viernes, 28 de noviembre de 2025

HOY, PARA LA MAYORÍA, EL PARTIDO SE JUEGA ENTRE POSEER Y APARENTAR

El estimulante problema que suelen plantear al editor los artículos de mi estimado Monterrubio es lo complicado que resulta ponerles el titular más completo y acertado, dado que solemos encontrar unos cuantos interesantes en cada texto, aunque él acostumbre a resumir lo que escribe con una titulación muy concisa. En este artículo me parece muy preocupante lo que sostiene en el último párrafo, sobre todo por las repercusiones sociales y políticas que pueden tener la frustración y el rencor: "El pot-pourri de anhelos indecisos, desprovistos de meta, que conforman la máquina deseante del posmocapitalismo es imposible de satisfacer, escribe Antonio. La frustración gripa el mecanismo, y la ansiedad constitutiva del individuo acaba engendrando marejadas de rencor contra todo y contra todos. Su endeble narcisismo, manipulado y manejado con pericia por el Sistema, trueca su desencanto en rabia, incluso en violencia. El otro en especial ciertos tipos de otros– se convierte en diana tolerada y convalidada, destinada a pagar por su falta de gratificaciones, su fracaso existencial". Vuelvo a recomendar, por cierto, el último libro de Antonio, El serano (Castilla ediciones), en cuya lectura anda este Lazarillo, sin haber terminado todavía el anterior, La primavera y el titán (Marciano Sonoro ed.).


Antonio Monterrubio

Las redes ofrecen una sucesión inacabable de fantasmas, de seres hechos de la materia de las imágenes virtuales. La simulación desborda la alquimia de vestuario, maquillaje y poses presuntamente seductoras. Photoshop, filtros y demás parafernalia tecnológica se encargan de aumentar músculos y pechos, afinar siluetas o hacer desaparecer lorzas y acnés. Si el aspecto físico es rigurosamente falso, los perfiles no lo son menos. La actuación obligada en todo tiempo y lugar termina por devorar al actor –no digamos ya a la persona–.
Vivir en modo autoficción distorsiona las complejas relaciones que los humanos mantienen con la realidad. Percepciones sesgadas y teledirigidas llevan a una codificación, clasificación y organización deformadas del flujo de información que nos llega del exterior, del mundo y de nuestros semejantes. La tergiversación de las señales recibidas se complementa con un grado similar o mayor de falseamiento de las emitidas.
La creación de una imagen virtualmente fantasmática de sí mismo para uso ajeno está conectada con una patológica necesidad de ensalzamiento y justificación. En el primer caso, el sujeto se ve compelido a negar realidades que contradicen abiertamente su relato y, más aún, sus anhelos. Pero el horror al vacío le exige la producción en serie de guiones que acaba por interiorizar, con independencia de que sean o no creídos por el prójimo. Confecciona una colección de disfraces prêt-à-porter que se pegan a su piel hasta usurpar su apariencia externa, muy virtual pero poco virtuosa. En cuanto al impulso autojustificativo, enemigo mortal de toda tentación autocrítica, termina con frecuencia disparando el mecanismo de la proyección: no soy yo, son ellos.
«No te conviertes accidentalmente en un cretino, tienes que currártelo un poquito», declaró una vez Ozzy Osbourne, líder de la banda de heavy metal Black Sabbath. Hoy, en la era de la prisa y la facilidad, la indisimulada vocación de algunos es artificialmente abonada y regada por un Tinglado encantado con la proliferación de la estulticia colectiva. Cualquiera puede llegar a ser un imbécil, sin levantarse del sofá, golpe a golpe, click a click. Y la estupidez es como la entropía: en un sistema aislado, no hace sino aumentar.
Este mundo traidor, en el que todo hijo de vecino alardea de su libertad, es el paraíso de la obediencia social a los patrones establecidos por los poderes reales. La sumisión es el grado cero del conformismo. El sujeto se mueve en función del temor al castigo o, en el mejor de los casos, de la esperanza de recompensa. Si el acicate desaparece, la pleitesía se debilita y termina disipándose. Mayor intensidad tiene la identificación. Aquí el individuo es presa de un mecanismo cuyos engranajes lo empujan a asemejarse a aquello que le cautiva, a desvivirse por imitarlo. Suele estar vinculado, más que a grupos o ideas, a personajes considerados carismáticos. Cuando el líder ya no está o pierde brillo, la lealtad invulnerable se relaja. Pero el nivel máximo de degradación de la autonomía se alcanza en la interiorización, el conformismo premium por excelencia. Es la respuesta más duradera, casi imposible de desarraigar. Se traduce en una integración sin fisuras de todo mensaje emanado de la voz de su amo.
La persecución de vanos espejismos de éxito y popularidad, de triunfo material o social, y la elaboración a tal fin de una imagen de sí para consumo público producen malestar y sufrimiento. En el libro El optimismo cruel, la filósofa estadounidense Lauren Berlant llama así al proceso en el cual «eso mismo que deseamos obstaculiza nuestra prosperidad». Pretender que la indomable realidad encaje en un proyecto prefabricado, construido en el fondo por un estudio de arquitectura ajeno, provoca desazón y desencanto desde el inevitable momento en que se revela inviable.
En pasados eones –in illo tempore–, en lo referente al peliagudo tema de cómo afrontar la vida, la línea divisoria pasaba entre poseer y ser. Las clases acomodadas existían a través de sus dominios y su supremacía. Los demás se conformaban, y ya era mucho, con la conciencia de sí mismos. «Yo sé quién soy», declaraba Alonso Quijano el bueno. Luego, con el desarrollo del espíritu aspiracional y su extensión epidémica por el cuerpo social, las opciones se redujeron a aparentar o ser.  Era el paraíso de la clase media para todos. La realización personal se quedó en una fantasía de los últimos románticos. En unas décadas, tal alternativa caducó. Hoy, para la mayoría, el partido se juega entre poseer y aparentar.
El deseo posmoderno no es ese nómada perpetuo de la publicidad tecnofeudal, que va de oasis en oasis y de caravasar en caravasar encontrando en todos ellos vergeles paradisiacos y placeres demasiado grandes para ser contados. En la cruda realidad, es un desterrado, un proscrito sin techo ni ley que no consigue encaje ni alivio en lugar alguno. El individuo deseante es sujeto de un proceso sin objeto, ni directo ni indirecto. En su gramática solo cuentan los complementos circunstanciales –sometidos, por otro lado, a la rígida ley de la obsolescencia programada–. No es más que el sujeto paciente de una oración pasiva dependiente de un agente que es el verdadero actante, quien mueve los hilos sin que el incauto ególatra se percate.
El pot-pourri de anhelos indecisos, desprovistos de meta, que conforman la máquina deseante del posmocapitalismo es imposible de satisfacer. La frustración gripa el mecanismo, y la ansiedad constitutiva del individuo acaba engendrando marejadas de rencor contra todo y contra todos. Su endeble narcisismo, manipulado y manejado con pericia por el Sistema, trueca su desencanto en rabia, incluso en violencia. El otro en especial ciertos tipos de otros– se convierte en diana tolerada y convalidada, destinada a pagar por su falta de gratificaciones, su fracaso existencial.
DdA, XXI/6181

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