José Ignacio Fernández del Castro
«Nos vamos a calar hasta los huesos. ¡Vaya un chaparrón!. ¡Quién lo hubiese esperado, con una noche tan serena cuando salimos de casa!. Pero ¿en qué estará pensando Freddy?. Ya han pasado por lo menos veinte minutos desde que se fue en busca de un coche.» George Bernard SHAW
(Dublín, Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, 26 de julio de 1856 –
Ayot St. Lawrence, Hertfordshire, Inglaterra, 2 de noviembre de 1950)
Premio Nobel de Literatura 1925, Oscar al Mejor Guión 1938 por Pigmalión:
Queja de la hija con la que se inicia Pygmalion (1913).
Aquí estamos aguantando el chaparrón, como en el inicio de la obra teatral que a Shaw, recogiendo los ecos de Ovidio, acabaría por valerle un Oscar de Hollywood... Y la verdad es que, a veces, muchas veces, uno siente que, como la hija de la historia, no sabemos más que quejarnos y esperar que Freddy se apure para solucionarlo todo.
Es un mal principio... “Nuestro chaparrón”, el chaparrón que a nos empapa, tiene responsables con nombres y apellidos (sí, por ejemplo, Trump y sus invitados a ese personalista Consejo Internacional de Paz que ahora quiere inventarse para que los países más ricos puedan intervenir en la “resolución de los conflictos internacionales” a cambio de gestionar la reconstrucción): hay unos dioses tonantes, alejados del mundo en sus cielos particulares desde los que lo controlan todo a su antojo (en realidad, los amos del mundo, esos poderes económicos que estimulan y avalan dichas prácticas), que han conjurado las nubes para que viertan toda el agua aquí y ahora, y, además, nos hacen ceder impermeables y paraguas para garantizar su mayor comodidad… Y sí, hay unos supuestos expertos en meteorología que no supieron (ni quisieron, ni pudieron) interpretar las isobaras para prevenir lo que se nos venía encima; hay unos especialistas en arquitecturas eficientes e impermeabilizaciones varias que no pudieron (ni quisieron, ni supieron) garantizar a tiempo nuestra adecuada protección... Nosotros mismos, aún sabiendo que ahí estaba la amenaza, salíamos cada día alegremente desprevenidos como si alguien fuese a arbitrar un aplazamiento eterno. O como si el control de la comunicación meteorológica no fuese a general sumisión ante el diluvio.
Y, ahora, que ya empezamos a estar calados hasta los huesos, en vez de unirnos para buscar entre todos las mejores protecciones, seguimos esperando por algún Freddy que se apure a traernos un coche en el que, al menos nosotros (¡cada cual que se busque la vida!), podamos encontrar refugio...
Mientras, la lluvia sigue, con su amenaza universal de que, cuando amaine, se perpetuará su lúgubre siembra de fiebres, gripes y neumonías... Que ya están aquí.
Pero seguimos... Aguantando el chaparrón. Y aprovechando, al menos, los charcos para encontrar el verdadero reflejo de lo que somos.
GRITOS CON CITA Y GLOSA (LIX) DdA, XXII/6233

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