Félix Población
Puede que a quienes conozcan o hayan paseado alguna vez por el Parque del Oeste de Madrid, como yo hiciera de mozo, le haya causado cierta curiosidad encontrar entre sus jardines y arboledas un monumento erigido en memoria de un tal José Ignacio Rivero Alonso. Se puede relacionar este nombre con el periodismo, por la comparación inscrita que se hace de esta profesión con un sacerdocio y también con la llamada Perla de las Antillas, por las ilustraciones con motivos cubanos que encontramos en el mosaico.
El monumento tiene un largo asentamiento en este parque madrileño porque se inauguró en 1954. El protagonista es, en efecto, un periodista cubano que falleció diez años antes y fue hijo del director del histórico Diario de la Marina, que se publicó en Cuba desde el siglo XIX hasta el triunfo de la revolución de Fidel Castro en 1959 y sólo resistió un año más cuando se editó en Miami hasta justo después del desastre de Bahía Cochinos.
Muy cerca del monumental Arco de Triunfo que celebra aún en el centro de Madrid la victoria del dictador Francisco Franco en la Guerra Civil, José Ignacio Rivero mereció este monumento por su trabajo periodístico en pro de los sublevados durante la contienda, aunque su estancia durante la misma no pasara de más allá de dos meses. Gracias a la muy documentada, excelente y recomendable obra del profesor de la Universidad Complutense Jesús Cano Reyes La imaginación encendida. Corresponsales hispanoamericanos en la Guerra Civil Española (ed. Calambur), podemos saber algunas referencias sobre este periodista nacido en La Habana en 1895, que después de una corta estancia en España regresó a Cuba a finales de septiembre de 1936. Antes de volver a su país, aprovechó el tiempo de la iniciada contienda para vestirse en Pamplona con el uniforme carlista y pasar revista a un tercio requeté.
El profesor Cano Reyes nos facilita en su libro los términos de la arenga pronunciada para la ocasión, o al menos así lo cuenta el propio periodista: Nuestra batalla es mucho más dura que la de nuestros padres y abuelos. Ellos combatían contra hombres; nosotros, contra alimañas sin corazón, sin escrúpulos y sin principios. Ellos combaten en los campos de batalla; nosotros, en todas partes, porque estos enemigos adoptan todas las formas, apelan a todos los recursos, emplean todas las tácticas. Nuestra tarea es más ardua, pero, digámoslo con tristeza, menos confortante que la de nuestros mayores. Ellos, guerreros, peleaban contra otros guerreros. Ellos, hombres, luchaba contra otros hombres. (José Rivero, "Impresiones", Diario de la Marina, 29 de septiembre de 1936). Para entonces ya dirige José Ignacio Rivero el periódico, cuya línea ideológica conservadora y tradicional resulta obvia.
Como en Cuba la guerra española había desatado apasionados debates entre los que estaban a favor de la república y los que apoyaban a quienes se alzaron en armas contra el gobierno del Frente Popular, Rivero se dedica a atizar la hoguera de las pasiones, según escribe Jesús Cano, nada más regresar de España, aprovechando su corta estancia en nuestro país para dar por incuestionable su testimonio a favor de quienes vencerían a la postre en la guerra: Desde las páginas de su periódico celebra las victorias militares con prosa encendida y parabienes al general Franco: Santander no ha caído, no. Santander ha resucitado. Ha resucitado de entre las horribles carroñas marxistas. Salud, pues, al salvador de España.
A partir de entonces, el periodista cubano se ganó ser llamado por el régimen triunfante amigo de España y como tal fue homenajeado con el correspondiente monumento. Representa este a un hombre elegante que mira al frente, con una mano sobre la cintura y otra con un ejemplar del periódico de su país. El periodismo es en lo externo una profesión y en lo interno un sacerdocio, podemos leer. La leyenda se corresponde con el lenguaje propio de la España nacional-católica durante la que fue erigido el monumento y a la que José Ignacio Rivera prestó su colaboración como rendido cronista, si bien a distancia.
No veremos en Madrid monumento alguno en memoria del también escritor y periodista cubano Pablo de la Torriente Brau (1901-1936), buen amigo del poeta Miguel Hernández, que acabó muriendo en el frente de combate en los primeros meses de la contienda después de haberse involucrado activamente en la lucha en defensa del gobierno republicano, pero sí se mantiene con dos leyes de Memoria Histórica que prohíben la exaltación del viejo régimen el monumento que la dictadura franquista erigió como homenaje a quien glorificó al general Franco.
DdA, XXI/6179


3 comentarios:
Personajes de tal calaña, impostores y correveidiles dispuestos a agradar al que manda, hay un montón repartidos por callejeros y plazas públicas... Y es un dolor para cualquier mirada democrática.
Desapercibimiento, olvido o negligencia.
Hay de todo y también en mezcolanza... Cuando llega, por ejemplo, el PP, son su "populista alcalde independiente", al Ayuntamiento de Oviedo, tira a la papelera todo el informe elaborado por una comisión académica respecto a los cambios necesarios en el callejero (pedido por la anterior corporación con alcalde socialista en coalición de izquierdas) y se reafirma en no hacerlos hasta que no se le obligue por imperativo legal (así sigue ahí la Avenida de Calvo Sotelo, convertida ahora en simple calle, se cambió hace tres o cuatro años la calle de la División Azul por Real Oviedo... ¡Sólo les faltó renombrar al entronque de la Y en la ciudad, aprovechando los cambios con la fabona, Santullano y demás, como Vía de la Penetración, recordando la entrada del ejército golpista en la ciudad, pero, claro, debió parecerles un pelín pornográfico!)
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