El reciente bombardeo de Estados Unidos contra distintos objetivos en Venezuela ha vuelto a poner en evidencia una verdad incómoda pero persistente: el poder no se ejerce únicamente mediante la fuerza material, sino, y sobre todo, a través de un entramado discursivo que organiza la percepción de los hechos, jerarquiza significados y delimita lo decible y lo no decible. El lenguaje no acompaña pasivamente la acción política y militar; la precede, la legitima y, en muchos casos, la absuelve. Muy interesante el artículo de este doctor en Filosofía del Lenguaje por la Universidad Complutense. El bombardeo sobre Venezuela y el secuestro de su presidente, según García Molina, revelan una de las estrategias centrales del discurso del poder: la construcción de realidades virtuales mediante el relato y el ocultamiento de las realidades fácticas mediante el silencio.
viernes, 9 de enero de 2026
EL DISCURSO DEL PODER, LAS PALABRAS Y EL SILENCIO
De entrada, quiero dejar clara mi posición ideológica, no como gesto provocador sino como acto de honestidad discursiva: soy “izquierdoso”, “zurdo”, “woke”, o como prefieren denominarnos ciertos sectores de la ultraderecha. Al mismo tiempo, considero imprescindible precisar que no respaldo dictadura alguna, ni de derecha ni de izquierda. No soy militante de ningún partido, aunque trato de practicar la moral comunista. Las descalificaciones personales pueden ahorrárselas: no las tomaré en cuenta. Las objeciones sustentadas en argumentos, razonamientos y evidencias, en cambio, serán siempre bienvenidas. Mi posicionamiento enunciativo busca transparentar el lugar desde el cual escribo, algo que el propio discurso hegemónico suele ocultar bajo el ropaje de la supuesta neutralidad.
Empecemos. El reciente bombardeo de Estados Unidos contra distintos objetivos en Venezuela ha vuelto a poner en evidencia una verdad incómoda pero persistente: el poder no se ejerce únicamente mediante la fuerza material, sino, y sobre todo, a través de un entramado discursivo que organiza la percepción de los hechos, jerarquiza significados y delimita lo decible y lo no decible. El lenguaje no acompaña pasivamente la acción política y militar; la precede, la legitima y, en muchos casos, la absuelve.
En los reportes informativos sobre esta agresión, se repiten con notable insistencia ciertos sustantivos que no son elegidos al azar. Me detengo en tres de ellos, presentados aquí en orden alfabético: ataque, captura y dictadura. Cada uno de estos términos activa un paradigma semántico específico y, al mismo tiempo, silencia otros significados posibles que resultarían políticamente incómodos.
Desde la lingüística estructural, Ferdinand de Saussure y Celso J, Benavides y Carlisle González nos enseñaron que las palabras se organizan en la mente en paradigmas: conjuntos de signos asociados por afinidades semánticas, morfológicas o funcionales. Al producir un discurso, el hablante selecciona un término y excluye los demás. Esta selección nunca es inocente, pues cada elección implica una toma de posición ideológica o de cortesía. En el discurso periodístico —que se proclama objetivo y aséptico— esta operación resulta especialmente significativa. Veamos el uso de los tres sustantivos referidos.
ATAQUE
Cuando los medios optan por el sustantivo ataque para referirse al lanzamiento de misiles contra objetivos en territorio venezolano, dejan fuera otros términos igualmente disponibles en el paradigma: agresión, asalto, bombardeo, ofensiva, agravio, etc. No se trata de simples sinónimos intercambiables: cada uno conlleva una carga semántica y jurídica distinta. Ataque puede sugerir una acción puntual, casi defensiva, mientras que agresión remite de inmediato a la violación del derecho internacional y al uso ilegítimo de la fuerza. Al elegir ataque, el discurso informativo atenúa la gravedad del hecho y desactiva su potencial condena moral y legal. Lo que se silencia no es solo una palabra, sino un marco interpretativo completo.
CAPTURA
Algo similar ocurre con el uso reiterado del término captura. En su mismo paradigma se encuentran secuestro, toma, apresamiento, detención, arresto. Sin embargo, captura evoca una acción casi técnica, propia del lenguaje policial o cinematográfico, desprovista de violencia ilegítima. Secuestro, en cambio, introduce la idea de abuso, ilegalidad y vulneración de derechos. Al insistir en que se trató de una captura, el discurso mediático neutraliza de antemano cualquier lectura que asocie la acción con un asalto o una violación flagrante de la soberanía. No hay aquí ingenuidad ni descuido terminológico: hay una estrategia discursiva deliberada.
DICTADURA
El tercer término, dictadura, resulta especialmente revelador. En su paradigma figuran palabras como gobierno, régimen, sistema, administración, presidencia. Es posible —e incluso probable— que el gobierno de Nicolás Maduro reúna características propias de una dictadura. No es ese el punto que discuto. Lo que interroga un analista del discurso es la asimetría: ¿por qué a ciertos gobiernos se les adjudica con entusiasmo y desparpajo la etiqueta de dictadura, mientras que a otros —igualmente autoritarios— se los nombra con eufemismos cuidadosamente administrados? Resulta llamativo, por ejemplo, que a figuras como Abu Mohamad al Golani, presidente actual de Siria y principal comandante del Estado Islámico, nunca se las designe bajo esa categoría, pese a prácticas que podrían justificarla. La cuestión no es quién merece el rótulo, sino quién tiene el poder de imponerlo discursivamente y con qué fines.
Estos tres casos bastan para mostrar que una prensa que se proclama objetiva y que abusa, cuando le conviene, de expresiones como “presuntamente”, aquí ni siquiera guarda las apariencias. A esta selección léxica sesgada se suma un elemento aún más elocuente: el silencio. Silencio sobre el número de víctimas mortales y heridos, sobre las propiedades destruidas, sobre la violación del derecho internacional, sobre la doble moral que permite condenar unas acciones mientras se justifican otras idénticas. El silencio no es ausencia de discurso: es una forma poderosa de decir sin decir; y de callar lo que no conviene decir.
Las acciones de Estados Unidos en Venezuela revelan, así, una de las estrategias centrales del discurso del poder: la construcción de realidades virtuales mediante el relato y el ocultamiento de las realidades fácticas mediante el silencio. Nombrar es ejercer poder; callar, también. Entre palabras cuidadosamente elegidas y omisiones estratégicas, el discurso dominante no solo informa: produce sentido, legitima la violencia y administra la indignación pública.
DdA, XXII/6223

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