lunes, 26 de febrero de 2024

EL DESTIERRO DE UNAMUNO Y LA UNIVERSIDAD DE SALAMANCA


Félix Población

Al día de hoy, transcurridos casi dos meses del año en que se cumple el centenario del destierro a Fuerteventura de quien fuera rector de la Universidad de Salamanca, desconozco si esta académica y respetable institución tiene proyectado algún tipo de evento que recuerde a Miguel de Unamuno, aparte de nombrarlo con muchos años de retraso doctor honoris causa a título muy póstumo. Esto último, además, ha sido al parecer a instancias de sus descendientes, cuando la iniciativa debería haber partido de la propia institución. Dadas las circunstancias políticas por la que el escritor vasco fue desterrado durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera, quizá al rectorado de la universidad salmantina le sea más cómodo pasar por alto ese corto período en el que Unamuno fue privado de su cargo como vicerrector y desterrado a la isla canaria (aislotamiento lo llamó don Miguel). Se debió, como es sabido, a sus críticas en los periódicos tanto al dictador como al rey Alfonso XIII, críticas que mantuvo durante su corta estancia en Fuerteventura y después desde París y Hendaya, hasta su regreso multitudinario a Salamanca y la proclamación de la segunda República, con él como protagonista en el balcón del Ayuntamiento de la ciudad. Espero, no obstante, equivocarme, y que pese más en el proceder de la institución académica lo que Miguel de Unamuno representó para la Universidad de Salamanca y la cultura de su país, que un respeto  inmerecido a la monarquía representada por Alfonso XIII, por no quedar a mal con esa institución en la persona del actual monarca. El proceder intelectual y la personalidad literaria del escritor vasco y su figura como rector, así como el castigo que le costó expresar libremente sus ideas, merecerían algo más que un título honoris causa con carácter demasiado póstumo y a instancias de sus descendientes. El artículo publicado en el Diario de Avisas por el catedrático de Lengua Española de la Universidad de La Laguna, Marcial Morera, nos recuerda la doble estancia de Unamuno en las Islas Canarias, en 1910, en la ciudad de Las Palmas, y en 1924 en Fuerteventura:

Marcial Morera

En dos ocasiones distintas estuvo en Canarias ese profeta de la Generación del 98 que fue don Miguel de Unamuno, y en ambas dejó huella indeleble de su paso por ellas, como han señalado los distintos estudiosos que se han ocupado del asunto: la primera, en el año 1910, como mantenedor de los juegos florales de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria; y la segunda, en el año 1924, transterrado a Fuerteventura por el dictador Primo de Rivera.

En la de 1910, que se prolongó durante un mes aproximadamente, hizo don Miguel dos cosas muy importantes para las Islas. De un lado, una interpretación poética tanto del paisaje de Gran Canaria (isla que recorrió a lo largo y ancho de su geografía) como de la ciudad de La Laguna (que había visitado fugazmente), en dos artículos memorables (La Gran Canaria y La Laguna de Tenerife) que habrían de determinar profundamente la visión del paisaje de los poetas y los pintores insulares. De otro lado, pronunció un par de discursos de tema político (Discurso de los juegos florales y Discurso sobre la patria), donde denunció el aislamiento (aislotamiento llegó a llamarlo él, que era un gran inventor de palabras) de la sociedad isleña, y apeló a la integración activa de todos los canarios en el proyecto nacional español, proclamas que removieron la conciencia de la gente de entonces.

En la de 1924, que duró cuatro meses mal contados, se dedicó nuestro autor, además de a poner de vuelta y media a Alfonso XIII, Primo de Rivera y Martínez Anido, culpables de los males de España y de su destierro, a construir una interpretación poética y ética de la isla de Fuerteventura y sus moradores, tanto en su diario de destierro De Fuerteventura a París como en un par de capítulos del libro Alrededor del estilo y en más de una docena de artículos sobre el paisaje, la historia, el clima, la comida (el gofio, el conduto), la flora (la aulaga, el tarajal, la higuera, la tabaiba), etc., de la isla, que publicó en diversos periódicos españoles e hispanoamericanos. A la primera, la presentó como tierra de la verdad, por carecer de perifollos vegetales. “Fuerteventura dice al hombre, dice a los hombres, a sus hijos, la verdad desnuda y descarnada, el esqueleto de la verdad”, afirma literalmente nuestro autor. A los segundos, como personas intrahistóricas, que solo dan flor y fruto, sin hojas. “Bajo este clima -escribe don Miguel- prospera la humanidad; pero una humanidad recatada y resignada, enjuta y sobria, una humanidad muy poco teatral”. 

Con esta lectura poética de la isla y de sus moradores, quedaban liberados la una y los otros de los sambenitos respectivos de isla maldita y gente perezosa y holgazana que habían adquirido en la época del señorío, cuando los pobres majoreros fueron demonizados por el poder, porque, aunque trabajaban como mulos para sacar algún beneficio de su tierra seca, apenas podían pagar los tributos de quintos y diezmos que imponían el señor territorial y la iglesia, respectivamente. Con don Miguel recuperó la gente de Fuerteventura su dignidad perdida y adquirió una considerable autoestima. En este aspecto, puede decirse que actuó el escritor español como una especie de psicólogo o redentor de los majoreros.

Pero el paso de don Miguel por las Islas no redundó sólo en beneficio de nuestra tierra. En la misma medida fue enriquecedor también para él mismo, por tres razones en particular. En primer lugar, porque le proporcionó el modelo que buscaba para la regeneración de la España militarista, aparencial y corrupta del rey Alfonso XIII y el dictador Primo de Rivera, que él llegó a comparar con una timba, y hasta con un burdel. No se olvide que el sueño de don Miguel era dotar de un proyecto civil ético a la sociedad peninsular de entonces (“salvar el alma de mi España”, dice en el soneto XVII de De Fuerteventura a París), desconcertada por la pérdida de las colonias americanas, y a este blanco apuntaron siempre tantos sus escritos políticos como lo que él llamo sus “sermones laicos”. “Desde la augusta sequedad de Fuerteventura he comprendido el veneno de la sombra del follaje de nuestras instituciones”, manifestó don Miguel en uno de sus escritos. Claro está que este reconocimiento de las excelencias insulares implicaba cantar la palinodia de lo que había afirmado en su primera visita respecto del aislotamiento, pero eso a él no le importaba, porque defendió siempre el derecho a contradecirse. En segundo lugar, porque la tierra ahistórica de la isla, su naturaleza desnuda y su mar le permitieron entrar en contacto directo con la Divinidad, hablar directamente con el Creador, que es un objetivo que había perseguido siempre. Don Miguel tenía alma de profeta, y los profetas, que reciben el don de profetizar de manos del Señor, necesitan tener comunicación directa con él. Y, en tercer lugar, porque le enseñó a liberarse de la hojarasca que restaba aún en su particular forma de usar la lengua española, que él había empezado a depurar desde muy joven, poniendo el acento más en lo esencial del nombre y el verbo que en lo accidental del adjetivo.

DdA, XX/5.568

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