miércoles, 21 de enero de 2026

SÓLO SE REABREN LAS HERIDAS QUE NO HAN SANADO O NO HAN SIDO BIEN TRATADAS

No son 140.000 desaparecidos los que durante la guerra civil y la dictadura pretendieron enterrar en el olvido los vencedores de aquel nefasto y trágico conflicto cuyas consecuencias aún soportamos. A esa personas las mataron y luego pretendieron hacerlas desaparecer bajo tierra y sin identidad, como alimañas, para ganar la impunidad sus asesinos. Y lo cierto es que lo lograron mediante la dictadura que impusieron durante cuarentas años, a la que siguió el silencio de una democracia que a lo largo de varias décadas mantuvo la desaparición impuesta por los verdugos en fosas y cunetas. Antonio Monterrubio escribe en este artículo que vivimos los últimos años en que todavía es posible conocer lugares y circunstancias. Lo que no sea localizado ahora -dice- se perderá para siempre en las tinieblas del olvido. Cuando se tardan tres cuartos de siglo en empezar a devolver la dignidad a las víctimas, no puede esperarse recuperar los restos más que de una pequeña parte. Otra tragedia nuestra, más dolorosa, porque muchos de los huesos que aparezcan no van a importarle a nadie, aunque deberían. Pero al arquetipo del español posmoderno, le van a resultar tan lejanos e indiferentes como los hallados en Atapuerca. Sólo se reabren las heridas que nunca han sanado o nunca han sido tratadas adecuadamente.


Antonio Monterrubio

El número de desaparecidos por el franquismo durante la guerra civil y la dictadura se aproxima a los 140.000. Diversos organismos e investigaciones serias coinciden en unas cifras aún más nutridas de lo que se sospechaba. Nos movemos aquí en el campo de minas del eufemismo. No se trata de seres humanos evaporados por arte de magia, sino de asesinados a sangre fría, fusilados o liquidados sumariamente. Llamarlos desaparecidos les resta importancia y en último término los ofende, pero sirve para que poderes públicos y espectadores lo asimilen más fácilmente y, por ende, lo olviden. Es un modo de atentar contra la verdad, tapando la cruda y dura realidad bajo el manto de piedra de palabras balsámicas. Nuestra época posmoderna es experta en tales menesteres.

Al dolor de los que perdieron la vida, a veces recién estrenada la juventud, por sostener ideas distintas a las de quienes tenían los fusiles, se une el de unos familiares sentenciados al luto secreto. Su condena fue permanente y continúa sin ser revisada. Parejas, padres, hermanos, hijos y hasta nietos murieron sin saber dónde habían ido a parar sus seres queridos. Un telón de hierro cayó sobre hechos, causas y autores. Los que hoy llaman libertad a poder emborracharse a las tres de la mañana durante una pandemia mientras las UCI ponen el cartel de «completo» deberían haber vivido aquellos años de plomo y silencio.

Algunos de los descendientes de las víctimas del odio sectario batallan aún por encontrar sus restos y darles sepultura digna. Antígona vive, la lucha sigue. Muchos otros han olvidado o simplemente no tienen interés en que nada los saque de su zona de confort. No faltan quienes consideran que su macabro final lo tuvieron bien merecido por rojos irredentos. Pues de todo hay en la viña del Señor. Tenemos incluso fanáticos militantes de partidos muy de derechas con un abuelo o bisabuelo exterminado por los nacionales.

Los familiares tuvieron que enmudecer durante décadas, mantener en lo más profundo su pena y su recuerdo. Aún hoy, nietos o bisnietos de represaliados narran cómo, en su casa, jamás se aludía a lo ocurrido. Algunos tuvieron conocimiento de su historia siendo ya adultos. Pero los que callaban no lo hacían gratis. El silencio no es neutro; requiere tragar saliva un año tras otro, lustro tras lustro. Un inmenso dolor corroe el alma de los supervivientes, pues se carga con el olvido progresivo que desdibuja a los ausentes, con el sentimiento de culpa por traicionar su memoria. Este persiguió hasta el final de su vida a quienes tenían prohibida no solo la palabra, sino la evocación y más aún el homenaje a los que amaban. Su existencia sí que fue un valle de lágrimas.

Una escena de la película Yol, de Yilmaz Güeney, se desarrolla en el Kurdistán, pero es universal. El ejército ha matado a un puñado de contrabandistas, y se ordena a los habitantes de la aldea cercana desfilar ante ellos para ver si reconocen a alguno. Una madre puede pasar al lado del cadáver de su hijo sin que un solo músculo de su cara delate su desgarro interior. Sabe que identificarlo sería la desgracia y la ruina de su familia. Por cierto, es curioso ese hábito que tiene el Poder de etiquetar como delincuentes comunes a quienes se enfrentan a sus designios.

El fascismo local no fue parco en el uso de tal estratagema contra sus opositores. Militantes y simpatizantes de izquierda, demócratas o miembros de sindicatos de clase se convertían en criminales sedientos de sangre merced a la omnímoda propaganda del Régimen triunfante. Recuerdo haber leído el relato de una mujer cuyo marido había sido fusilado por los vencedores. Su hijo fue internado en una especie de reformatorio ideológico. En una de sus escasas visitas, tuvo que oír cómo el chaval le exigía que no volviera a mencionar a su padre, pues era un malhechor y un asesino. Pero de todo esto no hay que hablar, cincuenta años después de la muerte del dictador y tras cuarenta y ocho de modélica y plena democracia. Hacerlo significa, al parecer, reabrir viejas heridas. Sí, las que nunca han sanado porque no recibieron el tratamiento adecuado. Una jauría de politicastros y agitadores mediáticos se han encargado de impedirlo, con la imprescindible ayuda de una Justicia a la que ni en sueños podemos creer que le preocupe la justicia.

No se trata solo, lo cual sería suficiente, de generaciones que murieron sin saber dónde reposan sus seres queridos. La larguísima duración de la dictadura y la parálisis moral de la sacrosanta transición impidieron acceder a los testimonios sobre los hechos. En su mayoría, pasaron de boca a oreja sin salir del muy reducido ámbito en el que se podía confiar. Vivimos los últimos años en que todavía es posible conocer lugares y circunstancias. Lo que no sea localizado ahora se perderá en las tinieblas del olvido. Cuando se tarda tres cuartos de siglo en empezar a devolver la dignidad a las víctimas, no puede esperarse recuperar los restos más que de una pequeña parte. Otra tragedia nuestra, más dolorosa porque muchos de los huesos que aparezcan no van a importarle a nadie, aunque deberían. Pero al arquetipo del español posmoderno, le van a resultar tan lejanos e indiferentes como los hallados en Atapuerca.

Y para colmo tendremos, en esas mascaradas que la sociedad del espectáculo llama tertulias, políticos rastreros y charlatanes chulescos pontificando contra la Memoria Histórica o Democrática. Con tal de contentar a sus incondicionales, hordas de orcuñados nos regalarán con su habitual sarta de sandeces e insultos. Por ganar la atención del público se hace lo que sea, con desprecio absoluto a la estética, la ética y la verdad. «Dicen que te deleitan los testigos / de tus pecados más que tus pecados» (Quevedo: A una adúltera).

DdA, XXII/6234

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