domingo, 16 de diciembre de 2018

RELATO: EL ARZOBISPO Y LAS SACAVERAS

Manuel Maurín

Es sabido que en los intersticios del complejo monumental-eclesiástico que se extiende en torno a la catedral de Oviedo habita una especie endémica de salamandras (o sacaveras) que han permanecido aisladas del exterior desde hace más de mil años, aunque hasta hace algún tiempo no se conoció (y solo en los ambientes especializados) la causa de este prodigio.
El caso es que, una madrugada de otoño, el arzobispo de la diócesis se aventuró desde su mansión de la Corrada del Obispo, a través del Tránsito de Santa Bárbara, el viejo Cementerio de Peregrinos y otros vericuetos, hasta llegar al Convento de las Pelayas, donde fue debidamente recibido y agasajado, lo mismo que en otras ocasiones anteriores.
Allí permaneció hasta que la que la luz del alba comenzaba a iluminar el patio del claustro y salió entonces, a calzón bajado, trastabilando y resbalando en las losas humedecidas por el orbayo, hasta que dio con los huesos en el suelo del Patio de Pachu el Campanero, donde permaneció un buen rato sin poder incorporarse. Entre tanto, unas cuantas sacaveras que habían salido de sus escondrijos se le encaramaron hasta el vientre y sorbían ansiosas las gotas de semen que tenía adheridas en el vello púbico.
Quiso el destino que el acontecimiento fuese presenciado por el deán de la Catedral, que había madrugado para sisar algunas monedas del cepillo de la Cámara Santa y estaba oculto tras los muros de la torre románica de San Salvador.
Cuando el deán se lo contó a un biólogo de la Universidad - amigo suyo, que llevaba años estudiando sobre el tema-  éste concluyó que los curiosos anfibios, representados ya en los capiteles medievales del templo, habían conseguido sobrevivir gracias al suplemento seminal de generaciones de arzobispos y sacerdotes que circulaban asiduamente por entre aquellos santos lugares. 
El biólogo se sintió satisfecho al descifrar, por fin, el misterio de las sacaveras de Oviedo -levemente blanquecinas- pero preocupado por la necesidad de tener que conservar una nueva especie, la de los clérigos pecaminosos, como medio para garantizar la supervivencia de los propios anfibios. Y, sobre todo, por no poder publicar los resultados de la investigación, por razones obvias.

                 DdA, XV/3.037                    

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