lunes, 4 de marzo de 2019

EL PROCESO DEL PROCÉS: NI HÉROES NI VILLANOS, SÓLO FANTASMAS

 Confieso no estar prestando mucha atención al proceso del procés porque, como buen lector de Valle-Inclán, creo que es preferible el original a la copia, sobre todo si la cualificación de los actores es tan deplorable como la de la copia. Al menos, mientras alguien no mejore literariamente la copia para glosarla como se merece. Por esto último, salvadas algunas consideraciones  del autor que no comparto, y puestos a resumir lo que estamos viendo en la sede del Tribunal Supremo, me quedo con la Sabatina intempestiva que mi estimado y leído Gregorio Morán ha publicado en Vox Pópuli:


Votar no es un delito, por supuesto. Tampoco joder, pero ocurre que si usted lo hace forzando a la pareja se considera una violación y si se trata de niños, pedofilia. En eso estamos, en una mezcla de violaciones y pedofilias, porque la vida democrática de Cataluña fue violada reiteradamente por una supuesta clase política que aplicó sus tortuosos deseos a una sociedad adocenada por años de corrupción y xenofobia. Pocos gestos tan patéticos como los del independentismo en el Tribunal aduciendo sus amores españoles y su sangre agarena, que decía la copla. Todos los arios afirmaron después de 1945 que habían protegido a una familia judía, todos los franquistas ayudaron a un pariente rojo. De tan manido resulta grotesco eso de la madre murciana, o extremeña, y el padre manchego.
Por eso el proceso al 'procés' tiene mucho de enredo filológico sobre un fondo de realidades paralelas. Se discute sobre si hubo violencia o fue una manifestación pacífica que solo violentaba a quienes se negaban a consentirla. ¿Por qué no han llamado de testigo a aquella dama descocada que narró cómo la Guardia Civil le fue rompiendo los dedos de la mano, uno a uno, para luego tratar de violarla? ¿Acaso no fue ella la prueba más fehaciente de la violencia represiva del Estado y como tal apareció en todos los medios de Cataluña pasmados ante tal tropelía? La prueba de que era un testigo de excepción la dio al manifestar que todo se lo había inventado. ¿Dónde está ahora? ¿Qué hacen nuestros ubicuos medios de la alcachofa que no van a entrevistarla?
El proceso al 'procés' apenas tiene que ver con los hechos; se suministran recursos que avalen las mentiras. Si nos atuviéramos a lo que hemos oído resultaría que no existió ni declaración de independencia, ni república de 8 segundos, ni órdenes, ni siquiera parlamento; incluso Rajoy se enteró por casualidad, y Soraya Sáenz de Santamaría, presente en el lugar de la catástrofe, lo supo por el ruido. Unos aseguran que se trataba de una performance y los otros que querían cerrar un chiringuito. Salvo que se trataba de un chiringuito, en lo demás todos ensayan ejercicios filológicos, eso que en esta época de mensajes para lectores fatigados se denomina “relatos”.
Sin embargo, sí da para hacer retratos literarios sobre lo que son y lo que quisieran ser. Todos, acusados y testigos. En la mayoría de los casos serán sus últimos minutos de gloria, los que redundarán en una carrera política futura o en el ostracismo. El gesto de Rufián desdeñando el saludo a Santi Vila por traidor a la causa es la elocuente manifestación del pacifismo musculado; estamos en tiempo de rufianes. La desvergüenza de Artur Mas, primer capitán del barco que llevaba a Ítaca, alcanzó cotas que únicamente un discípulo atento del maestro Pujol sería capaz de igualar; desarbolada la nave, engañada la tripulación, ahora resulta que él estaba en el muelle tratando de que la chalupa no zarpara.
Pero se han sublimado dos figuras. El inefable Junqueras en su mejor papel de Papa Clemente, que bajo su liturgia de hábil consumidor de sermones y misas diarias, desparramó ante la grey -que viene de rebaño- esa letanía del amor fraterno y de la paz de las almas, rota de manera inmisericorde, como un acto fallido freudiano, por su comparación con Mandela. ¡Qué querencia tiene el independentismo catalán con el viejo Nelson! Ignoran que se trataba de un político bragado, máximo dirigente y promotor de la lucha armada contra el apartheid, que descubrió que solo se podía ganar si dominaba la hegemonía política, reñida con la violencia, lo que le costó un considerable esfuerzo entre los suyos, a los que supo convencer por su coherencia. No es el caso.
La otra figura que se ha apuntado al liderazgo es Jordi Cuixart, un empresario del ramo metalúrgico que pasó de los comunistas catalanes del PSUC a Ómniun Cultural, una entidad financiada por el catalanismo reaccionario desde 1961. Tras años de vivir en laico, acaba de casarse “por la iglesia” en la cárcel, con un ceremonial que incluía tres sacerdotes, tres, por patriotismo. Se ha desdicho de sus exculpatorios testimonios anteriores ante el juez porque ahora desea asumir el martirologio y a buen seguro la beatificación en  vida. Ya tiene periodista para la hagiografía, aquella imborrable Gemma Nierga que despidió el cadáver de Ernest Lluch asegurando que él hubiera dialogado con sus asesinos pero que no le dio tiempo.
Ni héroes ni villanos, solo fantasmas. Como de Valle Inclán pero en el siglo XXI.

                    DdA, XV/4105                  

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