domingo, 10 de mayo de 2020

"CORRER EL PUERTO" (PAJARES) CON TRACCIÓN DE SANGRE


Manuel Maurín

Cuando el tren procedente de Madrid llegó a la estación de Busdongo se originó, como cada día, un gran revuelo, con los mozos rivalizando para hacerse con el equipaje de los viajeros y los dueños de las diligencias ofreciendo a voces sus servicios mientras la gente corría de un lado para otro.
Después de un rato de desorden y algarabía todo el mundo se fue acomodando en los carruajes y se formó una larga caravana que comenzó a avanzar hacia Pajares, adelantando carros del país y recuas de mulas cargadas con aceite y pellejos de vino y cruzándose con hileras de soldados, pastores y ganado al aproximarse al alto.
Aunque el Ferrocarril de Norte se había inaugurado años atrás, aún quedaba por terminar el tramo más difícil, entre Lena y Busdongo, y los viajeros debían “correr el puerto” en carruajes con tracción de sangre, lo que convertía esa parte del trayecto en una aventura, pues nunca se sabía cuánto duraría y cuáles serían las condiciones atmosféricas al otro lado de la cordillera.
Tras viajar durante toda la jornada a través de tierras monótonas y resecas, quienes venían por primera vez a Asturias se quedaron boquiabiertos ante la panorámica que encontraron al cambiar repentinamente de vertiente: en primer plano se les presentaba una superposición de abismos y cordales montañosos con afiladas aristas y revestidos de intenso verdor mientras a lo lejos emergían, como flotando, las blanquecinas crestas calcáreas de Las Ubiñas.
Menos atentos a las cumbres que al fondo de los valles, donde el mar de nubes avanzaba rápidamente hacia las cabeceras, un periodista que viajaba con frecuencia en el ferrocarril y un ingeniero empleado en la perforación de los túneles hablaban sobre la influencia del clima en la frondosidad del paisaje, pero también en el carácter variable de los asturianos.
El ingeniero, influenciado por las ideas del determinismo natural, opinaba que los cambios bruscos del tiempo modelaban el ánimo de la población y eran causa de sus fluctuaciones entre la euforia, la melancolía y la depresión, pero el periodista, más posibilista, pensaba que los retos de la naturaleza servían de estímulo para que los hombres ideasen soluciones de adaptación a las condiciones del medio, como aquellas minúsculas parcelas de labranza que desde la diligencia parecían trozos de parquet recortados sobre el fondo arbolado de los altos rellanos.
Entre el vértigo, la emoción y el traqueteo, los otros pasajeros no se habían dado cuenta del avance de las nubes y, tras doblar una curva pronunciada, unos y otros fueron engullidos por un espeso manto de niebla. Después, la oscuridad envolvió la caravana, el orballo comenzó a empañar los cristales y se encendieron los farolillos de los carruajes, mientras afuera los carreteros luchaban para mantener el gobierno de las caballerías.
Por fin llegaron al Puente de los Fierros donde esperaba otro tren de vapor y, continuando el viaje, a los dos varones se les unió otro que venía a la Exposición de Oviedo sobre Las Riquezas Naturales y Las Artes de Asturias y al que le pidieron su opinión sobre la disputa que mantenían. Observando la confluencia entre el Aller y el Caudal, con las aguas ennegrecidas por los residuos de las minas, el nuevo acompañante se preguntó si no eran más bien los habitantes del país quienes estaban doblegando a la naturaleza hasta hacerla sangrar carbón por sus venas hídricas, antes inmaculadas, y si no conseguirían con el tiempo cambiar la propia fisonomía y hasta el clima del territorio. Reflexionando todos en silencio llegaron a la flamante estación de la capital, agotados después de más de veinte horas de viaje.

        DdA, XVI/4491        

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