viernes, 14 de junio de 2019

EL TRANVÍA DEL MOLINÓN

Foto Museu d'Asturies
Félix Población

El viejo tranvía pasa, en el momento de la fotografía, por la Plazuela de San Miguel, cuyo calificativo de plazuela nunca entendí, siendo como es una plaza muy expansiva en toda la extensión de la palabra y también de su perímetro. 

Ese tranvía amarillo y avejentado partía de los Jardines de la Reina, en el puerto interior de Gijón, más conocido por El Muelle, del que también arranca la novela del escritor asturiano Armando Palacio Valdés (Entralgo, Laviana, 1853) La alegría del capitán Ribot. Este libro fue una de las primeras novelas sin ilustraciones que leí en mi vida. Me la regaló mi compañero de pupitre en el instituto, Elí Díez Prida, que era evangelista y no daba religión con don Félix, por lo que era merecedor de toda mi envidia. 

Cuando aparecía el cura con su severa presencia y sus gafas oscuras en el aula, Elí abandonaba la clase con una discreción y dignidad admirables, propias de una persona educada y formada a conciencia en un credo indubitable, cuyas características yo desconocía. A Elí nunca más lo volví a ver después de aquel cuarto curso de bachillerato, pero encuaderné con mucho mimo, torpes ilustraciones y detenida rotulación la novela del capital Ribot.

El viejo tranvía con jardinera va ese día de 1954 hasta los topes, forma usual de viaje en aquel tiempo de posguerra. Lo del año lo calculo por el cartel de la película que se observa en el frontal del vehículo de cabecera, desde cuyo interior nos mira un joven y también otros dos que cuelgan del estribo. Mi amor brasileño, con Lana Turner y Ricardo Montalbán, es un film de 1953, año al que hay añadirle al menos otro de retraso hasta llegar a proyectarse en el cine Los Campos (Campos Elíseos), que anteriormente había sido teatro y circo. 

Esa sala, con su telón de anuncios, su peculiar aforo circense y sus gradas de madera en el gallinero, estaba en el itinerario de esa línea, por lo que podría pensarse que el tranvía circula tan hasta los topes por el indudable atractivo de la película: ¡Nada menos que un amor brasileño en aquellos tiempos de intensas y castas campañas en pro de la pureza nacional-católica era como para seducir al personal! Pero si observan a los pasajeros se darán cuenta de que la mayoría son varones y que muy pocas cabezas femeninas se pueden distinguir entre ellos, por lo que no parece que sea ese tórrido amor ma non troppo el objetivo de los pasajeros. 

El tranvía que nacía en El Muelle y recorría la ciudad practicamente de extremo a extremo, tenía por destino la bucólica Plaza de Villamanín, en Somió, que casi se conserva tal cual era con sus robles centenarios, y que sí parece más plazuela que la de San Miguel.  Antes, sin embargo, tenía parada en el histórico campo de fútbol de El Molinón. Cabe pensar, por lo tanto, habida cuenta esa mayoría de varones entre los viajeros, que buena parte de ellos son segidores del equipo de fútbol local, el Real Gijón - Spórting durante la segunda República y en el lenguaje coloquial de siempre-, camino del partido de la jornada.

Presumo que bien podría ser esa la temporada de 1953-54, en en la que el equipo jugaba en primera división y no debía hacerlo nada mal. Al personal masculino se le ve bastante animado ante la expectativa quizá de una confrontación con un rival puntero. Hasta podría darse la circunstancia, incluso, de que el partido fuera de rivalidad regional, pues el Real Oviedo también jugaba esa temporada en la división que llamaban y llaman de honor. 

De esa época, a quienes por entonces empezábamos a vivir, nos llegaron después los nombres de algunos populares futbolistas, nacidos a finales de los años veinte y ya en lo treinta como Sión (portero), Ortiz, Molinucu, Prendes, Sánchez, Tamayo (luego masajista), Medina o el central Altisent. Faltaban aún algunos años para que yo me incorporara como socio infantil a un Real Gijón por entonces en segunda división y con riesgo alguna temporada de descender a tercera. De aquellos futbolista aún permanecía Medina, con Emery en la portería, y Florín y Miranda en la defensa, Puente y Eraña (luego diligente ferretero) en la media, y Lastra, Pocholo, Chapela, Biempica y Amengual en la delantera (con las variaciones que el erudito futbolero quiera aportar).

En esos años sesenta ya habían dejado de circular los tranvías en Gijón, se notaba mucho más nutrido el aparcamiento del estadio y lo habitual era que mi amigo Aurelio y yo fuéramos correteando por la arena playa de San Lorenzo hasta El Molinón, con aquel primer y precioso balón que le habían regalado y con el que peloteábamos a la ida o a la vuelta, según coincidiera o no con la bajamar, sin importarnos el erupto del cocido de garbanzos habitual de los domingos o el peso del potaje en la barriga.

Dejamos el fútbol dominical cuando echamos pelo en las piernas y en el sexo, y yo me topé con los ojos encendidos de una adolescente que me dio una sonrisa desde el balcón de una de las calles que dan al mar. Era hija de un niño de la guerra que había vuelta de Rusia a la tierra de donde había partido roto de miedo y lágrimas, y con el estruendo de los bombardeos en los oídos. Esa sonrisa y esos ojos me apartaron del balón y empecé a leer a Dostoyevski y a Chejov. A esa adolescente le debo toda la literatura que pasó por mi vida desde entonces. Y también, las primeras palabras de amor que llevan al beso. Fue en la Plazuela de San Miguel, a la vera del busto del general republicano que la nombra, un día de viento y lluvia, justo por detrás de donde pasa el tranvía del amor brasileño.


                         DdA, XV/4198                    

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