda–. Hace dos días, para que veáis que llevo razón, las izquierdas
se reventaron en Aragón, y el PSOE, con toda una ministra como candidata, fue
casi alcanzado por Vox y el zote desconocido que llevaba en cabeza. ¿Sabéis
cómo se explica? Fácil: de Pilar Alegría solo conocíamos su nombre y su cara,
sin embargo, del proyecto tenebroso de la ultraderecha todo Dios se sabe de
memoria hasta las comas. Haced la prueba si no me creéis: preguntadle a
cualquier votante progresista por la hoja de ruta ideológica de Vox y os lo
sabrá dibujar más bien que mal; haced luego lo mismo con la de cualquier
candidatura estrella de la izquierda y veréis cómo solo sabe deciros el nombre
del cabeza de lista. Quien no lo quiera ver está ciego.
No tengo nada en contra del proyecto de Rufián y Emilio
Delgado –de hecho, debo decir que Delgado me cae francamente bien, además de
por mostoleño, por sacar unas garras discursivas que consiguen arañarme–, sin
embargo, la época de las estrellas, de los tótems, de los hombres que llenan
viejas plazas de toros ha desaparecido, se ha esfumado sin que ningún proyecto
político supiera capitalizarla; el votante de izquierdas está harto de ver
movimientos succionados por egocéntricos –y egocéntricas– que hacen demasiado
caso al gurú, al tuitero estrella, al asesor de comunicación, y muy poco a sus
bases. Hay que construir por debajo antes de poner la guirnalda; hay que
generar ilusión y pertenencia en la gente, no empujarla hacia otro nuevo
gatillazo electoralista. Porque si lo que queréis son estrellas, yo creo que
rentaría más ofrecerle la cabeza de una lista unitaria a la cantante Aitana.
Acabo de ver que su canción Superestrella es la número uno de España
en Spotify: para algunos pobres diablos, sería suficiente para que ganara unas
elecciones.
PÚBLICO DdA, XXII/6258
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