lunes, 7 de septiembre de 2020

EL EDIFICIO DE BELLIDO QUE PERDIÓ GIJÓN CON SUS TORRETAS RIZADAS




Félix Población

No le puedo perdonar a los gestores y administradores de la ciudad en la que crecí y tengo mi patria (según escribiera Rilke) que me hayan privado de algunos enclaves arquitectónicos cuya belleza y singularidad podría formar parte viva de lo mejor de nuestra memoria urbana. 

Uno de ellos -quizá uno de los más significativos del barrio más céntrico de la vieja villa- estaba al final de la llamada Calle de los Moros, que entre 1910 y 1937 llevó el nombre de uno los políticos e intelectuales más brillantes e íntegros de nuestra historia: Françesc Pi i Margall. Desconozco si Gijón recuperó después de la dictadura ese nombre para alguna otra calle -ya que no fue repuesto el que tuvo-, pues Pi i Margall es una de las personalidades que no deberían faltar en el callejero de ninguna de nuestras ciudades.  

Tal como mi estimado Piñera Entrialgo tiene en cuenta, la calle de los Moros forma parte del ensanche urbanístico que Melchor de Jovellanos diseñó en su día teniendo como eje la actual calle del Instituto, con la de los Moros y Corrida como calles paralelas. No hay documentación que nos aclare el nombre de la primera de estas dos calles, pero parece estar ligado al de la próxima calle de Munuza, el gobernador moro de Gijón. La oficialidad de ese nombre data de 1891, según Piñera, por acuerdo del Ayuntamiento de la ciudad. Nada tiene que ver su denominación, por lo tanto, con la entrada de los soldados coloniales que trajeron consigo desde el norte de África las tropas sublevadas en julio de 1936 y ocuparon la villa el 21 de octubre de 1937.

Gracias al álbum gráfico de Alejandro Alvargonzález , editado por la Fundación Alvargonzález y el Museo Nicanor Piñole, tenemos constancia de una imagen fechada en 1911 del edificio de confortables viviendas diseñado por el arquitecto Luis Bellido para Eduardo Martínez Marina, cuya construcción data de nueve o diez años antes, por lo que bien se puede decir que la obra se puso en pie con el nuevo siglo, algo que también se debería haber tenido en cuenta de modo simbólico antes de que el desarrollismo de los años sesenta de esa centuria acabara con su estampa. 

Se encontraba el edificio entre las estrechas y sombrías callejas de Santa Lucía y Buen Suceso, y daba al fondo de la calle de Los Moros una prestancia urbana de las más atrayentes y características de Gijón, según se puede comprobar en las muchas fotos antiguas que se hicieron de esa perspectiva. Al lado de la imagen de juventud de tan bello edificio, es muy posible que los gijoneses con más memoria reproduzcan el disgusto que para muchos de ellos supuso la segunda fotografía, separada de la anterior por seis o siete décadas –con una revolución y una guerra de por medio-, correspondiente a los días en que la inmisericorde ejecutoria de la piqueta acabó con la obra del arquitecto Bellido. Esta, como la que aún permanece y albergó en su día el Banco de Gijón, responde el estilo ecléctico propio de ese periodo histórico, entre 1860 y 192o, con aportaciones del gótico, el románico e incluso de la arquitectura oriental

Luis Bellido y González (1869-1959) llegó a Asturias cuando el obispo de Oviedo lo nombró arquitecto diocesano, en 1895. Debió de sentirse a gusto en Asturias, porque cuatro años después fue nombrado arquitecto municipal de Gijón. Su balance constructor en la región se cifra en treinta y cuatro iglesias, con la de San Lorenzo como más conocida en la propia ciudad cantábrica –ejemplo claro del neogótico-, y numerosos edificios civiles y de viviendas. Como después de su estancia en Asturias Bellido pasó a residir en Madrid, allí también fue arquitecto municipal, por lo que también dejó un muy respetable y no menos magnífico muestrario de su obra, que fue evolucionando del estilo ecléctico al modernista.   




Antes de que fuera derribado el edificio de la calle Los Moros, habrá quienes recuerden que en los bajos del mismo, donde tuviera su sede el Banco de Castilla, se instalaron los primeros juegos electrónicos recreativos que tuvo la ciudad y que supusieron una auténtico impacto por su innovación, en contraste con las contadas, viejas y malolientes salas de futbolines y billares en las que tantos primeros cigarrillos fumaron los adolescentes de aquellos años. Sucedió esto, me parece, a mediados de los años sesenta del pasado siglo y motivó de inmediato que la gente joven y menos joven frecuentara el local de modo masivo, presagiando el abusivo desarrollo consumista que esas maquinitas y sus derivadas -las llamadas tragaperras- lograrían años después, hasta llegar a ser una auténtica invasión en los bares y cafés, que más tarde se transformaría en la apertura de los locales de juegos, repartidos por no pocos barrios de la ciudad para fomento de una temeraria y censurable ludopatía.

Tengo especialmente grabado el recuerdo de aquel primer escenario por la preocupación que su irrupción supuso para mi padre, a cuenta de la afición que despertó en mi hermano mayor, al que en varias ocasiones hubo de regañar por encontrarlo jugando con aquellos novedosos artilugios Fue en una de esas cuando mi progenitor le soltó a mi hermano como admonición conclusiva una que resultaba muy efectiva en aquellos años: “Antes maricón que jugador, Jose”.Téngase en cuenta que la homosexualidad se penaba durante la dictadura con la reclusión en los reformatorios de vagos y maleantes.

En mi caso, no hubo necesidad de ninguna rotunda recriminación, quizá por ser más joven y porque no debía observar en su hijo menor un comportamiento proclive a ese vicio. Nunca pasé de asistir como mirón al espectáculo de ver rodar la bolita entre las luces, colores y melódicas sonoridades de las fulgurantes y musicales consolas electrónicas, sin que los esfuerzos del jugador por evitar que la bola se colara por la ranura inferior a base de movimientos de pelvis y golpes digitales de taco despertara en mí afán alguno de emulación. Lo que más me entretenía de los jugadores no era en sí mismo su destreza, sino el cúmulo de expresiones faciales que llevaba consigo atinar con aquellos espasmódicos impulsos pélvicos.

Aquel salón era muy socorrido sobre todo en invierno, cuando no disponíamos de pelas para ir al cine o practicar cualquier otra de las muy elementales distracciones propias de nuestra adolescencia. Más que atracción, aquel local con el piso de madera muy gastado y los techos altos propios de la institución financiera que albergó en el pasado, me causaba una cierta repugnancia. No soportaba el humo de los fumadores, la atmósfera estaba muy cargada y las maquinitas me procuraban con su musiquilla de timbres y campaneos una especie de modorra o laxitud que me insuflaba un extraño e incómodo estado de somnolencia o amodorramiento.

Esos desagradables estados de ánimo se manifestaban cada vez que visitaba el salón y me entretenía más de lo normal, embaucado sobre todo por las reacciones mecánicas de una de las atracciones: un oso aullador al que se le disparaba con una especie de carabina electrónica, teniendo por diana un círculo inscrito en su vientre, y que dejaba muy atrás aquellos elementales tiros al blanco de las ferias al uso, que solían tener por premio una aceituna rancia pinchada en una anchoa de no mejor condición.
 
No fue muy prolongada la permanencia de aquellos juegos en los bajos del edificio. Sí recuerdo que fue la última actividad que se registró en el mismo antes de que la obra de Luis Bellido fuera derribada. La construcción gozaba de mi favor como una de las que más se identificaban con el paisaje urbano de mi niñez -quizá porque la prestigiosa heladería Verdú estaba muy cerca- y  con el de la propia historia de la ciudad. También me sentó mal que una actividad como la de un local de juego hubiera sido la última que albergase la obra del arquitecto riojano. Aquella magnífica fachada, con sus anchos miradores, sus pináculos, sus dos torretas rizadas y los arcos conopiales de dos de sus airosos balcones debería haber merecido ganarse un porvenir más boyante, vinculado a la vida cultural de la villa.




Si así hubiera sido, el edificio de Luis Bellido acompañaría hasta el día de hoy a otra de las construcciones más notables de la ciudad, situada a su lado, en la esquina de la calle Los Moros con la de Munuza y obra del mismo arquitecto: el edificio del antiguo Banco de Gijón (1902), de gusto muy parisino y adscripción por lo tanto al estilo ecléctico francés. Las mansardas de la cubierta, revestidas de pizarra y rematadas por pináculos, óculos y templetes, podrían hacernos pensar, al observarlos bajo el cielo gris de la ciudad, que en lugar de la mar vecina bien podríamos estar muy cerca del Sena. Quizá por eso en aquellos años, próximos al 68, me fuera bastante grata la evocadora la belleza de ese edificio, cuando mis lecturas de adolescencia de los poetas y escritores románticos franceses tanto hicieron a favor de mi anhelo por conocer la Ciudad de la Luz.

       DdA, XVI/4605           

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