martes, 27 de enero de 2026

LUCHAR CONTRA EL FASCISMO SIGNIFICA LUCHAR POR LA VERDAD, COMO ALEX PRETTI

 Luchar contra el fascismo –contra los Stephen Miller y Greg Bovino del mundo, que odian a los diferentes pero odian aún más a personas como Renee Good y Alex Pretti– significa luchar por la verdad, escribe el articulista en CTXT. Esto presupone que hay que creer en su existencia y en la capacidad que tenemos, entre todas, de distinguirla de la mentira. También presupone agradecer y apoyar a todas y todos los que nos ayudan a conocerla: ciudadanas y activistas, fotógrafas, periodistas. Y, finalmente, significa renunciar a las guerras culturales, esos marasmos de sentimentalidad y afectación, por más tentadoras que nos puedan parecer desde un punto de vista táctico. Significa admitir que la verdad es muchas veces compleja y nada fácil de desentrañar. Pero, sobre todo, significa atreverse a ser honestos: a “señalar las diferencias entre la retórica y la realidad”, como decía el primer ministro de Canadá el otro día, predicando con el ejemplo y de paso señalando –con el tacto propio de los canadienses, eso sí– que el emperador andaba desnudo.

Luchar contra el fascismo significa luchar por la verdad 
y si contra la verdad el fascismo empuña las armas de la muerte,
mas crecerá la verdad si la acompañan
los ojos solidarios de quienes

Sebaastian Faber

La verdad aún existe. Es más: la verdad, y la idea de que exista, han salido reforzadas por las falsedades descaradas que se promulgan estos días desde el Gobierno federal norteamericano –en particular del Departamento de Seguridad Patria de la ínclita Kristi Noem– a raíz de lo que ha estado ocurriendo en las calles de Minneapolis.

No había ni una sola palabra de verdad en el relato que presentó el despacho de Noem de la ejecución sumaria por la Patrulla Fronteriza de Alex Pretti, el enfermero de 37 años que fue asesinado en la mañana del 24 enero por querer ayudar a sus conciudadanos. Así como en el caso del asesinato de Renee Good, 17 días antes, la versión oficial quedaba flagrantemente desmentida por tres elementos cruciales que, por fortuna, todavía abundan en Estados Unidos hoy: los testigos, las imágenes y el sentido común. 

Por más fácil que sea, a estas alturas, falsear todo tipo de evidencia audiovisual, la promesa original de la fotografía –registrar lo que ocurre delante de la cámara– sigue, hoy por hoy, intacta. Ayuda, claro está, que sean muchas las cámaras. Pero esto ha sido siempre así. Mucho antes de que se inventara la falsificación digital, las fotos ya mentían con ángulos y encuadres. Lo demostró la guerra española del 36, ese laboratorio fotográfico que formó a los Capa, Taro, Centelles y Chim, pero que también fue una escuela para escépticos. Para acercarse a la verdad fotográficamente, siempre ha sido necesario combinar tomas y cámaras varias.  

Tampoco es nuevo que quienes se dedican a documentar los hechos arriesguen la vida. Gerda Taro murió en Brunete; Chim, en Suez; Capa, en Indochina. Cuando, sobre las nueve de la mañana del día 24, una pandilla de verdugos federales se echó sobre Alex Pretti, en la Avenida Nicollet de Minneapolis, lo que este llevaba en la mano no era su pistola –que tenía guardada en la funda– sino un móvil, es decir, una cámara. 

Pretti, en otras palabras, perdió la vida en su intento por documentar los actos fascistas de un régimen autoritario empeñado en demonizar a los inmigrantes y tildar de “enemigo interno” a toda persona que se oponga a su programa etnonacionalista. Las personas que documentaron la ejecución de Alex Pretti –otro acto fascista de manual– arriesgaron, a su vez, su vida. Nunca se lo podremos agradecer lo bastante. Cuando se escriba la historia de estos días y cuando toque juzgar a los culpables –que ya tocará–, toda esta documentación resultará de importancia vital. 

Luchar contra el fascismo –contra los Stephen Miller y Greg Bovino del mundo, que odian a los diferentes pero odian aún más a personas como Renee Good y Alex Pretti, que solo pueden ver como traidores de la raza– significa luchar por la verdad. Esto presupone que hay que creer en su existencia y en la capacidad que tenemos, entre todas, de distinguirla de la mentira. También presupone agradecer y apoyar a todas y todos los que nos ayudan a conocerla: ciudadanas y activistas, fotógrafas, periodistas. Y, finalmente, significa renunciar a las guerras culturales, esos marasmos de sentimentalidad y afectación, por más tentadoras que nos puedan parecer desde un punto de vista táctico. Significa admitir que la verdad es muchas veces compleja y nada fácil de desentrañar. Pero, sobre todo, significa atreverse a ser honestos: a “señalar las diferencias entre la retórica y la realidad”, como decía el primer ministro de Canadá el otro día, predicando con el ejemplo y de paso señalando –con el tacto propio de los canadienses, eso sí– que el emperador andaba desnudo.

No deja de ser irónico que sea Kristi Noem, esa mentira andante, quien acaba por afianzar nuestra fe en la verdad. Como también es irónico que haya tenido que ser un banquero liberal canadiense, Mark Carney, quien nos ha recordado lo que perdemos cuando permitimos que nos mientan –sabiéndolo nosotros, y sabiendo ellos que nosotros sabemos–. Como dijo Carney: “El sistema persiste, no solo a través de la violencia, sino también a través de la participación de la gente común en rituales que, en privado, saben que son falsos”.

CTXT DdA, XXII/6240

1 comentario:

cineforumgijon dijo...

En estos tiempos de fakes ya no cabe pensar (ni sentir) que "la verdad nos hará libres", como decía el supuesto dios terrenal... Todo lo contrario, la verdad nos puede llevar a las cárceles del supremacismo o, directamente, a la muerte... Pero esa lucha por la verdad /de Assange a Pretty pasando por tantas otras buenas gentes) es imprescindible en la denuncia del fascismo y sus "discursos del odio", su negacionismo y su revisionismo histórico.

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