lunes, 26 de enero de 2026

LA MALA LECHE QUE NOS DIERON (RELATO RECOPILATORIO)


Paco Arenas*

La mala leche que nos dieron (relato recopilatorio de vuestros comentarios sobre la leche en polvo americana).No he podido resistir apropiarme de vuestros comentarios, algunos son geniales:
Si juntáramos toda la leche en polvo que nos dieron de críos, podríamos enjalbegar de blanco medio país sin necesidad de azulete. Todavía hoy, a algunos, con solo oler la palabra «leche», se les eriza el estómago y les vienen arcadas fantasmas. No es que tengamos mala memoria; es que aquella leche tenía muy buena puntería en la boca del estómago.
—Esa maldita leche en polvo consiguió que aborreciera la leche hasta hoy —dice una lectora—.
La veo de niña en el patio del colegio de monjas, a finales de los sesenta, temblando con la taza verde de plástico entre las manos. La leche viene caliente, espesa, llena de grumos que parecen ojos. En un despiste, la cría la vacía en un arbollón del patio, con la inocencia de quien cree que el sumidero es un aliado.
Arriba, en las ventanas altas, la madre superiora vigila como un buitre con rosario esperando imponer como castigo otra taza de grumos. Hay correcciones que huelen a incienso; aquella olía a engrudo sin piedad alguna.
—Lo que me gustaba era el queso, aunque tenía un extraño color naranja…
No todos tuvieron tanta «suerte».
—Pues yo ni siquiera eso pillé —dice otro—. Estaba guardando cochinos por la comida y no pude ir a la escuela…
A él no le tocó leche americana, pero sí el mismo hambre. El cacique le pagaba con sobras y promesas; el Plan Marshall, por su pueblo, solo pasó en forma de camión de polvo blanco para los más listos de la fila.
Otros sí recuerdan el combo completo:
—Daban leche con grumos y queso. La leche era vomitiva; el queso, amarillo anaranjado, estaba bueno.
—Yo el queso ni lo vi —corrige otra—. El cura lo vendía a peso.
Milagro eucarístico: el queso bajaba del cielo, pero resucitaba en la despensa de la sacristía.
Había estómagos delicados y traumas largos:
—Estuve años sin poder tomar ninguna leche de lo que la aborrecí.
La niña que habla ve aún la olla de cinc, el palo removiendo aquel barro blanco, las monjas apurando los vasos: «¡Que no se desperdicie nada!». Lo que se desperdiciaba, en realidad, eran las ganas.
Y luego estaba la disidencia vegetal:
—A mí no me gustaba y la tiraba en las plantas del patio. Estaban bien hermosas, eso sí, nunca vi un rosal como aquel que apenas le daba la sombra, porque estaba escondido y allí íbamos todas...
Las macetas, agradecidas, crecían exuberantes regadas de mala leche. Las raíces se bebían el trauma y lo convertían en hojas brillantes. Los geranios engordando mientras los niños aprendían a vomitar en silencio.
No todo era asco. Hasta en los relatos más negros hay un «pues a mí…»:
—Pues a mí me gustaba. Me ponía otra vez a la cola mientras quedara en la perola. Y el queso se lo llevaba mi tía; no se tiraba nada.
En cada generación hay algún alma rara que hace pactos con el diablo… o con la leche en polvo.
Los años trazan una línea:
—Yo soy del 63, llegué a tiempo a los botellines —cuenta otra lectora—. No me gustaban porque no llevaban ni azúcar ni cacao; si lo traías de casa, era un lío. Ahora, cuando tomo leche, la tomo tal cual, fría y sin nada. Cosas de la edad.
Los mayores, en cambio, recuerdan el vaso de aluminio, la talega, los colores chillones de plástico: rosa, amarillo, azul, rojo… La modernidad cabía en una taza con grumos.
En muchos pueblos la misa y la leche venían en el mismo lote:
—La leche en polvo y el queso amarillo holandés, si ibas a catequesis, sino solo la leche, la mala leche...
—Los botellines los enviaban los cuáqueros americanos, no el Estado —corrige otra—El Estado ponía el Cara al Sol, los cuáqueros, el desayuno.
Hay recuerdos que saben más a frío que a leche:
—Lo peor era el frío, con una estufa de serrín que, con el viento, revocaba humo negro y había que abrir las ventanas. Muchas niñas tenían sabañones. Lo mejor, llegar a casa calentita con mis padres y olor a comida.
La mala leche se pasaba, los sabañones no tanto. Pero ese viaje del aula helada a la casa caliente todavía abriga la memoria.
La pobreza hace alquimia:
—En mi casa también teníamos cabra. Gitana se llamaba, y yo chupaba la leche de la ubre. Con la leche en polvo, mi madre hacía amasado con pan duro para las gallinas.
Las gallinas comían a cuerpo de reina. Los niños, a cuerpo, si tenían suerte ese día la leche no tendría grumos.
—Aggg, qué asco —dice otra—. Por eso siempre he odiado la leche… y ahora la tengo que tomar a la fuerza.
El tiempo pasa, pero hay sabores que se quedan a vivir en el cielo de la boca.
Hay quien recuerda la leche como único sustento:
—Soy del 48. Tenía que llevar un trozo de pan de casa y me ponían mantequilla. Eso era toda la comida de la mañana. Si mi madre podía, algo al mediodía; si no, barriguita vacía.
A la leche en polvo se le pedía demasiado: que alimentara, consolara y, además, tapara el agujero de la desigualdad. Nunca llegó a tanto.
Los trucos para sobrevivir al sabor eran casi una maestría en ciencias:
—En el colegio, las monjas la diluían con agua, pero siempre quedaban grumos. Mi madre me daba diez céntimos para un sobre de Toddy. Lo echaba a escondidas para disimular el olor.
Ciencia ficción franquista: cola-cao clandestino en vaso de plástico.
Algunos colegios eran puro cuadro costumbrista:
—En un barreño de agua tibia, las niñas mayores removían la leche en polvo. Luego nos la repartían en vasos y jarrillos. Le echábamos azúcar o canela para que no oliera tan mal. La bebíamos entre arcadas. Después, un trocito de queso de bola americano, igual de desagradable. Yo salía del colegio y a los pocos pasos ya lo había vomitado todo.
Lavativa solidaria: el Plan Marshall salía casi tal y como entraba.
No faltaba el decorado político:
—Rezábamos todas las mañanas en el recibidor, cantábamos el himno de España de Pemán. El Cara al Sol no, porque el director decía que bastaba con el himno.
Dos filas, niños y niñas separados, primero el Dios, luego la patria, después la leche. Hubo quien vomitó las tres cosas a la vez.
Los que tenían vacas en casa se llevaban la palma del sinsentido:
—En casa teníamos vacas. Iba ya desayunado, a veces con traguete de porrón. En la escuela me obligaban a beber aquella mierda del Plan Marshall. A base de palos, un día me hicieron tragar un vaso entero. No llegó al estómago: salió todo, la leche, el vino y el desayuno. Al final decidieron que con la leche de mis vacas ya cumplía. Eso sí, hasta entonces no me tocaron más… esos.
Más que plan nutricional, parecía experimento sadomasoquista.
También hubo accidentes de clase:
—Mi vaso no era de plástico porque mi madre no tenía dinero para comprarlo. Era de cristal. Una niña rica, que no sé qué hacía en la fila, me puso la zancadilla. Me caí, me clavé los cristales en la mano y tuvieron que operarme.
La solidaridad internacional en vena… y en urgencias.
Entre tortas de pan con azúcar, hoyos de aceite con una onza de chocolate «que más te pones malo», colchones de borra para dormir en catres y colas de leche en polvo, crecimos todos. Algunos con más grumos que otros, pero todos bajo la misma consigna no escrita:
«Toma, que es por tu bien».
Hoy, cuando se recuerda aquella leche, cada cual la cuenta a su manera: como asco, como lujo, como castigo, como salvavidas caliente en mañanas heladas. Pero si algo une todas las voces es la sospecha de que aquella mala leche no era solo cuestión de sabor y es la que ha quedado como seña de identidad de los españoles.
Porque la verdadera «mala leche» venía de más arriba: de los que decidían que los niños que guardaban cochinos no necesitaban escuela; de los curas que vendían el queso que venía para los pobres; de las monjas ignorantes que confundían la caridad con la obediencia; de los señoritos que pagaban a la gente «por un mendrugo y poco más», mientras los ignorantes sabiondos decían que nunca habíamos estado mejor.
La leche en polvo se disolvía en agua tibia.
La otra mala leche —la del hambre, la desigualdad, la caridad humillante— se disolvió en nuestras biografías.
Y todavía hoy, cuando alguien dice «qué tiempos aquellos», a más de uno le vuelve a la boca aquel sabor amarillento… y le dan ganas, otra vez, de ir al husillo del patio a vaciar el vaso.
Gracias a todos por vuestros comentarios, porque este relato no debería firmarlo yo, sino vosotros. Son vuestros.
* Del muro del autor, 25 de enero de 2026
Mi último libro es «Las abarcas desiertas»

DdA, XXII/6239

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