lunes, 8 de febrero de 2021

LA VOZ PERDIDA DE MARGARITA FERRERAS, CANTADA POR SHEILA BLANCO*



Félix Población

Descubrí el romance que a continuación transcribo, de indudable influencia lorquiana, en la voz de la joven cantante y compositora salmantina Sheila Blanco, quien decidió recientemente cantar a las poetas de la Generación del 27, aquellos nombres tanto tiempo silenciados o al margen de los que brillaron con varonil empeño en las historias de nuestra Literatura que algunos estudiamos hace tiempo.

Esos nombres son, entre otros, los de Concha Méndez, Josefina Romo, Cristina de Arteaga, Dolores Catarineu, Elisabeth Mulder, Pilar de Valderrama. Ernestina de Champourcin y Margarita Ferreras, sobre cuyas respectivas obras ha investigado Blanco en los últimos años. Para Sheila, esas mujeres, habiendo tenido las mismas influencias y frecuentado los mismos ambientes literarios que sus compañeros varones de generación, bien se merecían este reconocimiento musical, tan tardío como necesario. De entre las citadas, cuya identidad -si constaba- solía venir en letra pequeña en los libros de texto, quizá la más desconocida sea Margarita Ferreras, autora del romance que sigue, perteneciente a la cuarta parte de su único poemario, Pez en la tierra, editado por Fran Garcerá el año pasado y cantando por Sheila Blanco:  

  

Por la verde, verde oliva /y el verde, verde limón, /llegaron los ojos negros /que te embrujaron de amor. /Por la verde, verde oliva /y el verde, verde limón. /La sombra color cuchillo /que da el arco de una puerta /cobijaba a una mujer /en largas horas de espera. /El cielo es azul añil /de pinceladas violeta /mientras la cal en el patio /de blancura reverbera. /La calle arriba y abajo /la blanca Muerte pasea /con la guadaña en el hombro /y en la boca una azucena. /Por la verde, verde oliva /y el verde, verde limón,/se acercan los ojos negros /con un hechizo de amor. /Por la verde, verde oliva /y el verde, verde limón. /Llega y abraza con furia /a la mujer deseada /y le da en el corazón /el hielo de las entrañas./Los martillazos en el pecho /la van poniendo amarilla,/ las piernas se le desmayan /y le amarga la saliva. /Enroscándose ella misma /el cuerpo de la culebra, /dice con voz de martirio /y al mismo tiempo de entrega. /Yo he visto unos ojos negros /en una cara morena, /si no han de ser para mí /que se los coma la tierra. /Por la verde, verde oliva / y el verde, verde limón,/ ya se van los ojos negros /arrastrando un corazón. /Por la verde, verde oliva /y el verde, verde limón.  

Margarita Ferreras nació poco después de iniciarse el pasado siglo en la pequeña localidad zamorana de Alcañices, próxima a la frontera portuguesa, en cuya plaza mayor tuvo el domicilio su familia. "Uno de los centros de Alcañices es la plaza Ferreras, auténtico corazón del barrio comprendido dentro de las murallas, conjunto histórico declarado bien de interés cultural en 2008 -escribió Sergio Rodríguez López-Ros, director del Instituto Cervantes en Milán-. En el edificio donde se encuentra hoy el bar María y Manolo nació en 1900 la poeta Margarita Ferreras Lorenzo, de la mano de mi bisabuela Antonia Mananes, que asistió en el parto".

De su corta vida allí nada se sabe, salvo que sus padres fueron Francisco Ferreras, interventor de hacienda oriundo de Palencia, y Abelisa Lorenzo, natural de Canfranc, en la provincia de Huesca. La temprana muerte de su progenitor hizo que su viuda e hija se trasladaran a Madrid, en donde residía su tío José Ferreras, periodista, abogado y senador vitalicio, sin que se sepa el año exacto de ese cambio de residencia. La plaza que lleva hoy su apellido en la localidad alistana no lo es por ella sino por su tío -según Sergio Rodríguez-, que vivió entre 1839 y 1904. 



La primera noticia que se tiene de Margarita Ferreras en la capital del reino data de cuando era una joven muy agraciada de 18 años. Nos la da el que parece ser fue su primer novio, el periodista, escritor, compositor y figurinista Álvaro Retana Ramírez de Avellano (1890-1970), autor de hasta sesenta novelas, no pocas de ellas de temática sexualmente transgresora, publicadas en su mayoría en las populares colecciones La Novela Corta y La Novela de Hoy. Con referencia a esa temática se le considera el mejor y más innovador escritor de su tiempo. El nombre de Retana está unido también a lo composición de los cuplés sicalípticos más conocidos, entre los que figura Ven y venLa chula de ayer y hoySanta Rita y Duquesa frívola. Al frecuentar esos ambientes frívolos, Retana se hizo cronista de Heraldo de Madrid con el seudónimo de Claudina Regnier.

Una de las novelas de Ratana, Ninfas y sátiros. Escenas pintorescas de Madrid de noche (1918)está dedicada a una muchacha llamada Margarita, a la que el autor recuerda en el libro el día en que se conocieron en sus estudio, en presencia de la madre de la poeta. La historia sobre la incursión de Margarita Ferreras en el mundo del teatro y de la escena sólo ha llegado a nuestros días a través de memorias y alusiones. Según Cuenta Retana, la poeta  tenía en su juventud inclinaciones escénicas, algo que quizá podría haber llegado a cuajar años más tarde, en 1928, si hubiera conseguido el papel de protagonista en el libreto de Federico García Lorca  Amor de don Perimplín con Belisa en su jardín. La actriz elegida, sin embargo, fue Marga Donato, hermana de Margarita Nelken, aunque la función no llegó a estrenarse, se dice que por lo mal que le sentó a Ferreras el desplante y por tener además como amante al infante Fernando de Baviera, primo del rey Alfonso XIII. Sobre esto último hay referencia en las memorias del escritor Francisco Ayala, en las que recuerda su vista a la casa de la poeta por petición de Benjamín Jarnés, a fin de aconsejarle sobre determinados asuntos legales con relación al citado infante.



Las relaciones entre Margarita Ferreras y Álvaro Retana, a quien se consideraba “el novelista más guapo del mundo”, no debían de ser del agrado de la madre de la poeta, pues muy posiblemente el nuevo traslado de madre e hija desde Madrid a Barcelona pudo ser para poner tierra de por medio entre ambos. Allí no tardó en buscarle la primera "un nuevo protector adinerado a su gusto", según leemos en Álvaro Retana: el sumo pontífice de las variedades, de Pilar Pérez Sanz y Carmen Bru Ripoll (La sexología en la España de los años treinta). Ello no impidió que la joven le siguiera enviando apasionadas cartas y que el escritor aludiera a esas protecciones en  términos que denotan el concepto de la mujer que se tenía en la época: "Incluso transigiría con que llegaras acompañada de tu protector, ese hombre admirable a quien, según se dice, ha costado treinta mil duros incautarse de un corazón que yo he disfrutado gratis. Por eso no le guardo rencor. Si te hubieras marchado con él de balde, le hubiera odiado toda mi vida. Procura ser cordial, efusiva y tierna con él, y sobre todo no seas infiel con nadie -¡ni siquiera conmigo!-, porque si se enterase tendría derecho a darte una paliza soberana, por chula, y a quitarte cuanto te ha dado. Y hoy día están las cosas tan malas, que la mujer que encuentra un cabrito de postín puede decir que ha venido Dios a verla. [...] Procura engatusarle diestramente para que, cuando enviude, se case contigo, y entonces te conviertas en una señora casta, respetable y respetada, como quería tu madre”.

De la vida social e intelectual en Madrid de Ferreras, una vez de regreso a la villa y corte, antes de la instauración de la República, sabemos que fue intensa, pues frecuentaba el Lyceum Club y la Residencia de Señoritas, así como que era socia del Ateneo. La poeta de Alcañices se incorporó a la vida intelectual madrileña en una época en que se apuntaban en el horizonte derechos y libertades para la mujer, así como su incorporación activa a los centros de cultura y enseñanza como la Junta para la Ampliación de Estudios y la ya citada Residencia de Señoritas, dirigida por María de Maeztu y germen del Lyceum Club donde Ferreras podrá alternar con artistas y escritoras como Maruja Mallo, Concha Méndez, Ernestina de Champourcin, etc. Gracias a documentación manejada por el investigador Fran Garcerá sabemos que la poeta participaba de estas redes culturales, según consta en la correspondencia entre Ferreras y Maeztu.    

Por esos años no es raro encontrar el nombre de Margarita Ferreras en los periódicos de Madrid con motivo de los actos culturales que tienen lugar en la ciudad. Lo podemos leer en las informaciones que se publican a propósito del banquete que se le ofrece al escritor José Martínez Ruiz (Azorín) con ocasión de la publicación de su libro Angelita.  También tenemos referencias expresas de Ferreras por Manuel Azaña,  cuando fue presidente de del Ateneo en 1930,  según los datos que don Manuel expone en una carta a su amigo Cipriano Rivas Cherif. En la misiva le participa la presencia de Margarita el día en que pronunció su discurso de toma de posesión en el mes de junio. Se refiere don Manuel a que Margarita le preguntó a [Ángel] Galarza en un corrillo si él era un hombre sensual, porque le parecía frío y sereno, sin que nadie desvelara o revelara el temple del aludido. A continuación se refiere a lo escandalizada que se mostró su "tierna esposa ante tales curiosidades de la Margarita y supone ella que hasta entre las malas debe haber clases, unas más desvergonzadas que otras".

Sobre el activismo intelectual y social protagonizado por la poeta zamorana sabemos también algo gracias al testimonio de Juan Guerrero Ruiz que recoge María Ángeles Chaparro en un artículo sobre la vida y obra de Ferreras. Leemos en el mismo que en 1932, reunidos en la casa de Margarita Manuel Altolaguierra, Concha Méndez y Luis Cernuda, le escribieron una carta a Alfonso Reyes, recordándolo con gran cariño cuando era embajador de México en Río de Janeiro. Será precisamente Manuel Altolaguirre y su esposa Concha Méndez quienes editen el único libro de Ferreras en 1932 (Pez en la tierra), con prólogo de Benjamín Jarnés, quien según Francisco Ayala se sentía un tanto enamorado de Margarita.

Jarnés alaba la expresividad de los poemas, la ausencia de artificios huecos y su claridad: "He aquí un libro de poesía profundamente española –enfatiza-. Realismo ardiente que se eleva a planos místicos, nunca empujándonos hacia la baja sensualidad. La poesía amorosa de nuestro siglo XVII tiene aquí una excelente continuación. [...] Poesía vigorosa y recia, por lo bien prendida a la tierra. Del arte de estos días ha sabido recoger el gracioso arabesco de unas hojas tiernas, primaverales; lo firme y robusto forma parte del tronco tradicional".

Tras el prólogo, la autora incluye unos versos de San Juan de la Cruz a modo de cita o preámbulo del contenido: "Estábame en mí muriendo/ y en ti solo respiraba.../ Yo me metía en su fuego/ sabiendo que me abrasaba". Una crítica en el diario conservador ABC destaca la emotividad amorosa de los poemas y sus versos sin ataduras formales. El propio editor recuerda el poemario en sus memorias: "Se trataba de una serie de composiciones bien escritas que expresaban sensaciones eróticas sentidas por esta mujer en sus años maduros. Su autora daba la siguiente explicación del título: — Como «un pez en la tierra» es la mujer enamorada. Así se mueve. Es la mujer que siente las sacudidas de una gran pasión". 

A propósito de las críticas y reseñas que el libro recibió recuerda Altolaguirre una en la que el autor, al confundir el título y entender que era Paz en la tierra, se limitó a escribir en un periódico de Madrid que se trataba de un libro de profundos sentimientos religiosos (sí debió leer la cita previa, los versos de Juan de la Cruz), equivocando el sentido de la obra y demostrando que muchos críticos escriben sin leer lo que se atreven luego a analizar, antes, ahora y me temo que siempre.

Otro de los reseñadores fue el escritor Ernesto Giménez Caballero en la Revista de las Españas, resaltando  la temática amorosa y la intensidad erótica de la obra, hasta el punto de afirmar [...] que “la autora ha puesto en esos versos algo más que tinta. Subraya  un temperamento sensual tan fuerte que a veces impresiona. Impresiona más que Madame la de Noailles. Coletean sus entrañas líricas como pez en tierra, medio asfixiadas de deseo por volver a su elemento. Pez en la tierra es un gran libro de versos. Cada poema vibra por sí solo, como si cada poema fuese un pez. Es un libro de agonía de pez. De insatisfecha e inextinguible lucha erótica. Volver a su elemento este alma: el amor. Y como el amor es un elemento en el que no se puede estar siempre como el pez en el agua, de ahí que este alma de pez de Margarita Ferreras, en sus ratos de soledad y sin amor, se revuelque en la arena del deseo y entre las rocas del ansia".


No habrá más libros de esta olvidada autora zamorana. Quizá no hubo más versos tampoco de Margarita Ferreras, poeta de una única obra con sólo 28 poemas y una corta edición de 250 ejemplares de la que posiblemente no haya sobrevivido ninguno. El rastro literario y biográfico de quien tan bien recibida fue por la crítica se pierde sin más rastro, según Fran Garcerá, que el hallazgo entre la ingente correspondencia de Miguel de Unamuno –escritor epistolar donde los haya- de cuatro cartas remitidas por Ferreras entre 1933 y 1935 en las que solicita verle. Se trata en concreto de ocho documentos, de los que tres son cartas fechadas entre el 26 de marzo de 1934 y el 27 de diciembre de 1935.

Todos se conservan en la casa-museo del escritor vasco en Salamanca y en ellos se pueden leer alusiones a los problemas dinerarios de la poeta con el infante Fernando de Baviera, así como referencias a las penosas circunstancias y estado de la remitente como leemos la primera, en la que alude al “enfermatorio” en el que está internada, un hospital psiquiátrico en el que -según cita literal- "me paso horas y horas acurrucada en un rincón como un animal enfermo”. Afirma además sentirse “sola, abandonada y enferma, arañándome en el pecho, antes de lograr dormir, las negativas y las evasivas de los que necesito creer que son mis amigos. A esta fe momentánea trato de asirme desesperadamente como a un aliento de esperanza hasta que logro hundirme en el sueño de un pozo de olvido”.

En la tarjeta postal que Margarita Ferreras le envía a Unamuno desde Madrid, ilustrada con una imagen de la iglesia y torre plateresca del monasterio segoviano de Santa María del Parral –a la orilla del Clamores-, fechada el 12 de octubre de 1935, le dice a don Miguel: “Le recuerdo con la ternura de siempre, don Miguel, y hoy Día de la Raza le envío mi saludo. Mi deseo era ir a Salamanca pero me retienen en Madrid dramáticas circunstancias ajenas a la Poesía. En espíritu estoy a su lado.” 

Hay además  entre la correspondencia de Unamuno varias notas sin fecha que según presunción de uno de los documentalistas de la casa-museo pudieron ser entregada por la poeta a Unamuno en el Ateneo de Madrid, esperando respuesta del escritor. En una leemos: “Mi querido Don Miguel: Llevo unos días enferma. Quiero hablar con V”. En otra el planteamiento es mucho más directo, como si la poeta la apremiara algún tipo de urgencia: “¿Puedo ir a su casa. Dígame día y hora. Suya de corazón, Margarita Ferreras”.

Según Garcerá, Ferreras sufría problemas nerviosos y se le había diagnosticado una psicosis exógena. Llegada la Guerra Incivil, es de todo punto probable que la enfermedad siguiera su curso o que se agravara con aquella tragedia, tal como da entender el último testimonio que Manuel Altolaguirre nos ofrece de un encuentro con la poeta en las calles de Valencia durante el conflicto, en 1937. Su editor dice que la encontró perdida, despeinada y mostrando desgarrados sus antiguos vestidos y pidiéndole socorro: "Margarita Ferreras no pudo resistir el ambiente de la guerra -escribe-. Se sentía sola, sin comprender la razón de los acontecimientos y con un terror inmenso por el porvenir. Para congraciarse con el nuevo régimen hacía alarde de ideas revolucionarias, frecuentando el ateneo y otros círculos intelectuales. Tuve que acompañarla al cuarto del hotel donde vivía y por muchas que fueran mis atenciones no recuperaba el buen sentido y siempre estaba a punto de realizar planes disparatados. Sin embargo, contando con la protección de sus antiguas relaciones, pudo conseguir un pasaporte para salir de España. Nunca más he vuelto a oír de ella". 



Si estos últimos datos aportados por Altolaguirre son ciertos, esa estancia fuera del país debió de ser muy corta pues Fran Garcerán supo que en 1940 Margarita Ferreras residía en Madrid, en una modesta pensión de la calle Atocha, según el padrón municipal. Y también pudo cerciorarse este investigador, que no hace mucho dio una charla sobre Ferreras en su localidad natal con nutrida asistencia de público, que en los primeros meses de 1964 pidió una ayuda por enfermedad, desamparo o soledad -posiblemente por las tres cosas- a la Junta Provincial de Beneficencia de Zamora, según una información anotada en su acta de nacimiento. Sería muy probable, en este caso, que Ferreras hubiese retornado a su tierra y que esa ayuda no se produjera o no la llegara a recibir porque meses más tarde, el 19 de noviembre, la poeta del verde oliva y el verde verde limón falleció en una residencia de la caridad de las hermanas hospitalarias en la ciudad de Palencia, a los 64 años de edad.

No moriré mientras tú vivas.
Desesperadamente
mis raíces se alargan.
Eres agua y te busco.
Me revuelco como un pez en la tierra
cuando tú pasas.

Seis años después de quien posiblemente fuera el primer amor de la poeta, fallecerá en Torrejón de Ardoz (Madrid) Álvaro Retana, quien al final de la guerra fue encarcelado y condenado a muerte por la dictadura, si bien se le conmutó la pena por la de cárcel, hasta salir en libertad en 1948.  Recoge Isabelo Herreros que durante esos años de prisión “mantuvo una gran dignidad e integridad, e hizo todo lo posible para hacer más llevadero aquel infierno a los demás. No abandonó entonces la vena humorística que le caracterizaba, siendo  el compositor de un célebre chotis titulado “La Pepa”, pena de muerte en la jerga carcelaria de entonces, en el que se hace chanza de la tal Pepa, una gachí amiga de los “rojillos”. En su andadura carcelaria coincidió en el Penal del Dueso con Cipriano de Rivas Cherif, con quien colaboró en la creación de una compañía de teatro formada por presos políticos”. Aquellos republicanos mantuvieron hasta en la cárcel su fe en la cultura como el más noble ejercicio de libertad.

Bibliografía: M. Altolaguirre, Obras Completas, vol. I, ed. de J. Valender. Madrid, Istmo, 1986; R. Quance, “Hago versos, señores…”, en I. M. Zavala (coord.), Breve historia feminista de la literatura española (en lengua castellana), tomo V. La literatura escrita por mujer (Del s. XIX a la actualidad), Barcelona, Anthropos Editorial/Ediciones de la - de Puerto Rico, 1998; M. Castillo Martín. Las convidadas de papel. Mujer, memoria y literatura en la España de los años veinte, Premio de Investigación María Isidra de Guzmán 2000, Madrid, Excmo. Ayto. de Alcalá de Henares, 2001; S. Mangini, Las modernas de Madrid. Las grandes intelectuales españolas de la Vanguardia, Barcelona, Ediciones Península, 2001; M. Altolaguirre, Epistolario (1925-1959), ed. de J. Valender, Madrid, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, 2005; M. A. Chaparro Domínguez, “La imagen poética en la obra de Margarita Ferreras según Gaston Bachelard”, en Revista de Literatura, vol. LXXVI, n. 151, (2014), págs. 249-266; F. Garcerá, “’Grité en el cuerpo de las fieras’: tras las huellas de Margarita Ferreras”, en M. Ferreras, Pez en la tierra, ed., introd. y notas de F. Garcerá, Madrid, Ediciones Torremozas, 2016.

*Artículo publicado en el número de febrero de 2021 de la revista El viejo topo

                         DdA, XVII/4753                        

No hay comentarios:

Publicar un comentario