miércoles, 21 de enero de 2026

QUIZÁ NOS TOQUE PREOCUPARNOS POR CÓMO ENVEJECERÁ LA ALTA VELOCIDAD

Además de mirar con lupa el tramo de Adamuz, el Gobierno debería ser capaz de explicar, más allá de las contaminaciones y mentiras de la ultraderecha, los problemas reales que supone mantener en perfecto estado 4.000 kilómetros de alta velocidad. Las conclusiones de la investigación del accidente tendrán que esperar, pero una mirada general y honesta sobre la alta velocidad en España parece necesaria y urgente en estos días. Durante décadas lo único que nos preocupó fue saber cuándo llegaría la alta velocidad a nuestra tierra. Quizá ahora nos toque preocuparnos por cómo envejecerá.


Gerardo Tecé

Cómo de mal estará la cosa que nos hemos pasado las 48 horas posteriores a una tragedia celebrando que los políticos al mando no hayan aprovechado para insultarse. Y es que en la vida hay que festejar cualquier cosita. Por pequeña que sea. Para llorar siempre hay tiempo, dice una amiga de la que hoy me acuerdo al ver por televisión los vagones de tren hechos polvo. Celebremos a pesar de todo. Por ejemplo, a los vecinos de un pueblo cordobés llamado Adamuz. Se lanzaron los tipos y tipas a las vías y las calles durante horas para auxiliar a cientos de accidentados como si fuesen todos de la familia. Celebremos a los bomberos y sanitarios que llegaron a la escena en tiempo récord según todos los testimonios para hacer lo que mejor saben: milagros en el puñetero infierno. Celebremos incluso la normalidad política. Una normalidad que teníamos ya olvidada y que no era otra cosa que hacer tu trabajo, ser educado, no mentir y aportar calma en lugar de crispación cuando hay un dolor de por medio. Los gobiernos andaluz y central lo han hecho y hay que celebrarlo porque las obviedades hace tiempo que ya no lo son tanto. 

Celebremos sin ser ingenuos, eso sí. Porque la rareza durará poco. Días, no mucho más. En breve, Madrid DF, esa macroempresa de distribución de chillidos, le quitará las riendas del asunto al presidente andaluz, Moreno Bonilla, y le explicará cómo se hacen bien las cosas. Feijóo, encargado al frente del negocio, ya ha asomado la patita poniendo el foco en lo importante: él mismo. Al llegar a Córdoba anunció que ha estado informado en todo momento por el presidente andaluz –parece que, al contrario que en la DANA, esta vez no miente–. Que anuncie esto explica algo importante. Que Feijóo, sin responsabilidad pública, ni poder, ni decisión, considera fundamental que quienes sí tienen esa responsabilidad, poder y decisión, tengan que detenerse, en mitad de una emergencia, a llamarlo un rato por teléfono. En la misma línea de prioridades, desde la calle Génova denuncian, pasados dos días, que Óscar Puente no quiso acompañar a Feijóo en su paseo por Adamuz. En fin. Mejor esto que ser Abascal y llevar echando mierda y bulos sobre los vagones accidentados desde antes de que llegasen los bomberos.

Además de celebrar, toca aprender porque lo ocurrido es muy grave. Más de 40 muertos, más de cien heridos y una investigación en marcha que desde sus primeros pasos da señales de lo más preocupantes. Y lo más preocupante es que, según el Ministerio de Transportes, todo estaba en regla. Todo estaba bien sobre el papel mientras todo se iba a la mierda en ese tramo de alta velocidad de la que tanto presumimos en España desde hace décadas. Si todas las revisiones estaban en orden en el tren descarrilado, si todas las inversiones estaban bien hechas y todos los mantenimientos al día, tenemos un gran problema y es que no sabemos cuál es el problema. A la espera de conocerse si la rotura del raíl 23117 fue causa o consecuencia del accidente, lo que ya sabemos seguro es que algo grave pasó cuando la teoría decía que eso no podía pasar. 

Que ADIF haya reducido ahora en el tramo Madrid-Barcelona la velocidad hasta los 160 km/h porque muchos maquinistas han alertado en el pasado de baches en varios puntos del trazado, hace pensar que esto podría no solo ir de un problema en un raíl. Además de mirar con lupa el tramo de Adamuz, el Gobierno debería ser capaz de explicar, más allá de las contaminaciones y mentiras de la ultraderecha, los problemas reales que supone mantener en perfecto estado 4.000 kilómetros de alta velocidad. Las conclusiones de la investigación del accidente tendrán que esperar, pero una mirada general y honesta sobre la alta velocidad en España parece necesaria y urgente en estos días. Durante décadas lo único que nos preocupó fue saber cuándo llegaría la alta velocidad a nuestra tierra. Quizá ahora nos toque preocuparnos por cómo envejecerá.

CTXT

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