miércoles, 6 de mayo de 2020

LA PACIENCIA DE LOS CONFINADOS


Jaime Richart

 Lo que no se puede negar es que este prolongado confinamiento ha puesto a prueba la paciencia de los 47 millones de confinados en España, a lo largo de 52 días a fecha de hoy. Ahora, como nunca, cada cual conocerá con más precisión el nivel de su paciencia. Me refiero a la paciencia forzosa, esa capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse, esa facultad de saber esperar a algo que se desea mucho; como la libertad perdida, como estar en una cárcel de postín en unos casos, o en una celda inmunda en otros, pues el tamaño del espacio donde vive cada uno todos los días es tremendamente determinante de esa capacidad de encaje.

De todos modos, hay una gran diferencia entre perder la libertad  por decisión del poder judicial, y perder la libertad por decisión del poder ejecutivo. Pues en el primer caso la razón moral que subyace a la pena es la expiación de la culpa y la reparación del daño causado a la sociedad por el delito cometido, mientras que en el segundo caso no hay culpa de nuestra parte y la razón de privarnos de libertad es proteger a la sociedad toda de un supuesto mal declarado por una organización sanitaria mundial prácticamente privada, y por tanto de dudosa naturaleza; declaración que, en la opinión de muchos, podría hacerse extensiva a otras muchas enfermedades causa de mortandad a diario y a todas horas. Sea como fuere, también puede asimilarse este inédito confinamiento a la espera de un paciente en consulta médica, o a la del viajero en espera un tren, en ambos casos por espacio de 52 días…

 Decía que en esta circunstancia no había culpa que expiar. Y así es, pero hasta cierto punto. Pues, aunque también en este caso pueden apreciarse atenuantes al ilícito como castigo; y aunque la responsabilidad principal recae sobre quienes desde la política y desde la economía la dirigen, la sociedad, en su conjunto pero con estos personajes incluidos, como un organismo vivo de comportamiento inapropiado o desviado, necesitaba un severo correctivo… Porque no es que viviéramos en una sociedad trepidante. Trepidante es un adjetivo que se queda corto para las características de la clase de vida que llevábamos. Encajan mucho más los adjetivos electrizante, convulsa, atropellada, precipitada, desencajada, nerviosa, alterada; adjetivos presentes en la impaciencia de muchas personas y situaciones. Me refiero a la impaciencia de quien habla sin dejar hablar a los demás, a la impaciencia por acabar cualquier tarea sin permitir las fases o etapas que la naturaleza de las cosas exige para su madurez, su perfeccionamiento o su logro. Por ejemplo, ganar un título, académico o no, sin haber estudiado ni practicado lo suficiente la materia que lo acredita y justifica. Por ejemplo, llamar amor a la coyunda, siendo así que el amor requiere el paso del tiempo e incluso ponerse a prueba. Por ejemplo, mostrar ansia de apoderarse del poder político a toda costa, a cualquier precio; incluso mediante toda clase de falsedades, felonías, invenciones y difamaciones…

Aquella vida anterior al confinamiento era atropellada, difusa, aturdida, inconsciente, frenética; estaba propulsada por la inercia y el automatismo. Una vida ignorante de qué pueda ser eso que llamamos vida interior. Vida que unos desconocen por la frustración de años sin un empleo digno ni una vida digna, mientras que otros la desconocen por exactamente lo opuesto; por el agobio del mucho acaparar ocupaciones, tareas, responsabilidades, pues reducen su vida exterior al ansia del beneficio, de la ganancia y del lujo; los otros, porque ven su vida reducida a pensar exclusivamente en su supervivencia o en su autonomía personal. Pero en ambos casos la desconocen…

Esta situación me lleva a recordar la diferencia que aprecio entre dos clases de existencialismo: el de Sartre y el de Heidegger. La existencia de Sartre está casi centrada en la pérdida de la noción del tiempo. La de Heidegger se cifra en la consciencia plena de cada uno de los 60 segundos que compone el minuto. El modo de vivir anterior al confinamiento respondía a una combinación de las dos. Pues, por un lado, la existencia sartriana sugiere la idea de parsimonia, pero al final es un abandonarse a ella, no darnos cuenta de que vivimos. Y si la heideggeriana sugiere la consciencia plena del vivir, el valor añadido del factor tiempo puede centrifugar el sistema nervioso y mental de la persona y también puede desarticularlos. La primera apenas afecta a la sociedad. La segunda, por el contrario, repercute en toda la sociedad porque la implica.

En fin. Poco a poco vamos viendo luz, y la recuperación de la normalidad al final del túnel está siendo gradual. Los efectos que hayan producido este confinamiento prolongado en la mente, en el espíritu y en el sistema nervioso de la sociedad, desde luego están por ver (tengo una hija que es psicóloga muy experimentada y destacada, que ya me dirá). En todo caso, hay dos vaticinios sobre la cercana vida normal. Uno es: la sociedad española va a ser menos espontánea, más intimista, más reflexiva, más europea. El otro es: aunque un episodio traumático puede acelerar el desarrollo, volverá a su ser, pues no se queman etapas en la evolución de un organismo vivo, y la sociedad humana lo es. Así es que sólo nos queda por comprobar cuál de los dos está más cerca de haber acertado. Pero la comprobación requerirá mucha más paciencia de la que, antes de contrastarla, suele tener el español medio…

          DdA, XVI/4487          

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